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¡Hola a todos! Buenas, aquí presento mi primer proyecto como fanfic, tomando notas del anime para mezclarlo a medida de su avance hasta el manga. Hasta el momento los primeros 10 capítulos son relleno, pero no innecesario... Espero sea de tu agrado, lector ^^.
Advertencias: Es un universo alterno, puede contener out of character, es un RoyxRiza y contiene algunas dosis de Parental.
Aclaraciones: Black Hayate no termina siendo el perro de Riza Hawkeye. También se agregarán algunos personajes con el fin de llevar mejor a cabo el desarrollo de la historia (ellos no serán de mucho interés, ya que sólo ayudarán a Roy y/o Edward).
Disclaimer: Fullmetal Alchemist no me pertenece, es propiedad de Hiromu Arakawa y yo sólo utilizaré a sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación.
Reseña: Roy, Riza y Edward han sido enviados para encontrar a un grupo de infiltrados que planea un motín contra Amestris; sin embargo, en su búsqueda encontrarán más de un secreto que hubiera sido mejor no saber...
Capítulo 1. Elección
Era una mañana como cualquier otra.
Estaban a mediados de diciembre, donde el sol provocaba un incesante calor, y más si eras miembro de la milicia o tenías un miembro mecánico.
Edward Elric, el alquimista de acero, iba camino a la oficina de su superior. No se le veía el rostro, lo llevaba cubierto por sus flequillos. Y sepa Dios los motivos, el pobre chico estaba oliendo a quemado.
— Hermano, ¿estás bien? —preguntó Alphonse.
— Sí, Al. Me siento como pez en el agua —dijo con sarcasmo Edward.
— Pero… ¿No tienes calor? —preguntó Alphonse temeroso, su hermano esa mañana no había despertado muy alegre.
— Noooo, quién dijo —Edward miró a Alphonse con cara de pocos amigos y siguió su trayecto.
Alphonse guardó silencio y comenzó a seguir a Edward.
En otro lugar apartado, al final de un largo pasillo, se encontraba la brigada del coronel Mustang. Allí, se disputaba una reñida partida de ajedrez entre Mustang y su subordinado, Breda. Éste último se encontraba comiendo un sándwich, mientras que su superior cavilaba en si debía mover su reina o su caballo.
Havoc estaba despreocupado con la mirada perdida en la inmensidad del cielo. Fuery bebía un refresco y observaba entusiasta la partida de ajedrez, a diferencia de Falman, que estaba concentrado observando la vista que el día les ofrecía. Por su parte, Hawkeye estaba jugueteando con su cachorro.
— Buenas tardes —entró saludando Edward.
— Edward, Alphonse. Regresaron — saludó la teniente Hawkeye rascándole tras las orejas a Black Hayate.
— Vaya, Acero. Al parecer el calor te hace daño —Mustang miró con una sonrisa burlona a Edward—. Ahora pareces más un chicharrón que un chico de baja estatura.
Una vena invadió la frente del rubio y gruñendo por lo bajo se acercó a su superior.
— Hermano, cálmate —rogó Alphonse a Edward.
— ¡Cállate, Al! —miró a su hermanito con furia al percatarse que lo tomaban por los hombros. Miró a Mustang—. ¿¡CHICHARRÓN HAS DICHO?! ¡¡YA VERÁS LO QUE UN CHICHARRÓN PUEDE HACER!!
Mustang soltó una risa de burla y movió su reina. Ya se había acostumbrado a las rabietas del rubio. Gracias a Dios Alphonse siempre lograba controlarlo.
— Mírate, ahora has adquirido el color de tu gabardina.
— ¡¡AAAAAAAARGH!!
Edward se tomó el cabello con exasperación y comenzó a respirar profundamente.
Inhala, exhala. Inhala, Exhala. Alphonse lo soltó.
— Cálmate. He oído que el enojo hace que te encojas más —murmuró Roy.
Era el colmo. Hasta ahí había llegado la paciencia de Edward.
— ¡¡UH!! ¡¡MALDITO BASTARDO!!
No había marcha atrás. Edward le golpearía por todas las veces que lo molestaba y Alphonse lo detenía. Ese bastardo se las pagaría. Y Mustang abrió los ojos con el terror expresándosele.
Un sonido hueco se escuchó en el lugar. Alphonse había golpeado a Edward en la cabeza.
— Au —exclamó Edward con dolor, similar al maullido de un gato—. Alphonse, ¿qué crees que haces?
— Lo correcto —afirmó Alphonse con orgullo.
¿En verdad ése es Alphonse Elric, mi hermano menor?
Edward retrocedió, negando con la cabeza.
— ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermano? —apuntó con el dedo Edward.
— ¡Oye!, no me apuntes —exclamó Alphonse, golpeando nuevamente a Edward.
¿¡Qué le pasa al mundo!? ¡Soy una persona y tengo sentimientos! ¿Acaso todo el mundo está en mi contra? ¡¡Ya tengo suficiente con los golpes de Winry!!
— ¡Hey!, eso duele.
Todos observaban expectantes la pelea fraternal. Esos hermanos eran demasiado unidos, y verse pelearse no era algo de todos los días.
— Bien hecho, Alphonse —felicitó Mustang.
— Tú — Edward se volteó a observarlo, con llamas en los ojos y comenzó a apuntarle con su dedo índice— ¿Qué le has hecho a mi hermano menor?
— Baja ese dedo, enano —murmuró Roy, mas Edward le ignoró.
— No me llames enano y respóndeme.
— Nada —respondió Mustang y devolvió su atención al juego.
Breda continuaba jugando sólo por complacer a su superior, haberle ganado tantas veces ya le era común y una vez más no le haría daño. Sabía que practicaba con él para una futura revancha con el General Grumman.
— ¿Cómo que nada? Ya ni siquiera lo reconozco.
— Sí, claro. Con esta armadura soy irreconocible, ¿cierto? —dijo Alphonse.
— No me ayudes, hermanito.
— ¡Oh!, je, je. Lo siento —Alphonse se llevó una mano a su nuca—. El Coronel no me ha hecho nada.
— ¿Quién eres? —preguntó Edward a la armadura.
Un recluta ingresó a la oficina, realizó el saludo militar y anuncio:
— Señor, el Fuhrer desea hacerle una visita a usted y su brigada —Mustang asintió—. Señor, con su permiso —el recluta hace alza su brazo derecho, saludo y se retira de la habitación.
— Dijo que el Fuhrer vendrá, ¿no? —preguntó Alphonse.
La brigada de Mustang asintió y se formó un silencio.
— ¡Demonios, el Fuhrer se acerca!
La oficina se volvió un caos, todos se desesperaron. Mustang, Breda y Havoc se dirigieron a colocarse sus chaquetas militares, mientras los demás recogían los desperdicios —y la colilla que Havoc tiró— y ordenaban las piezas de ajedrez.
Todo estuvo en calma luego de tres minutos, que nadie sabía cuán rápido habían pasado.
— Buenos días a todos.
La puerta de la oficina del coronel Mustang se abrió a la par de que el Fuhrer ingresaba a la estancia. Una sonrisa adornaba su rostro, enmarcado por el parche negro que cubría su ojo izquierdo. Vestía de gala y su espada colgaba de su lado izquierdo.
La brigada de Mustang —incluido Edward y el Coronel— hicieron el saludo militar, diciendo un: “Buenos días, su excelencia”, menos Edward. No le encontraba motivo para decir eso si el jefe era una persona igual a las demás.
— Les he traído una nueva misión —anunció King Bradley.
El silencio reinó en la estancia. ¿Qué tipo de misión les encargaría a ellos en persona? De seguro no era algo sencillo.
— Si el joven Edward Elric así lo desea, puede unírseles —murmuró el Fuhrer.
Edward lo miró con asombro y se detuvo a meditarlo. Quizá era una misión importante, bastante investigación y quizá podría averiguar más sobre La Piedra Filosofal —maldita piedra, aún no sabía nada.
— Hermano.
Alphonse tomó el hombro de Edward y habló con voz contundente. Edward lo ignoró y alzó la vista con decisión.
— ¿Y de qué trata la misión?
El Fuhrer sonrió, de igual forma el Coronel. Por lo menos el chico sabía sacarle provecho a la situación.
— Es una infiltración —respondió el Fuhrer.
La intriga se hizo presente. ¿Una misión de infiltración? Debía ser algo de suma importancia para recurrir a un oficial de alto rango.
— Se ha sabido de una participación en conjunto de personas y creemos que entre ellos están planeando un motín en contra del estado —prosiguió e Fuhrer respondiendo a parte de las interrogantes de los militares.
— ¿Y qué debemos hacer? —preguntó Edward. Alphonse le dio un pequeño golpe en el brazo y Edward lo miró—, señor —agregó.
— Bien, continúo —carraspeó levemente—. Debido a que esta es una de las mejores brigadas en la estación de Central, he decidido escogerlos para que se infiltren en esta organización, averigüen todo lo puedan y, si es necesario, los tomen en sus manos para reivindicarles el camino.
Edward debatía mentalmente entre ir o no ir. Sabía que Mustang aceptaría de todas formas, porque eso le daría “puntos” para seguir avanzando, que era lo único que le importaba al tipo. Si iba, tendría que dejar a su hermano menor y no se podría divertir. Pero, ¿qué pasaba si esa organización tenía algo que ver con la Piedra Filosofal?
— Obviamente, ustedes no serán lo únicos que se infiltrarán —agregó Bradley al ver las caras dubitativas de los oficiales—. He pedio a los dirigentes de los otros puntos de Amestris que me envíen a miembros para esta misión, pero sólo serán una minoría. El mayor número será tomado de los cuarteles centrales.
El Fuhrer esperó pacientemente la respuesta del Coronel y del alquimista, ambos lanzando miradas indiscretas a sus compañeros.
— Acepto —dijo Edward.
Mustang sonrió con autosuficiencia. Claro, el chico no desperdiciaría oportunidad alguna para averiguar sobre la piedra, pero ahora su decisión involucraría a todas las personas que le eran leales. Tendría que ser cuidadoso, como bien había pensado podría ser una trampa, pero si eso le sumaba puntos para ascender…
— Acepto —dijo Mustang con firmeza.
La brigada de Mustang sonrió. Esa respuesta ya se la esperaban.
— Bien. Debe escoger a cinco miembros —le ordenó el Fuhrer—. Lo espero en mi oficina a más tardar en el anochecer.
Al terminar de hablar, los militares realizaron un saludo militar mientras el Fuhrer se retiraba de la habitación.
Capítulo 2. Preparativos
— Las personas que me acompañarán en esta peligrosa misión serán: la teniente primera Riza Hawkeye, el teniente segundo Jean Havoc, el alquimista de acero Edward Elric y el sargento mayor Kain Fuery. ¿Alguna queja?
— Señor, ¿por qué no podemos ir Falman o yo? —preguntó Breda.
— Porque si nos vamos a infiltrar necesitamos a un especialista en líneas para espiar. ¿Sabes lo suficiente como para poder ayudarnos en ese ámbito?
Fuery era el mejor con respecto a líneas de comunicaciones, era cierto. Breda y Falman bajaron sus cabezas y negaron.
— Los hubiera llevado a ustedes y a Hughes, pero el Fuhrer dijo claramente que sólo podía escoger a cinco —se volteó hacia la ventana— ¿Todos están de acuerdo? —preguntó volteándose levemente.
Hawkeye, Havoc y Fuery hicieron el saludo militar profiriendo un “sí señor” al unísono.
— Aunque tú no me hubieras escogido, de igual forma me hubiera infiltrado —murmuró Edward.
El rubio se cruzó de brazos e hizo un gesto de indiferencia, Mustang sonrió. Ese chico no sabía expresarse.
— Chicos, deberían irse. Si esta misión se lleva a cabo deberán descansar para estar preparados —les dijo Mustang.
El descanso era primordial para reponer energías. Ya que no sabían la fecha exacta para la misión, tendrían que estar listos hasta para salir aquella noche.
— Pero señor…
— Nada de peros —Mustang alzó una mano para callar a los demás— ¿Teniente Hawkeye?
— ¿Sí, señor?
— Acompáñeme —ordenó y emprendió una marcha hacia la salida con su subordinada tras de él. Antes de irse agregó: — Si así lo desean pueden retirarse, el trabajo de hoy ha sido terminado.
La oficina quedó en silencio tras la marcha del Coronel. Los subordinados comenzaron a reunirse para charlar, después de todo, la misión en sí era extraña.
Edward no sabía cómo salir fuera del cuartel sin levantar sospechas. Al fin de cuentas, siempre en la milicia les preparaban un cuarto a él y su hermano para que pasasen la noche. Aquel día no quería dirigirse a su estancia tan temprano.
— Bien chicos, debemos ir a hacer una llamada —anunció Edward—. Mañana nos cuentan las novedades. Vamos, Al.
Ambos hermanos salieron de la oficina en silencio. Los subordinados de Mustang murmuraron un “adiós” un tanto frío y siguieron conversando mientras Breda hacía ademanes para retirarse.
— Adiós, Fuery, Havoc, nos vemos mañana —dijo Falman.
Falman acompañó a Breda en su camino de regreso, puesto que Fuery siguió charlando con Havoc. Breda ni siquiera hizo gesto alguno para despedirse de los demás.
Mientras tanto, fuera del cuartel de Ciudad Central los hermanos Elric se dirigían hacia un parque. La llamada telefónica sólo había sido una excusa para retirarse.
— Me pregunté qué dirías, pero creí que habías pensado como yo —dijo Edward meditabundo—. Quizá esos tipos saben algo sobre La Piedra Filosofal y… Bueno, ya sabes.
— Entiendo, hermano. Pero ¿qué tal si no es así? Yo no quiero perderte.
Edward se detuvo y se volteó a observar a Alphonse.
Era verdad. Ambos habían prometido que seguirían juntos a pesar de las circunstancias, que siempre estarían juntos para defenderse y que juntos encontrarían un método para devolver sus cuerpos a como eran.
— Al… —musitó Edward—. Hermanito…
Hacía tanto que no se daban un abrazo —desde que estaba en ese cuerpo… ¡ya no recordaba cuándo!— que ambos se comenzaron a acercar, lentamente para recordar el momento…
Alphonse no aguantó más y abrazó efusivamente —tal vez demasiado— a su hermano mayor.
— ¡AL, me duele!
Una armadura de dos metros, de lados puntiagudos y ásperos —debía comprar más aceite para pulirlo—, de metal frío y duro…; no era la mejor sensación cuando tu rostro esta siendo “aplastado” contra el acero.
— Lo siento —exclamó Alphonse y dejó a Edward en el suelo.
Quizá porque era una armadura no podía sentir —o eso decían los demás, porque él sí sentía—, pero a Edward le pareció demasiado notorio el tono melancólico de Alphonse.
— Descuida, Al —se levantó—. Sabes que debo devolverte a tu cuerpo antes de morir, así que no te preocupes, no será fácil que este corazón deje de latir — Edward sonrió de oreja a oreja y le contagió la alegría a la armadura.
— Lo sé —el silenció retornó.
— Vamos —lo instó el rubio.
Ambos emprendieron el rumbo hacia el parque nuevamente, y Edward no de detuvo a mirar atrás, pues sabía que su hermano menor siempre le seguiría.
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Mustang se encontraba de pie frente a la oficina del Fuhrer. No sabía si debía abrir la puerta o tan sólo dejarla así, y después venir.
Una mano suave retiró la suya del pomo de la puerta y la abrió levemente, con demasiada delicadeza.
— Es bastante fácil abrir una puerta, Coronel —Hawkeye estaba a su lado y le sonrió para darle ánimos.
— Claro —dijo Mustang y empujó la puerta.
La oficina era una de las más amplias del cuartel —al parecer el triple que la suya— y estaba custodiada por su secretaria —que se veía bastante bien con el traje caoba.
— Buenas tardes, Coronel —lo saludó la secretaria al verlo ingresar—. ¿Desea hablar con el Fuhrer?
— Sí. Dígale que ya tengo mi veredicto.
— Muy bien —la mujer de cabello castaño ingresó a otra habitación —la del Fuhrer— haciendo una reverencia.
— Debería ser más delicado —escuchó una voz a sus espaldas. Era su teniente.
— He sido cortés.
— Claro que no —lo miró con una mueca de disgusto—. Le dio órdenes como a un animal —ella le dirigió una mirada envenenada.
¿En verdad fui tan frío como para que me mire así…? No lo creía, pero era mejor hacerle caso a la mujer en vez de enfrentarse a sus balas.
— Bien. Me disculparé —prometió Mustang. Su visión periférica captó la sonrisa de autosuficiencia de la mujer.
Pensando en mujeres, la secretaria del jefe salió y los miró con sus ojos verdes. Hizo una reverencia.
— Pueden pasar —se hizo a un lado de la puerta.
— Muchas gracias —Hawkeye le dio un puntapié— Disculpe lo anterior.
— No se preocupe
Mustang y Hawkeye ingresaron a la espaciosa oficina del Fuhrer, escuchando a sus espaldas el cierre de la puerta. Un ojo se depositó sobre ellos y el Fuhrer sonrió.
— Vaya, coronel Mustang. Veo que ha tomado la decisión bastante rápido.
— Así es, señor
Como parte del protocolo, saludar a los superiores con el debido respeto era esencial. Mustang y Hawkeye realizaron el saludo militar y el Fuhrer rodeó su escritorio para quedar a unos cuantos metros delante de ellos.
— Bien, comuníqueme los elegidos y las razones —ordenó el Fuhrer.
— El alquimista de Acero, Edward Elric, por sus habilidades en la alquimia; la teniente primera Riza Hawkeye, por su habilidad con las armas de fuego; el teniente segundo Jean Havoc, por… por sus habilidades en batalla —¿En realidad escogí a Havoc por eso?— El sargento mayor Kain Fuery, por sus habilidades en el manejo de líneas de comunicación para posible espionaje, y yo, el alquimista de Fuego y coronel del ejército, Roy Mustang.
— Interesante —el Fuhrer quedó meditabundo— Me parece muy buena su elección, Coronel —le sonrió con los ojos el Fuhrer. Y qué ironía, el Fuhrer sólo tiene un ojo. — Pídale a mi secretaria que le entregue unos sobres con las respectivas órdenes a seguir.
— Sí, señor.
— Pueden retirarse —concedió en tono contundente el Fuhrer.
Ambos oficiales, a espaldas del Fuhrer, realizaron el saludo militar y se retiraron en silencio.
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Una semana, una larga semana había transcurrido desde el anuncio del Fuhrer sobre su nueva misión.
Los otros miembros que acudirían a la misión llegaron cuatro días después por motivos de viaje y preparación.
Ahora, todos se encontraban frente a la máxima autoridad de Amestris esperando el dictado del superior.
— Nos hemos reunido el día de hoy para especificar en sí la misión. Ahora, si se preguntan porqué no lo hice antes, es porque sencillamente todos necesitaban descansar. Bien, todos se encuentran con energía a rebosar, así que la información será mejor captada… — al parecer, ese día el Fuhrer había amanecido con ganas de charlar, porque ya era bastante extraño que se pusiera a hablar poco menos con él mismo.
Todos esperaban impacientes.
—… Prosiguiendo. Las personas escogidas, por favor, cuando su sean llamadas, dar un paso adelante —el Fuhrer recibió una lista de su secretario y comenzó a nombrar a los diversos miembros que asistirían en el ejército.
Los oficiales hicieron presencia rápidamente ante la máxima autoridad. Desde miembros de Ciudad de Este hasta soldados de Briggs fueron enviados para la misión de infiltración. Obviamente eran lo mejor de lo mejor.
Dejando de lado la confusión de nombre para Jean Havoc —lo llamaron Jena Havoc— y el escándalo de Edward porque lo llamaron “enano” —pobre hombre, lo amenazaron con quitarle las piernas y colocárselas de brazos— la ceremonia se llevó en calma, sin mayores sobresaltos.
— Su partida será mañana, a las dos de la tarde. Deberán venir vestidos de civiles y llevar ropa como tal, no sería bueno llamar la atención —anunció el Fuhrer con vos contundente.
— ¿Cuánto tiempo estaremos en esta misión? —preguntó Edward. Algunos miembros del equipo lo miraron. — Señor —agregó ante las miradas.
— Aproximadamente dos meses.
— ¿Dos meses? —repitió Edward.
— Así es —afirmó el Fuhrer. Los “elegidos” quedaron con una expresión de incredulidad— Continuando, esta misión es para dar de baja a un grupo de terroristas ubicado al sudeste de Amestris. Se hacen llamar “Escorpión” (1) y se sabe que hasta este momento tiene seis integrantes
— ¿Y para qué nos envían a nosotros? —preguntó un recluta al final del grupo. Todos lo miraron.
— Han sido escogidos por los generales en jefe de cada cuidad importante del país. Todos los aquí presentes deberán asistir para dar de baja a este grupo que está operando en contra de nuestro país. Si es necesario, deberemos tomar cartas en el asunto si el grupo no desea poner de su parte. Así que tienen mi autorización para matarlos. Por ahora nada más que decir, todo lo demás estará explicado en unos sobres.
Los oficiales se miraron con algo de curiosidad y la secretaria comenzó a entregarle a cada recluta y oficial un sobre con las especificaciones de la misión.
Tras entregar los sobres, el Fuhrer y su secretaria se retiraron.
Los reclutas miraron con ingenuidad cada sobre —como si fueran a das un mordisco— y al final cada uno se retiró hacia sus oficinas, dirigiéndose a sus hogares terminada la jornada laboral con una serie de preguntas rondando por sus cabezas…
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— ¿Crees que nos descubran con facilidad?
Las sombras no acostumbran a hablar, pero en este mundo de mitos y curiosidades todo puede existir.
— No —negó el Fuhrer, observando por la ventana ubicada en su oficina—. Sólo tienen que tener cuidado con mostrar sus símbolos. Sé que el alquimista de Acero y el coronel Mustang saben algo sobre nosotros, pero siendo cuidadosos podremos tenerlos bajo control.
— ¿En verdad crees eso? —la fría voz volvió a preguntar.
— Sí —una sonrisa sádica desfiguró el rostro del Fuhrer—. Los humanos son demasiado ambiciosos como para dejar algo a medias.
— Eso es verdad —concordó un ser que aparecía desde las sombras—. Por cierto, ¿qué pasó con Greed?
— Está con los demás. Deben esperar y hacer durar los dos meses sin levantar sospechas. Si algo llega a salir mal, ustedes tendrán la culpa.
— ¿Por qué nosotros y tú no?
— Porque yo no estaré presente.
— Oh… ¿Qué hacemos si el enano o alguien más aprende algo o descubre algo que no es de su incumbencia?
Todo estaba fríamente calculado, el plan no podía tener fallas, pero siempre había detalles que podían salir mal.
— Deberán matarlos antes de lo previsto. Recuerda que planeamos esto para acabar con los entrometidos del ejército y así poder hacer algo de provecho con respecto a nuestros objetivos.
— Eso significa que…
— Sólo adelantarían lo que sucederá.
— Me gustan tus planes, Pride.
La voz desapareció de la estancia y la oficina quedó vacía. Lo único que se observaba era un hombre mirando con curiosidad a las personas que pasaban bajo el edificio. Las sombras no volvieron a hablar.
(1) “Escorpión” nació el nombre un día porque acababa de terminar de leer “El bosque de los pigmeos” de Isabel Allende. No recuerdo muy bien, pero me pareció bueno el nombre y además no andaba inspirada.
Capítulo 3. Carta
Día uno, parte uno.
Roy Mustang y Edward Elric negaban rotundamente tener parecido en común. A ese tiempo del camino que llevaban recorriendo nadie pensaba lo mismo.
Ambos tenían el rostro apoyado en una de sus manos, con un gesto de hastío y de vez en cuando soltaban un bufido de aburrimiento.
—Se parecen mucho más de lo que quisieran aceptar, ¿cierto? — aseveró en un murmullo la teniente Ross a Riza. Ésta le sonrió y afirmó débilmente.
Todos estaban cansados, el viaje se estaba tardando más de lo esperado y no era muy cómodo irse en la parte posterior de un camión, considerando que el sol a esas horas del día estaba en su mayor esplendor y la temperatura aumentaba a cada minuto.
Veinticinco personas, ese era el total de los presentes. Cada hombre iba vestido de forma informal, con una sudadera manga corta y pantalones, alguno que otro con pantalones tres cuartos y causando envidia entre los demás; las mujeres era un tema aparte. Todas iban bien vestidas, prácticas para cualquier ataque sorpresa; una sudadera y un pantalón, prendas sencillas, pero cómodas.
Riza Hawkeye iba un poco distraída observando la sudadera de su superior, Roy Mustang. Éste llevaba los botones de la playera abiertos descaradamente, dejando ver parte de su bien formado pecho…
— ¿Alguien tiene calor? Yo sí, así que con su permiso… — el moreno se levantó de donde se encontraba sentado y se comenzó a sacar la sudadera por la cabeza.
Cada segundo que pasaba sentía que su pulso se aceleraba más y más al ver el perfecto cuerpo del hombre; esos abdominales bien formados, esos pectorales tan bien formados…
— Riza, ¿te sientes bien? — la teniente Ross la zamarreó un poco y la despertó de su ensoñación.
— ¿Eh? — no atinó a decir nada más al encontrarse sorprendida.
— Sí, Riza, te ves tensa. ¿Estás bien? — el comentario de María Ross llamó la atención del Coronel, que aun seguía con su mano colocada sobre su rodilla con expresión de hastío. Claro, hasta que María zamarreó a Riza. Había un dejo de preocupación en su voz, pero Riza decidió ignorarlo.
— Eh, sí — comenzó a juguetear con los dedos en su regazo —. Debe ser sólo el calor… — murmuró para calmarse un poco. Se sentía sofocada, aun más de lo que el sol podía causar. Trató de calmarse y se dijo a sí misma que sólo había sido el sol el causante de su delirio, que no había otra cosa de por medio, sólo el calor…
Roy Mustang observaba escrutadoramente a su teniente. Nunca había observado muy bien a la mujer vestida de civil, pero ahora que se daba cuenta… ¡Qué bien se veía!
Sonrió para sus adentros mientras seguía recorriendo el cuerpo de la mujer: sus ojos ámbares observaban el paisaje y sus pestañas se movían con elegancia, su cabello estaba atado en un moño y su mechón dejaba algunos cabellos sueltos, sus carnosos labios rojizos mostraban una sincera sonrisa… ¡Qué deliciosos se veían!
Cerró los ojos y se comenzó a imaginar a una Riza Hawkeye sin sudadera ni pantalón, con un bikini ceñido al cuerpo y…
—Mustang, estás sangrando —escuchó de pronto. Abrió los ojos con expectación y observó al rubio que iba a su lado con una mueca de asco.
— ¿Qué has dicho?
—Límpiate la nariz… No sé con qué mierda habrás estado pensando, pero los demás se están empezando a dar cuenta… ¡Iug!
Se tapó la nariz con la mano izquierda y con la derecha comenzó a rebuscar en sus bolsillos un pañuelo. Gracias a Dios nadie se dio cuenta…
—Gracias, acero.
—Edward.
— ¿Qué?
—Mi nombre es Edward, recuérdalo.
—Oh, claro… (1)
Mustang volvió a apoyar su brazo en su rodilla, esperando que el aburrimiento se marchara… ¿Qué era lo que se escuchaba? Ah, Havoc estaba silbando. Por lo menos él tenía algo para distraerse, silbar ya ni siquiera le hacía gracia.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
El camino abruptamente cambió.
Del desierto paraje adornado por unos pocos pinos y la humareda de tierra que iban dejando tras de sí, fue sustituido por coposos árboles que llenos de hojas verdes y sus gruesos troncos.
—Ojala arribemos pronto…
— ¿Arribar? Pero si esto no es un crucero…
— Oh… Eh, ojalá lleguemos pronto a nuestro destino…
María Ross y Denny Brosh entablaron una agradable conversación sobre gramática mientras discutían los pros y contras de todo, buscándole una razón específica para utilizarlos. Era bueno ver que algunas personas podían mantener una conversación agradable.
— ¿Por qué quieres que lleguemos pronto? —preguntó con interés Riza. De pronto, Mustang se preguntó lo mismo y prestó atención.
En un principio, María no prestó mucha atención hasta que Riza la zamarreó levemente, repitiendo la pregunta y haciendo que Ross le sonriera. Al parecer, estaba a gusto charlando con el sargento Brosh.
—Es simple. Las nubes en el cielo indican que comenzará a hacer frío durante la tarde.
—Oh —exclamó Riza.
Mustang alzó su vista y divisó a la lejanía los densos nubarrones que inquietaron a Ross, pero no se alarmó. Estaban a finales de verano —aún quedaban días calientes— y no había razón para que la lluvia los azotara por un tiempo.
— Puede que haga frío esta tarde, pero llegaremos pronto —dijo Mustang.
Todos voltearon a observar al Coronel.
— ¿Qué le hace pensar eso, Coronel? —preguntó Havoc.
Mustang suspiró con pesadez y miró el paraje de árboles que dejaban detrás.
— “Es simple” —citó a Ross—. El Fuhrer necesita que espiemos a un grupo terrorista, una organización. Un bosque es el lugar perfecto para establecerse como centro de comandos.
—Oh —exclamaron algunos soldados.
Mustang creyó divisar por el rabillo de su ojo que Hawkeye sonreía, pero al voltearse a verla, ésta había bajado la mirada e iba ensimismada en sus pensamientos.
El carro dio un salto, haciendo saltar a todos los soldados de sus asientos improvisados —el equipaje hacía de buena butaca— y dejando caer algunos en la plataforma por la que estaban viajando.
— Lo siento —exclamó el chofer. Gruñidos y bufidos se le dirigieron.
— Coronel —escuchó Mustang a sus espaldas— ¿Podría quitarse de encima?
Volteó con los labios levemente fruncidos y vio al sargento Fuery en el piso, con él encima. Pobrecillo.
— Disculpa —se levantó y retomó su “asiento”, como los demás.
Una vez repuestos y menos enojados, Mustang se dio cuenta de que Edward ya no estaba a su lado.
— ¿Acero? —preguntó al aire. Divisó al chico en el frente de la plataforma, encima de la espalda de Havoc y con el pelo meciéndosele detrás.
— Mira, Mustang —señaló delante de él con una sonrisa en su rostro—. Ya llegamos —agregó mientras Havoc se lo quitaba de encima.
Mustang se levantó y observó, entrecerrando los ojos levemente. A lo lejos se divisaba una pequeña casa de madera, con algunos sacos rojos fuera y cajones de madera. ¿Sería allí?
Se acercó adelante pidiendo permiso y llegó al lado de Edward —el chico aprovechó el alboroto para colarse— y llamó al conductor.
— ¡Hey! ¿Es allí? —apuntó delante, dudaba que el tipo lo escuchara.
El conductor lo miró por el retrovisor y le sonrió, asintiendo levemente. Abrió la ventanilla que lo conectaba con los viajeros.
— Estas son las coordenadas que me dieron y aquella es la misma casa que me mostraron a seguir —volteó y se concentró nuevamente en el camino.
Pronto comenzaría su calvario al lado de Edward.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
—… Bien, señor Mustang, el Fuhrer me ha encargado que le entregue esto —antes de despedirse, el conductor llama al coronel Mustang.
— ¿Qué es lo que le ha encargado?
— Es este sobre —el conductor le entrega dicho objeto a Roy, que lo observa con cautela. — Quiere que cumpla con las normas que aquí se le pide. Cualquier cosa, me lo dirá la próxima semana.
— ¿La próxima semana? —preguntó alarmado Mustang.
— Sí. Vendré a verlos una vez por semana para traerles municiones y recibir los informes que deberá enviarle al Fuhrer.
— Hmm —Mustang se quedó meditándolo. —Muy bien. Nos veremos, entonces —sonrió y ofreció su mano.
Una sensación extraña recorrió su cuerpo cuando el conductor estrechó su mano, como si…
— Nos veremos —se dirigió a su carro y se fue con lentitud por donde habían llegado.
Mustang no prestó mayor atención y se concentró en el sobre —estaba un poco grueso— marrón que tenía en sus manos. Abrió con lentitud el sello mientras escuchaba murmullos tras de sí.
— ¿Qué dice, señor? —escuchó una melosa voz tras de sí. Se volteó a observar y vio a la teniente Hawkeye.
— Hmm —abre el sobre con cuidado y despliega la primera hoja para comenzar a leerla en voz alta:
“Estimado coronel Mustang y subordinados:
El presente motivo de esta carta es que yo, King Bradley, lo declaro al mando de expediciones y operaciones a realizarse en la zona donde se encuentran usted y su destacamento.
Teniendo dicha responsabilidad en su poder tendrá la misión de informarme semanalmente el avance de la investigación, los gastos materiales implicados y la manutención del armamento requerido.
Las labores de mantener la casa que les ha sido otorgada en buenas condiciones deberán efectuarse por ustedes mismos, delegando personas para los diversos quehaceres de su nuevo “hogar”. Dentro del “hogar” deberá mantenerse el respeto que es debido y mantener un ambiente de convivencia y compañerismo.
Dejo en sus manos la llave que abrirá la casona junto a los formularios que deberá llenar y enviar semanalmente con el conductor que hoy los ha dejado. Él se encargará de llevarles provisiones y suministros para su supervivencia.
Usted podrá imponer reglas para mantener el orden, pero hay una que yo le dejaré y que todos deberán obedecer:
“NADIE PUEDE REGRESAR A MENOS QUE SU CORAZÓN DEJE DE LATIR.”
Es una regla dura, pero debido a que esta es una misión secreta de nivel superior, no podemos contar con que todas las personas sean leales y deberá efectuarse un chequeo si la desgracia llegase a ocurrir. En caso de que así suceda, los cuerpos serán retirados del lugar por el mismo conductor que los abastecerá por las siguientes semanas.
Se despide de usted:
Rey Jefe Bradley.”
Una llave plateada se deslizó hasta las manos del alquimista de Fuego.
(1) Hiromu Arakawa dejó en claro, junto con la ayuda de Makoto Inoue, que Roy no tenía muy buena memoria recordando el nombre de Edward, es por eso que casi siempre le llama “Acero” o “Elric”; demostrado en la segunda novela de Fullmetal Alchemist: “Fullmetal Alchemist y el alquimista secuestrado”.
Capítulo 4. Presentaciones
Día uno, parte dos.
— Bien, repasemos.
— ¿Estamos abandonados y no podemos regresar a menos que estemos muertos? ¿Es eso lo que nos quieres explicar?
Eso era verdad. Creía que el gobierno era justo, y tener que morir en una misión no era muy grato.
— Así es. Y las órdenes…
— Hay que obedecerlas —completaron los demás.
Roy Mustang era el único oficial de rango alto que se encontraba entre todas las personas. Ser un Coronel del ejército también tiene sus beneficios.
— No nos podemos comunicar con nuestras familias —se escuchó de pronto.
— Eso también es verdad —afirmó Mustang releyendo uno de los papeles.
— Eso es injusto. O sea, cómo voy a decirle a mi hermano que estoy bien si ni siquiera puedo enviarle una carta —es voz era de Edward. Y el chico en realidad tenía razón, pero debió haber afrontado la realidad hace mucho.
— Debiste haber pensado en eso antes de aceptar la misión, Acero —la voz de Mustang sonó fría.
Todos los presentes sabían que tenían que tener respeto hacia su superior, pero ellos también tenían familia y no querían que ellos se comunicasen. Era como si, después de todo, se quisieran deshacer de ellos… pero había formas más fáciles de hacerlo y tenían que ver las cosas por un lado positivo: eran los mejores entre los mejores.
Mustang se aproximó hasta la enorme puerta de metal e ingresó la llave con cuidado, sentía las miradas de los demás tras de él, pero la llave no cedió.
— ¿Qué es esto? —preguntó tratando de abrir vanamente la puerta.
Los oficiales y reclutas se comenzaron a acercar a Mustang, que seguía tratando de abrir con la llave la puerta.
La llave crujió y se quebró en las manos del alquimista.
— ¿Uh?
¿Era posible que una llave de plata se quebrara en tus manos?
Mustang oyó murmullos tras de sí, y se preguntaban lo mismo que él.
— ¿Cómo entraremos ahora? —escuchó de pronto una voz femenina. Diablos, tenía que aprenderse los nombres de sus compañeros.
Era verdad. ¿Cómo ingresarían si la llave se había roto?
— Permiso, alquimista estatal especializado en transmutaciones desea pasar —esa definitivamente era la voz de Edward.
Mustang entrecerró los ojos y volteó con lentitud para observar a un chico rubio —casi no se distinguía entre las personas— avanzar con arrogancia hacia él.
— ¿Qué has dicho? —preguntó Roy sin entender.
Edward le quitó la llave de las manos y la inspeccionó.
— Platino, tres mil quilates —murmuró Edward y se quedó meditando—. No entiendo cómo se pudo romper si la fuerza de un humano no es capaz ni siquiera de doblarlo —agregó entregándole la llave nuevamente a Mustang.
El chico era un presumido. Los oficiales tras de ellos ya estaban murmurando que era un genio y todas esas cosas por el estilo —muy a su parecer era verdad— y no aguantaría que alguien fuera mejor que él.
— Crea otra puerta, acero, o haz que el cerrojo se ajuste a la llave. Puedes transmutarla, ¿cierto?
— Je, ¡claro que sí! Transmuto usualmente acero y no podría con algo de platino… Es estúpido, ¿sabes?
Tenía que enseñarle a comportarse.
— Ten un poco más de respeto con tus superiores o te comenzaré a llamar enano —amenazo Mustang.
— ¿Es una amenaza? —Mustang iba a responder y Edward continuó—. No te tengo miedo; además, de todas formas me llamas “enano”, Mustang.
“Chiquillo malcriado” era la única frase cuerda que cruzaba por la mente de Mustang. Ahora que lo pensaba, el chico estaba madurando.
Edward chocó sus manos y las apoyó sobre la puerta de metal. Rayos de tonalidades azuladas comenzaron a emerger desde la gruesa puerta de metal y cuando todo cesó, una puerta con un pestillo y un pomo estaban frente a ellos, del tamaño y magnitud suficientes para que hasta el más alto pudiera entrar.
— Un trabajo limpio, sin dudas —murmuró Roy, Edward sonrió.
— Bien hecho, enano.
Oh no, las rabietas no…
Una palpitante vena crecía en la frente de Edward, que se volvió lentamente e irradiando una aura demoníaca.
— ¿Qué has dicho? —preguntó el molesto chico.
— Er…, bien hecho, jefe.
La vena de Edward se redujo un poco, pero su aura demoníaca no cedió ni un poco y pronto todos suspiraron aliviados cuando el chico se calmó, sentándose en un saco.
Mustang observaba la casona.
— Teniente —llamó Mustang.
— ¿Sí, señor? —un centenar de voces respondieron al llamado de Roy. Claro, había más de un teniente entre todos.
— Teniente Hawkeye, acérquese —la aludida se colocó al lado de su superior, esperando sus órdenes—. Quiero que haga una lista de todo lo que hay aquí afuera, haga un censo de cada persona aquí presente y esperen a mi retorno.
— ¿Puedo preguntar dónde se dirige, señor?
Mustang rió.
— Ya hizo la pregunta, pero iré a recorrer la casa antes de que todos ingresemos.
— Muy bien.
Roy abrió con suavidad el pomo de la nueva puerta e ingresó al lugar.
— Eh, Mustang, yo te acompaño —Edward se unió a su recorrido.
— No, ayúdale a la teniente.
— Pero…
— Nada de peros, esto lo hago yo solo —interrumpió Mustang a Edward.
El rubio se retiró haciendo un puchero y murmurando algo como “eres un egoísta”, cerrando tras de sí la puerta y dejando todo el silencio.
Roy sacó su reloj plateado de su bolsillo y miró la hora: eran las doce menos veinte.
— Un viaje de un poco más de tres horas…
Los pasillos eran amplios y se observaba una gran habitación destinada para los distintos horarios del día en que se comía: un gran mesón con varias sillas y unos muebles que de seguro contenían la loza y la utilería. Se apreciaban cinco puertas y una escalera que se alzaba sobre un pilar de madera.
Mustang abrió de una en una las puertas, observando cada detalle de cada una. La primera era una habitación con trece camas, y delante de ellas se encontraba un baúl —quizá para dejar las cosas de cada quién. La segunda puerta —contigua a la primera— contenía igualmente trece camas con un baúl. Eran idénticas. La tercera puerta era un baño, con varios retretes y lavamanos separados por cabinas y un gran espejo a lo largo. La otra puerta contenía un par de duchas y una pequeña ventanilla para que el vapor se alejara. La otra habitación estaba vacía —tal vez la destinaría para almacenar los víveres.
Subió las escaleras y quedó impresionado al ver la habitación. Era amplia y el techo estaba a unos dos metros desde el final de las escaleras; contenía varias ventanas con cristales reflectores —desde afuera no se veía en interior— y una gran mesa en el centro. Había varias cajas apiladas en distintos sectores que contenían: armamento y municiones, un centenar de granadas y papel con tinteros. Un mapa colgaba desde un pilar de madera y tenía una equis roja, señalando el punto exacto donde se encontraba la casona.
— Nos tenían todo preparado…
Mustang sonrió.
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Los militares se encontraban sentados alrededor del gran mesón, con su bolso a sus pies y prestándole atención a Mustang.
— Bien, Coronel.
— Er —todos miraron a Mustang—. Quisiera pedirles que se presentaran como es debido, ya saben, para recordar sus nombres y-y tengamos una mejor comunicación.
Miradas interrogativas y muecas de aceptación se visualizaron.
— Yo soy Josué Buljubasich —se presentó un pelinegro de ojos castaños—. Mi especialidad es el manejo de armas de fuego.
— Richard Meza —alzó una mano otro rubio de ojos chocolate—. Especializado en exploración.
— Briggith Acosta —una mujer le sonrió al jefe en mando—. Especializada en curaciones y enfermedades de todo tipo.
— Woah, una doctora para nosotros —se escuchó en medio de la multitud. Los cadetes le miraron ceñudos—. Er… Yo soy Yerko Zamorano —el chico llevaba un corte de pelo estilo militar y unos ojos pequeños acompañaban su deslumbrante sonrisa.
— Mitsuki Pino —una pelirroja de ojos azules alzó su mano.
— Tamiko Pino —otra pelirroja de ojos celestes se presentó, sonriendo abiertamente y mostrando una gran sonrisa. Eran hermanas gemelas.
— ¿De dónde son ustedes? —preguntó Josué.
— Somos amestritas —respondió Mitsuki.
— Pero… sus nombres… ¿No son originarios de Xing?
— Sí; nuestro abuelo vivió en Xing y nuestros padres nos colocaron nombres de Xing, pero luego regresamos a Amestris, nuestras raíces y nuestros verdaderos orígenes —explicó Tamiko.
— Oh.
— Bueno, yo soy Dennisse Gutiérrez y junto con Briggith soy médico —una pelinegra de rizos y ojos color caoba se presentó.
Los demás se presentaron de igual forma, yendo desde explorador hasta especialista en armas.
En total habían: cuatro médicos, un mecánico, tres estrategas, dos alquimistas, diez francotiradores y cinco exploradores.
La mayoría de los nombres eran desconocidos para Mustang, quien tuvo que servirse de la lista de Hawkeye para memorizar los nombres.
El listado decía: [i]“Roy Mustang, Josué Buljubasich, Richard Meza, Briggith Acosta, Edward Elric, Jean Havoc, Sol Alegría, Santiago Cáceres, Tiare Montesino, Rebecca Harnet, Martín de Mendoza, Mitsuki Pino, Tamiko Pino, María Ross, Denny Brosh, Yerko Zamorano, Nicolle Riveros, Christopher Rodríguez, Audrey Contreras, Dennisse Gutiérrez, Alexander Rubilar, Joaquín Hinzpeter, Jerónimo Cerón, Carlos Zenteno, Riza Hawkeye”[i]
Mustang frunció los labios. ¡La minoría de los nombres que aparecían en aquella lista los conocía! Le tomaría tiempo aprenderse los nombres de los demás.
— Bien, chicos —los militares le prestaron atención— su primera orden es que escojan una cama en la que dormirán. Decidí que hombres y mujeres dormirán en dormitorios separados, ¿les parece bien? —todos asintieron (las mujeres con una gran sonrisa) y esperaron algo más que Mustang debería decir—. Bien, entonces creo que las ha…
— Chicas, esta habitación tiene una vista esplendorosa. ¡Vengan para acá!
Rebecca se encontraba en la puerta de la primera habitación, haciendo señas con las manos a las demás mujeres mientras los hombres no entendían nada.
Mustang se lamentaba, esa habitación la quería para ellos… Si intercedía quizá…
— Chicas, yo creo que… —en menos de un segundo todas las mujeres habían desaparecido en la primera habitación, con sus bolsos y cerrando la puerta.
Mustang suspiró. A duras penas aceptó que se tendrían que quedar con la otra habitación, pero en fin…
— Bien, chicos, vamos a instalarnos…
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— Bueno, creo que todos estaremos cómodos aquí —comentó Mustang, cerrando su baúl.
— ¡Hey! ¡Yo no tengo cama!
Edward Elric se encontraba en el umbral de la puerta haciendo un berrinche, moviendo de arriba abajo los brazos y con una mueca de disgusto en su rostro.
— Bueno… No es nuestra culpa, jefe —comentó Alexander.
— Si hubieras entrado de inmediato tendrías un lecho como todos, pero decidiste ver lo que el frigorífico tení…
— ¡¡Ya sé lo que hice!! —interrumpió Edward de improviso a Brosh— . ¡Lo que no entiendo es por qué me dejaron a un lado!
Mustang suspiró y miró a Edward con cara de fastidio.
— Mira, acero —Roy comenzó—, somos catorce hombres en una habitación de trece camas…, alguno tenía que quedar fuera, y tú te demoraste, ¡así que no vengas a armar berrinches!
— Pero ¿dónde dormiré?
Algunos de los hombres lo miraron de soslayo y con una sonrisa pícara en su rostro.
— Con las damas, por supuesto.
—… ¿¡QUÉ!? —todos los hombres rieron—. ¿Cómo se les ocurre eso? ¡¡Yo no haré tal cosa!!
— Lo siento, acero, pero es tu única opción —dijo entre risas Roy.
— ¿Entonces? ¿Por qué no te vas tú con las damas? —preguntó esperanzado Edward.
— Verás: soy un adulto y tú un niño —Edward ignoró lo de “niño” y esperó—. Los niños le caen mejor a las damas que los adultos, por eso es que tú eres el único que puede ir.
— Además —dijo Alexander al ver que Edward quería replicar—, en esta habitación no cabe otro catre, tendrás que dormir con las damas.
Edward no sabía si gritar de horror o ponerse a llorar por el abuso, pero no lloraría porque se lo había prometido a sí mismo, tampoco podía gritar porque lo tomarían como un cobarde, y él no era un cobarde. Miró suplicante a Roy, que se encogió de hombros y desvió la mirada.
— Por favor —musitó Edward.
Roy miró al chico por el rabillo del ojo y decidió intervenir.
— Bien, acero, yo te ayudo —dijo Roy mientras se levantaba. A Edward le brillaron los ojos.
— ¡GRACIAS, CORONEL BASTARDO!
— ¿Qué has dicho? —preguntó Roy con una creciente vena en su frente mientras los demás contenían su risa.
— ¿Y—yo? Na—nada, cómo se te o—ocurre, ja, ja, ja, ja —exclamó Edward notablemente nervioso. — ¿Y? ¿Vamos?
— Bien…
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— Pobre chico —murmuró Briggith mientras doblaba una pieza de satén.
— Sí —asintió Audrey—. Me preguntó qué le estarán haciendo para que esté así de histérico.
Las damas guardaban con cuidado —a diferencia de los hombres— la ropa que utilizarían durante esos días. Algunas traían consigo piezas sencillas, pasando por aceptables hasta el punto de ser exhibicionismo.
— No creo que debas usar eso, Rebecca —reprendió Riza al observar el descarado satén de color negro que Rebecca sostenía en sus manos— Quizá los hombres podrían…
— ¡Ah, Riza! —exclamó Rebecca y sonrió—. No te preocupes, que es sólo para dormir en estas noches de calor y nada más.
— Mhmm. Eso espero.
Tres suaves golpes despertaron la curiosidad de las mujeres, desviando sus miradas hacia la puerta.
Capítulo 5. Defensa
Día uno, parte tres.
— ¡Pase! —murmuró animadamente Tiare.
El pomo de la puerta giró con lentitud —como si tuviese miedo de abrir la puerta— y se asomó un niño… No, era Edward que estaba encogido y temblando levemente. Rebecca instintivamente guardó su “pijama” debajo de más ropa y sonrió con nerviosismo.
— Ed, qué sorpresa… ¿Qué deseas?
Edward ingresó a la habitación con nerviosismo; se sentía extraño —incluso se imaginaba que el lugar estaba pintado de rosa— y comenzó a juguetear con sus manos.
— Er, y-yo…necesi-sito u-una ca-cama para do-dormir y-y pensé q-que tal vez us-ustedes me po-podrían dar una pa-para cambiarla d-de habitaci-ción.
— Vaya, Ed, pensé que ibas a ser más persuasivo…
Roy Mustang hizo presencia en la habitación con el ceño fruncido, mirando de forma reprochadora a Edward. Éste mantenía la cabeza gacha con sus labios tensionados, temblando levemente.
— Pobrecillo —dijo Sol, lanzándose de la cama y parándose al lado de Edward—. ¿Qué te han hecho esos bastardos de los hombres?
— ¡Oye! No le hemos hecho nada —refunfuñó Mustang.
— Sí, Claro, cómo no, y yo seré la Reina de China —Sol abrazó a Edward, ladeándose un poco para mirar con rencor a Mustang y alejar a Edward de Roy—. ¿Sabes, inútil? Desde aquí se escuchaban los gritos del muchacho.
— Em… ¿Dónde está China? —preguntó Dennisse.
— Sepa Dios dónde está, lo dije por el momento —respondió Sol.
— Oh.
Mientras tanto, Mustang estaba tirado en el piso con una pequeña crisis existencial sobre su utilidad en este mundo. Ahora que lo pensaba…
— ¡Oye, no está lloviendo! —exclamó incorporándose.
— ¿Quieres que llueva? —preguntó Mitsuki.
— Sí, digo, no, o sea… ¡AH! Lo que sucede es que Edward necesita una cama para dormir —explicó Mustang.
— ¿Y por qué no le das la tuya? —preguntó Tamiko.
— ¡Oh! Sabía que mi virilidad no iba a ser ignorada por ellas, ja, ja, ja. Bueno, yo le doy mi cama y duermo aquí, con ustedes.
La habitación de las mujeres se llenó de una repentina tensión, siendo ésta acompañada por una dosis de inusual silencio y dando paso a instintos asesinos que podían producir daños irreparables.
— Oh, así que te quieres aprovechar de nosotras…
— No te basta con las mujerzuelas de Central que nos anda comparando con ellas…
— Sigue siendo un miserable “Don Juan”, Coronel.
Roy comenzó a sudar frío. Las damas estaban malinterpretando todo lo que tenía en mente.
— ¿Sabe? Creo que en este mismo instante comenzará a llover —murmuró María con una voz sádica.
Los ojos de las mujeres adquirieron un pequeño toque de malicia, y sus manos desaparecieron bajo la cama.
— Er…, no entendí —dijo Mustang, frunciendo el ceño con nerviosismo.
— Oh, no se preocupe, que la tormenta llega en:
— Uno.
— Dos.
Mustang tragó con dificultad.
— ¡¡TRES!!
Una lluvia de zapatos de toda clase comenzó a volar por la habitación, dándole en distintos puntos al cuerpo de Mustang.
¡Ah, ouch, d’oh, uh, aaaaah! Roy cayó al suelo. … Au… ¿¡Qué demonios hace un zapato de tacón en el vestuario de una mujer práctica!?
La tensión no desapareció de la habitación, mientras Mustang temblaba levemente, con la mirada perdida y varias partes de sus ropas marcadas con la suela de algún zapato femenino. En algún lugar de la habitación descansaba un zapato de tacones altos, que había dejado una linda marca en el párpado superior del ojo izquierdo de Mustang.
— Pobrecillo…
Varias mujeres se reunieron alrededor de Edward, que en medio de tantos personajes del sexo opuesto se comenzó a sentir incómodo, un poco temeroso y a la vez tranquilo.
— Ahora comprendo su grito de horror.
— De seguro le dijeron que se tenía que acostar con alguno de esos papanatas.
— No le dijimos nada de eso —defendió Mustang.
— No te preocupes, Edward, que no tendrás que convivir con esos inútiles; dormirás en nuestra habitación para que no te sientas incómodo con los salvajes de los hombres —sentenció Rebecca.
¡Qué edad creen que tengo! ¿Diez años? Pero…bueno, no me costó tanto convencerlas de dormir en su habitación… Creo que le debo una al Coronel… ¡Ouch!
Edward se reprendía mentalmente por dejar que todo fluyese sin tener que interferir, pero por lo menos no se enfrentó a una serie de seguros malos pensamientos y lo mejor de todo es que se había vengado de todos los malos ratos que Mustang le había causado. Y, porque nada es gratis, ya que Mustang tenía heridas y su orgullo había quedado por el piso, le debía un maldito favor.
Pero como dicen, un caballero no tiene memoria. Una risa demoníaca terminó con los pensamientos de Edward.
Por otro lado, las mujeres estaban sacando arrastrando al inconsciente cuerpo de Mustang luego de haberle dado de patadas por comenzar a mirarles las piernas, dejándolo apoyado en la puerta de los hombres para que cuando abriesen la puerta cayera de espaldas y se golpeara la cabeza. Posteriormente, ingresaron nuevamente a la habitación y una de ellas cerró la puerta con suavidad; las miradas se posaron en Edward, el nuevo miembro no oficial de la membrecía femenina.
— Muy bien, Ed —María se sentó en la cama más cercana frente a Edward, imitándola así el resto de las mujeres—, ahora trataremos las condiciones de que te quedes en nuestra habitación.
— ¿Condiciones? —preguntó Edward sin entender.
— Exacto.
— No pensarás que te quedarás así como así, ¿o si?
— Por supuesto que no, es un “intercambio equivalente”, ¿o no?
¿Poseen telepatía? Pensó Edward
— Er…
— Muy bien, ¡comencemos! —exclamó una animada Rebecca.
Maldita fuera la ley de intercambio equivalente.
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Mustang estaba en una soleada playa. El día era cálido con una fresca brisa proveniente del mar y una que otra blanquecina nube cubría el intenso cielo azul. Miles de mujeres jóvenes paseaban por la blanca arena, con sus bikinis ceñidos y sus cabellos sueltos al aire.
El paraíso sí existía, y él lo estaba visitando.
Decidió acercarse a un par de morenas para entablar conversación. Al llamarlas ellas se detuvieron, volteándose con una sonrisa en su rostro y…
— ¡¡AAAAAHH!!
Roy yacía en el piso tosiendo descontroladamente, con la respiración agitada y una sensación incómoda en sus fosas nasales. Tenía el pecho mojado, cubierto por helada agua y su cabello alborotado debido a la impresión. Unas bonitas piernas estaban frente de él, dobladas junto a unos turgentes pechos. Comenzó a levantar la vista —al parecer sólo la marea había subido— y…
— ¿Hawkeye?
— ¿Está bien, señor?
Riza estaba sentada de cuclillas frente a Roy, sosteniendo una jarra en una de sus manos y conservando el equilibrio con la otra. A Roy se le desencajó la quijada al verla en fachas tan…divinas. No era de todos los días verla usar un pantalón corto que casi llegaba a la línea del bikini ni una sudadera ajustada con escote en V.
El estómago de Mustang rugió ferozmente, demostrando que estaba de acuerdo con la idea de comer.
Riza se levantó con cuidado y le ofreció una mano a Roy para que se levantase. Mustang aceptó aun ido, con esa estúpida mirada en su rostro y la saliva juntándosele en la boca.
Un rayo de luz lo devolvió a la realidad.
— ¿Eh? —exclamó colocando un brazo frente a sus ojos—. ¿Qué hora es?
— Son las siete de la tarde.
— ¿Siete? —repitió Roy impresionado.
— Sí. Pregunté a la hora de almuerzo por usted, pero dijeron que estaba ocupado organizando a los demás. Cuando lo fui a buscar me dijeron que estaba tomando el sol y llegué aquí —explicó Hawkeye.
— Pero ¿por qué se demoró tanto en encontrarme?
— Estaba organizando los animales, las frutas, las verduras… cosas que, por cierto, debería estar organizando usted, señor —enfatizó Riza.
Mustang frunció su ceño, desviando la mirada en un acto de niño mimado.
— Muy bien. Tengo hambre.
Roy comenzó a caminar y pronto sintió una extraña sensación en su espalda, algo que hacía temblar su espina dorsal y que tensaba todos sus músculos. Era improbable que hubiera peligro. Mustang volteó, temeroso; la mirada de Riza estaba cargada de maldad, con una mueca que la hacía parecer una niña chitita con un berrinche.
— ¿Qué?
Hawkeye bufó y comenzó a farfullar cosas inconfundibles, pasando tensada al lado de Mustang.
— ¿Qué? —volvió a preguntar Mustang,
— ¡Ah!, ¡Nada! —y Hawkeye desapareció en la casona.
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— ¡Esto está delicioso!
Los hombres comían con ansias la humeante sopa que tenían delante, con las cucharas llenas de más y dejando sucio por todas partes. Las mujeres estaban sirviendo el alimento con cuidado y depositando cada plato delante de los demás.
Acabado de servir el último plato, todas las damas suspiraron y se sentaron, dispuestas a comer. Los hombres se levantaron, haciendo chirriar las sillas y desapareciendo en la habitación de “ellos”.
— ¡Quiero más! ¿Puedo comer más sopa, señoritas?
Edward era el único hombre que continuaba sentado en la larga mesa, estando ubicado al otro lado de la habitación alejado totalmente de las damas.
— Muy bien, Ed —aceptó Sol—. Acércate a nosotras para servirte más.
Edward se acercó con su plato y se lo entregó a Sol, sentándose al lado de alguien a quien no había visto.
— ¿Quién eres? —preguntó Edward, curioso.
Una fría mirada se posó en los ámbares ojos de Edward, produciéndole un escalofrío en su espalda y dejándolo congelado en su puesto. La extraña mujer se levantó, dejando su plato a medio comer y desapareció por la puerta de atrás.
— Bien, Edward, ¡aquí está tu sopa! —exclamó alegre Sol.
— Yo… se me quitó el apetito.
Edward se levantó y subió al segundo piso, dejando a una indignada Sol y a un extrañado grupo de mujeres.
Estando ya Edward en la soledad del ático, comenzó a observar la cantidad de mapas que había en la habitación y el tono plateado que había adquirido la tarde, estando a tan sólo unos minutos para que la noche hiciese presencia.
Aquella noche, Edward no durmió con las mujeres, y su mente divagó por las estrellas.
Capítulo 6. Problemas de convivencia
Día dos, parte uno.
El sol desprendió sus dorados rayos sobre la aun durmiente mañana, tiñendo de un suave dorado las nubes y comenzando a desplazar a la oscuridad en su juego eterno tratando de alcanzarse mutuamente; el pasto comenzó a reflejar el rocío de la mañana, los animales comenzaron a despertar y algunos a trabajar.
Era una hermosa mañana.
— Edward, Edward…
Un insistente llamado sumado a un leve zamarreo mecía al pequeño Elric, durmiendo sobre los tablones del ático destinado a organizar excursiones y donde se guardaba la pólvora y uno que otro explosivo.
— Edward, despierta…
El joven Elric hizo una mueca y se desplazó unos centímetros del sujeto que intentaba despertarlo. Las tablas crujieron levemente ante el movimiento del chico y se escucharon a su vez unos pasos acercándose. El zamarreo volvió a mecerlo con suavidad y Edward decidió abrir los ojos con somnolencia.
— ¡Edward, al fin despiertas! —exclamó el hombre a su lado.
Edward se volteó levemente y observó al sargento Brosh a su lado con una expresión de nerviosismo y vestido informalmente.
— ¿No se ha afeitado?
— ¿Qué? —exclamó un sorprendido Brosh—. Pues, no he tenido el tiempo dado que no querías despertar…
Edward se sentó levemente en las tablas y mirando por una de las ventanas del piso pudo notar que no era tan temprano como pensaba.
— ¿Qué hora es, sargento?
— Son las nueve y treinta, señor —respondió casi al instante Brosh.
— Le he dicho un par de veces que no tiene que tratarme de “señor”, sargento.
— ¿Y entonces por qué usted me trata de sargento?
Era verdad, nunca lo había notado.
— Es pura costumbre y algo de respeto. Es mayor que yo, y por ende le debo respeto —dijo Edward—; además, el rango no tiene importancia para mí, por lo cual no me importa que me trate de Edward —agregó levantándose.
Edward tensó sus músculos al estirar sus brazos hacia el cielo y doblar sus rodillas para preparar sus articulaciones, después de todo les esperaba un largo día.
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Un suave aroma se coló por las fosas nasales de Edward, haciendo gruñir estrepitosamente su estómago y llenando su boca con un viscoso ácido de alta cantidad de PH.
Al otro lado de la cocina, se encontraba una cantidad de mujeres preparando algo de leche; preparaban otro grupo la mesa mientras otras lavaban platos y otras, con el crispar del fuego, freían lo que parecía ser huevos.
— ¿Comida? —preguntó Edward, con saliva recorriéndole la comisura de los labios hasta el mentón. Sus entrañas reclamaron alimento.
— ¿Ed? ¿Eres tú?
Las personas encargadas de preparar la leche se voltearon observando al niño al pie de las escaleras.
— ¡Edward! ¿Qué te ha pasado?
— ¿Por qué no has dormido en nuestra habitación?
— No creo que seamos tan impertinentes como para molestar…
— No, no, claro que no —interrumpió Edward—. Lo que sucede es que subí a… a…
— ¿Dormir? —preguntó Tiare.
— Pues no. Es que…no lo sé muy bien, sólo fui y me quedé observando a la luna y… ahí quedé —explicó Edward.
Briggith se acercó a Edward —y dejó de preparar los deliciosos huevos— y le colocó una mano en su frente. Dennisse se apresuró junto a Briggith.
— ¿Te sientes bien, chico?
— Eso mismo. Dormir sin cubrirse el cuerpo podría acarrearte un resfriado —comentó Dennisse.
— Me siento bien, no me duele nada… ¿Debería así ser? —preguntó con ingenuidad Edward.
— ¡Claro que no! En realidad es espléndido que no te duela nada.
— ¿Quieres desayunar? —preguntó Briggith.
Las entrañas de Edward rugieron desde su vientre con un grave tono, escuchándose hasta la segunda planta.
— ¿Eso responde a su pregunta?
Briggith sonrió y desapareció en la freidora. Las pocas damas que quedaban se acomodaron junto a Edward, sirviéndose leche y algo de café con tostadas para desayunar.
— ¿Debo tomar ESA cosa? —preguntó Edward mirando fulminante a la taza de leche que tenía frente a él.
— Por supuesto que sí. Si quieres ser un hombre grande y fuerte debes.
— -tomarte toda la leche —interrumpió Edward, imitando sarcásticamente el comentario que Dennisse ofrecía—. Gracias por el consejo; lo he escuchado un par de veces, pero prefiero el té, gracias.
Edward cogió su taza y la dejó en un mueble, preparándose en una taza de similares características una infusión de té. Terminada su escena contra la leche se sentó en su anterior puesto y comenzó a juguetear con la infusión.
— Muy bien, Ed; ya que no quieres tomar leche, ¡cúmpleme el deseo de comerte este plato de huevos!
Briggith colocó frente a Edward una porción de tres huevos fritos junto con algo de carne, pan a su lado y unas damas conversando con amenidad.
— Briggith —llamó su atención Dennisse—. El alto consumo de huevo puede causar un daño a su metabolismo y-
— ¡Con mucho gusto te cumplo ese deseo! —dijo Edward comenzando a engullir su desayuno.
Dennisse miró con extrañeza al chico.
— A él no le parece mal.
Edward seguía comiendo feliz su desayuno.
— Sinceramente espero que eso no le haga daño —dijo Dennisse, tomando un sorbo de su leche.
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— ¿Dónde están los demás? —preguntó Edward, llevando su plato al fregadero.
Las demás mujeres pasaban a su lado con expresión algo sombría.
— Haciendo cosas de hombres, supongo.
— Tal vez afuera, como tal vez no.
— En la segunda planta, haciendo quién sabe qué cosas.
— O quizá en su habitación.
Los comentarios de las damas fueron uno seguido de otro, como por arte de telepatía. Edward temió.
— Er… iré a revisar —dijo con cautela Edward.
— Muy bien. No te esfuerces mucho, chico.
Lanzando un largo suspiro de hastío, Edward desapareció en la habitación de las damas en busca de una sudadera de mangas cortas para pasar el resto del caluroso día. Al entrar a la habitación se encontró con menos esperaba: la oficiala de la mirada fría.
La dama guardaba con cuidado algo que parecía ser un pijama de dormir. Al ingresar Edward, ella se volteó al instante y lo miró con furor. Edward se enfadó.
— ¿Y a ti qué es lo que te sucede? —preguntó Edward.
La mujer desvió la mirada y bufó.
— Nada. Sólo creí que era otra persona.
La mujer se aproximó a la entrada y pasó al lado de Edward, ignorándole y siguiendo su camino al exterior de la casona.
Ya harto de todo el rollo que la mujer se pasaba, Edward golpeó una base de la primera cama que encontró. La cama crujió levemente y una de las patas que sostenía el peso de la misma se partió en dos, dejando desnivelada la cama. Unos pasos detrás de sí alertaron a Edward que alguien se acercara.
— ¿Eres tú, Ed?
Tamiko ingresó a la habitación y encontró a Edward detrás de una de las camas.
— ¿Te encuentras bien? —preguntó Tamiko.
— Er, sí… por cierto, ¿cuál es tu nombre? —preguntó Edward.
— Yo soy Tamiko, la hermana mayor de Mitsuki.
— Vaya, ya sabía yo que te confundía con alguien —dijo Edward.
Tamiko soltó una risotada.
— Sí, siempre sucede —sonrió—. Pero no todo es malo, después de todo, a veces ser gemelas es genial.
— Me lo imagino.
La habitación se llenó de un repentino silencio.
— Er… ¿sabes cómo se llama esa tipa? —rompió el silencio Edward.
— ¿Cuál? ¿La que acaba de salir?
— Sí, esa misma —aseveró seguro Edward.
— La verdad es que no. En realidad no me importa —agregó Tamiko, rascándose la nuca—. Es un poco extraña, no me gusta su actitud.
Ya somos dos pensó Edward, suspirando.
— A mí tampoco me ha caído muy bien —dijo Edward.
— Ha de tener sus razones.
— ¿Disculpa?
— He dicho que ella ha de tener sus razones, al igual que tú y yo. Todos somos distintos, es la razón de por qué somos especiales.
— Eso lo sé, pero no te comprendo —dijo algo confuso Edward.
— Hay cosas que se aprenden con la experiencia —sonrió—. No todo se aprende de los libros, Ed, también existe el mundo real.
— Y…
— ¿Si?
— ¿Cómo es que sabes que leo…bastante?
— Lo he escuchado por ahí —sonrió Tamiko.
— Oh, vale.
Haciendo un ademán para marcharse, Tamiko se volteó.
— Recuerda salir luego afuera —mencionó antes de desaparecer.
Edward juntó sus manos y retiró su pie de metal de la base improvisada que había hecho para no llamar la atención —la alquimia hacía algo de ruido— y sonrió.
— Con tantas cosas en la cabeza no sé si pueda “distraerme” un poco.
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— Mhmm… Ahhh…
Una caja de cartón cayó junto a otro montón de éstas mientras un hombre se limpiaba los restos de polvo que habían quedado en sus ropas.
— ¿Terminaste, Havoc?
Jean se volteó al escuchar la voz de su superior, Mustang, y siguió sacudiéndose el polvo.
— Te he hecho una pregunta —reprochó Mustang, algo indignado.
— Es un poco obvio, ¿no?
— No te pago para ser sarcástico, Havoc.
— En realidad usted no me paga, Coronel, lo hace el estado —contradijo Havoc.
— Cállate, nadie te ha preguntado eso.
Havoc alzó los hombros en señal de inocencia y salió de la habitación haciendo crujir la puerta y golpeando levemente a ésta contra su umbral. Mustang siguió tachando en su organizador.
La puerta volvió a rechinar y, al pensar Mustang que se trataba de Havoc, Roy siguió escribiendo su informe.
— ¿No cree que debería tomarse esto más enserio, señor?
Mustang se volteó al notar que no era la voz de Havoc la que le hablaba, sino la de Hawkeye. Le sonrió a ésta y continuó con su escritura.
— ¿A qué se refiere, teniente? Me estoy tomando esto enserio.
— No lo creo así, señor —contradijo Hawkeye.
— ¿Por qué no?
Mustang se volvió indignado; Hawkeye suspiró.
— Se está tomando esto como si de unas vacaciones se tratase, si me permite —dijo Riza seria—. Además, siendo esto una misión de espionaje, ¿no cree que debería ser un poco más serio que los demás?
— ¿Acaso no soy lo suficientemente serio?
— No —aseveró Hawkeye, juntando los ojos en señal de seguridad.
Golpe bajo.
— Pues yo no lo creo así, Teniente —enfatizó Mustang con indignación—. No hay que tomarse todo esto tan a pecho.
Riza se quedó callada unos momentos y un hipido brotó de su garganta; su cabello ocultaba su expresión.
— ¿Riza?
— Esta vez tiene a dos docenas de personas a su disposición, Coronel, no sólo un grupo que lo seguiría sin dudarlo porque sus principios son los correctos.
Roy bajó la mirada.
— Sí, pero-
— Actúe como un líder para hacerse respetar, no como alguien a quién se podría doblegar con facilidad.
— Yo no me doblego de mis principios —dijo Mustang.
— Lo sé, señor, pero recuerde que esta vez veinticuatro vidas dependen de sus decisiones; tome conciencia de sus actos.
Roy comenzó a observar con cuidado sus manos. Era verdad, Riza tenía razón; valerosas vidas, vidas humanas, estaban en sus manos, y como líder debía guiarlos por el camino correcto y controlar todas las acciones. Debían pasar desapercibidos y hasta ese momento posiblemente sería lo que menos sucedía. Mustang sonrió.
— Gracias. Veo que mi mejor oficial aún sigue siendo tan eficiente, como siempre —dijo Mustang con suavidad.
Sigue pensando como un niño chiquito...
Mustang guardó su bolígrafo y pasó al lado de Hawkeye, tocando su hombro levemente y saliendo de la habitación con ideas en mente.
Riza sonrió. Al parecer, su niño chiquito había madurado un poco.
Advertencias del capítulo: quizá haya palabras demasiado rebuscadas, así que si no conocen el significado posiblemente se encuentre abajo, al final del capítulo como nota adjunta.
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Capítulo 7. Formas de vida.
Día dos, parte dos
Roy comenzó a observar a su alrededor, anotando y organizando de tal forma el ganado, tal cual hizo con los víveres.
Habían en total: cinco equinos, tres borregos, cuatro porcinos, quince gallinas y dos bovinos. Todos los animales quedaron ubicados a un lado de la casona, en una especie de granero. Aun así, algo no cuadraba.
— Quizá es idea mía, Mustang, pero creo que algo va mal por aquí y no es por mi culpa.
Roy se volteó y observó a Edward, que avanzaba con tranquilidad y seriedad reflejada en su rostro.
— Veo que tú también eres listo, Acero.
Edward bufó.
— ¿Qué? —preguntó Roy.
— Soy EDWARD —enfatizó Edward—. Se supone que lo sabes, Mustang.
— Y yo soy Roy —dijo algo sarcástico Roy—. Aunque tratándose de ti queda bien el “Mustang”.
Edward se contrajo.
— ¿Me crees tan bajo como para hacerte respetar?
— Oh, vamos. Entre tú y yo hay mucha diferencia como para tratar de respeto —Mustang rió.
Edward comenzó a rechinar sus dientes, apretando fuertemente sus puños de cólera.
— ¿“Respeto” dijiste? Yo te daré respeto —exclamó Edward.
Elric empuñó su puño metálico y comenzó a aproximarse para estamparte un puño en la mejilla del rostro de Roy.
— Hay algo que no cuerda aquí —murmuró Roy.
— ¿Eh?
Mustang quedó meditando unos instantes y Edward le imitó.
— Si lo piensas de manera lógica, el que te den comida, una posición sin superiores con la que puedes hacer cumplir tus deseos, los mejores soldados de Amestris a tu disposición…
Edward comenzó a atar cabos y realizó una idea general en su mente.
— No entiendo —dijo Edward, rascándose la nuca.
— Yo tampoco —coincidió Roy.
— Ja, y eso que eres tú el inteligente aquí.
Roy bufó por lo bajo.
— Mhmm… No vengas a hacer burlas aquí, enano, que a mí me sobran varias —exclamó Mustang.
— De eso ya me he dado cuenta, bastardo —murmuró Edward.
— ¡¿Qué has-
La puerta se abrió de golpe.
— ¡¡CORONEL!! —gritó Fuery.
Mustang se volteó y dejó de lado su enojo, centrándose en la expresión preocupada de Fuery.
— ¿Qué sucede, Sargento?
— Es una yegua.
— ¿Tenemos una yegua? —preguntó Roy, revisando sus anotaciones.
— Es inútil que la busque allí, señor —dijo Fuery—. Está en el bosque y lo más seguro es que no ha comido desde hace días.
Edward se alarmó.
— ¿A qué se refiere? —preguntó Edward—. Se supone que todos los animales están aquí, ¿cierto?
— Esta no —respondió Fuery—. Al parecer lleva fuera desde que llegamos y con Havoc la acabamos de encontrar.
Edward se volteó rápidamente hacia Roy y lo encontró con el entrecejo fruncido. Quizá estaba pensando —al igual que Edward— que era mejor dejar morir al pobre animal.
— ¿La yegua tiene algo de especial? —preguntó Mustang.
— Al parecer está preñada.
Mustang se sorprendió y miró a Edward con una expresión de ingenuidad. Roy centró nuevamente su concentración en el sargento Fuery y le entregó sus anotaciones a Edward; se arremangó las mangas de su camisa.
— Muy bien, Sargento, reúna a los médicos —ordenó Mustang—, aunque no sé para qué servirán si lo que necesitamos es un veterinario, que por cierto no enviaron para estos pobres animales.
Roy se retiró junto al sargento, dejando a Edward con las anotaciones y los animales.
— ¡¡ESPÉRENME!!
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— Soy médico, no un veterinario.
— ¡Oh, vamos! De seguro pueden hacer algo.
— En verdad, Coronel, somos especialistas en las enfermedades HUMANAS, no animales —se negó Briggith.
Mustang hizo una mueca.
— Tal vez, pero de seguro saben algo acerca de… bueno, ya saben —dijo Roy, rascándose la nuca.
— ¿Sobre un parto?
Mustang asintió.
— Bueno… es cierto que sabemos algo sobre el tema —dijo Mitsuki—, pero en este caso no podemos ayudarle, Coronel, el objetivo es un animal.
— Y volvemos al principio —murmuró Fuery.
— Pero—
— Coronel, si me permite, un parto entre una yegua y una mujer es bastante distinto, aun tomando en cuenta que ambos son mamíferos.
— ¿Y en qué tanto difieren? —preguntó Edward.
—En la posición, período, tamaño… deberías saberlo, Ed.
Mustang se cruzó de brazos algo indignado.
— Aun así, es una orden que deben acatar —dijo serio Mustang.
— ¿El ayudar en el nacimiento de un nuevo ser vivo? —preguntó Dennisse.
— Así es.
Las cuatro médicos se miraron entre sí y se encogieron de brazos.
— Muy bien, pero si algo sale mal no es nuestra culpa.
Mitsuki se levantó y siguió a Mustang hacia las entrañas del bosque. Tras de ellos, Edward y los demás avanzaban con algo de preocupación. Al llegar a un pequeño claro, se encontraron a Havoc acariciando las crines de la yegua, que yacía en el piso respirando agitadamente.
— Mhmm… esto será educativo —susurró Dennisse.
Mitsuki y Dennisse se centraron en el vientre de la yegua y comenzaron a escuchar por medio de un estetoscopio los sonidos provenientes del vientre de la yegua. Por otro lado Briggith y Sol discutían sobre un tema algo extraño para los demás y colocaban una sábana blanquecina debajo de las patas traseras de la yegua.
— ¿Tengo que hacerlo? —preguntó Sol, torciendo el gesto.
— Me temo que sí —dijo Briggith—. Iré dentro por algo de agua.
Sol, con su rostro pasmado, se colocó un guante de plástico largo hasta su codo, respiró varias veces y luego se colocó tras la yegua. Mientras Havoc entretenía al animal con caricias, Sol comenzó su exploración manual para enterarse del estado de la criatura. Ciertamente su expresión no era la más esperanzadora.
— Todo en orden por aquí —dijeron Dennisse y Mitsuki al unísono.
— Por aquí igual —dijo casi en un susurro Sol.
— ¿Y por qué esa cara? —preguntó Havoc.
— No es muy grato introducir tu mano por algo a lo que no estás acostumbrado a tratar.
— No hacía falta detalles —se burló Dennisse—. Además, eres la única con un doctorado en Ginecología y la más apta para ese trabajo.
— Pues qué aliento y qué futuro me esperan.
— Em…pues, ¿ayudamos en algo? —preguntó Edward.
Briggith volteó.
— Pues, si quieres, calma a la yegua, que a juzgar por su expresión está algo adolorida…
— ¿Y cómo hago eso?
— Déjate llevar y disfruta acariciando sus crines —sonrió Dennisse—. Coronel, si pudiera… ¿podría ayudarnos?
— ¿En qué? —preguntó Roy.
— Somos inexpertas y estamos improvisando en esto… Si algo sale mal… ¿Nos ayuda con su declaración? —preguntó Sol.
Mustang rió.
— Claro que sí.
El pasto crujía bajo el caminar de dos oficiales.
— Muy bien, aquí está el agua —exclamó Briggith, acompañada de Riza.
— ¿Teniente? ¿Qué hace aquí? —preguntó Roy.
— Intuición femenina —sonrió Riza.
La yegua comenzó a soltar leves graznidos y a inquietarse en el césped. Mitsuki, Dennisse, Sol y Briggith intentaron calmarla, pero a cada momento el animal se desesperaba más y más hasta que se levantó.
— Ha de estar sufriendo contracciones —meditó Sol.
— Puede ser. He oído por ahí que algunos animales nacen de pie —comentó Dennisse.
— ¿Enserio? De todas formas, no creo que sea este el caso.
La yegua soltó un fuerte bramido, preocupando a todas las personas presentes. Edward se acercó a la yegua y tomó su rostro entre sus manos.
— Vamos, yegüita, cálmate si quieres que tu potrillo nazca sano —murmuró Edward.
La yegua se calmó un poco y Edward continuó acariciándole el pelaje de su cara, acariciando las largas crines del animal. La yegua volvió a bramar.
— Edward, creo que es mejor que te alejes —murmuró Havoc.
— ¿Por qué? Está sufriendo y necesita apoyo —contradijo Edward.
— Tienes razón con que está sufriendo —dijo Roy—, pero estás equivocado al decir que ella necesita apoyo.
— ¿Qué bobadas dice, Coronel?
— Es un animal y nació de la misma manera en que nacerá su hijo… Además, ¿no tienes que pagar un precio para obtener algo a cambio? Creí que lo sabías, Edward.
— ¿Intercambio equivalente?
Mustang asintió.
— ¡Pero no se puede pagar una vida por otra! —gritó Edward.
— A la larga sí, pero es porque nuestro cuerpo ya no puede continuar existiendo —aclaró Mitsuki.
— Lo que el Coronel quiere decir es que el dolor va a ser pasajero, y ya verás cómo después de dar a luz la yegua se tranquilizará —dijo Sol.
— ¿Y tú cómo sabes eso? —preguntó Edward.
— Es porque soy mujer, Ed, y sí, soy madre —aclaró Sol ante la expresión de sorpresa de Edward—. Te aseguro que el parto es doloroso, pero todo vale la pena para posteriormente vivir feliz.
El ambiente se llenó de un repentino silencio, roto por los leves bramidos del animal.
— No entiendo —murmuró Edward.
— ¿Qué no entiendes? He sido bastante clara —dijo Sol.
— ¿Por qué no te quedaste con tu familia?
Todos se sorprendieron y Sol rió.
— Porque estoy aquí para crearles un futuro mejor en el cual puedan sonreír sin preocupaciones.
Edward sonrió.
— Ahora, nada más queda esperar —murmuró Roy.
La yegua pronto cayó al piso debido al dolor y de un momento a otro comenzaron a emerger las patas del potrillo. Con cuidado, las mujeres comenzaron a acariciar a la alterada yegua para calmarla un poco, y Mitsuki comenzó a masajear el vientre de la yegua en un intento de hacer su tarea más placentera.
Cuando el potrillo se encontró fuera de su madre, Edward se sintió extrañamente cautivado y maravillado por presenciar el nacimiento de una nueva vida. Observó a las mujeres enjuagar la sangre del cuerpo del potrillo y ayudó un poco a secarlo después para posteriormente dejarlo levantarse y que fuera a beber leche de su madre.
El crepúsculo del atardecer se hizo presente.
— Tarea terminada y realizada a la perfección —dijo Mitsuki y las demás mujeres chocaron sus manos en señal de triunfo.
— En realidad se han esforzado bastante y han hecho un gran trabajo a pesar de no saber nada del tema —murmuró Roy.
— En realidad yo aprendí que el parto es bastante similar al del ser humano —dijo Dennisse.
Edward sonrió, observando su brazo izquierdo, testigo importante de lo que había vivido aquella tarde.
— Descubrí que el pelaje de un recién nacido es suave y terso, y que además nace con una temperatura alta y que es a la vez agradable.
Roy y Riza sonrieron.
— Bueno, ¿qué les parece si vamos a cenar? —preguntó Fuery.
— Suena excelente.
— Pero que los hombres cocinen —sentenció Mitsuki.
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— Recuérdame nunca más sugerir que los hombres cocinen —dijo Mitsuki.
Las damas se encontraban fregando un material viscoso que tenían los platos, secando la loza y guardando los utensilios. Los hombres, por otro lado, se habían retirado a sus “aposentos” a hacer quién sabe qué cosas de hombres. El único que estaba con las damas era Edward.
— En verdad no entiendo, chico, cómo es que eres tan distinto a esa masa de brutos —comentó Sol.
Edward rió.
— Mira nada más, si eres todo un ángel —dijo Briggith.
Edward se sonrojó al escuchar el comentario y siguió guardando los platos con cuidado y en silencio.
— Pero los ángeles no han visitado el infierno… —murmuró Edward.
— ¿Disculpa? ¿Dijiste algo? —preguntó María.
— ¿Eh? Oh, yo…este… si los ángeles se van al cielo.
María asintió y siguió con su labor.
Terminada la ronda de limpieza y organización de los utensilios, las damas se retiraron a su habitación, quedando solamente Riza y Edward.
— Deberías irte a dormir, Ed.
Edward se volteó y observó a Riza guardando lo que parecía ser ropa.
— ¿Y qué hay de usted? —preguntó Edward.
— Tengo algo pendiente —sonrió Riza—. Iré a dormir luego, tú sólo vete a dormir que hoy viviste bastantes emociones.
Edward sonrió.
— Gracias.
Edward echó a andar hacia la habitación e ingresó a ésta, encontrándola en total oscuridad y con las camas llenas de bultos. Sonrió ante la idea de tener que compartir habitación con once damas.
Edward se recostó en la cama que reconoció como suya y observó la suave luz de la Luna que se colaba por la ventana. Notó que había tres camas desocupadas en vez de dos, pero afectado por el sueño tras haber tenido un día lleno de emociones, le restó importancia y se quedó dormido recordando el suave pelaje del pequeño potrillo.
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* Equino: perteneciente a los caballos.
** Borrego: perteneciente al cordero de temprana edad.
*** Porcino: perteneciente al puerco/cerdo.
**** Bovino: perteneciente al vacuno/vaca.
***** Estetoscopio: Aparato destinado a amplificar los sonidos del pecho y otras partes del cuerpo con la menor deformación posible.
Obstetricia: Ciencia que estudia el período de gestación, parto y puerperio.
Advertencias del capítulo: Posiblemente haya spoilers del episodio 25 del anime de Fullmetal Alchemist, donde Hughes despide a los hermanos Elric.
Capítulo 8. Identificación.
Estación Ferroviaria de Ciudad Central, 11:38 pm.
— Señor Hughes, en verdad, muchas gracias.
— Ha sido un placer, Alphonse.
Maes Hughes y Alphonse Elric se encontraban en la Estación Férrea de Ciudad Central. A sus espaldas, el último tren que partiría en cuestión de minutos echaba a calentar sus motores y preparaba sus rieles.
— ¿Estás seguro que te marchas, chico? Sabes perfectamente que te puedes quedar en mi casa el tiempo que desees —dijo Hughes.
— Lo sé muy bien, señor Hughes, pero hace bastante tiempo que no veo a la abuela y sin mi hermano cerca puedo hacer muchas cosas —dijo con calma Alphonse—. Lo que me encantaría pedirle es que a cualquier noticia me informe, sobretodo si llega alguna carta de parte de mi hermano —agregó con emoción.
Hughes sonrió ampliamente.
— Por supuesto que sí, muchacho, sólo preocúpate de descansar.
Alphonse soltó una risa.
— En mi estado no necesito descansar, pero lo tendré en cuenta… aprovecharé cada momento en Rizenbul, sobretodo si es para comprender —expresó Alphonse.
— Tienes planeado algo más, ¿verdad? —preguntó Hughes, sorprendiendo a Alphonse— ¿Pensaste que no lo notaría? ¡Por favor!
— Pues… me hubiese gustado ir a visitar a mi maestro, pero sin mi hermano me da algo de miedo —confesó Alphonse.
El tren, ubicado en los rieles, soltó un silbido estruendoso, y el cortador de boletos salió de los vagones a realizar el último llamado antes de partir.
— Si quieres partir ahora deberás subir, sino tendrás que esperar hasta mañana.
— ¡Oh, claro! —exclamó Alphonse—. Muchas gracias nuevamente, señor Hughes. Nos veremos otro día.
— ¡Claro, Alphonse! —exclamó feliz Hughes—. A ver si no me voy antes a un hospital, que con esta noche del demonio…
Maes observó a la armadura correr y subirse a un vagón. Al encontrar un asiento abrió la ventana y comenzó a agitar uno de sus brazos en señal de despedida.
— ¡Adiós, señor Hughes! ¡Dele mis saludos a la señora Gracia! —gritó Alphonse mientras el tren comenzaba a andar.
— ¡Así lo haré!
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El tren se encontraba cruzando un pequeño puente. Era de noche. Se veía tras las montañas la temerosa y brillante Luna en su cuarto menguante.
Alphonse escuchaba a su alrededor los suspiros, ronquidos y respiraciones tranquilas de los demás pasajeros. Se preguntaba si su hermano también estaría soñando, y pensando en él.
Desde un principio le pareció extraña y tonta la decisión de su hermano, mas sobretodo si tenían que estar separados. Su hermano no acostumbraba a actuar tan impulsivamente, pero realmente debió estar sumamente emocionado con la idea de descubrir algo acerca de la piedra Filosofal como para no dudar en aceptar la propuesta.
Alphonse alzó la vista y observó un pequeño foco sobre su asiento. Su mano rozó un botón ubicado al lado de éste y se encendió una pequeña luz que iluminaba su asiento. Sorprendido, Alphonse abrió una pequeña maleta que iba a su lado y sacó un grueso libro —acompañado por varios más— y lo abrió. Tomó una hoja de muchas más que tenía y un lápiz. Así, para pasar la larga y oscura noche, comenzó a leer en silencio.
Durante toda la noche Alphonse no hizo cosa alguna más que leer y comprender, y no fue hasta que los primeros rayos del sol se reflejaron de su armadura en su libro que notó lo rápido que había pasado la noche.
Alphonse notó a sus espaldas, las demás personas comenzaron a despertar, bostezando y estirando sus cuerpos. Aquellas escenas le parecieron familiares, y un sentimiento de amargura cruzó su sello. Las acciones de esas personas le recordaban mucho a su hermano.
Al llegar a una estación de trenes, se subió una mujer robusta que ya había visto en anteriores ocasiones.
— Señor, ¿desea comprar algo?
Alphonse se giró y encontró a la mujer de los víveres preguntándole acerca de los alimentos que llevaba en su carro.
— No, gracias, mi hermano no me acompaña.
La mujer hizo una pequeña venia y siguió su camino.
— Que tenga un buen viaje —murmuró la mujer y ofreció comida a otras personas.
Yo también así lo espero.
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Realmente el viaje fue más largo de lo que Alphonse pudo esperar. Además, sin su hermano todo parecía eterno y los libros no captaban por completo su atención.
A pesar de haber tratado de traducir los libros, no se hablaba más acerca de incoherencias que tenían que ver con la ética humana. Relataban hechos acerca de lo que fue la vida de hacía más de trescientos cincuenta años y sobre una extraña ley de intercambio, que contradecía casi por completo.
Así, sumido en la lectura de su tercer libro, la noche llegó hasta el tren y Alphonse decidió no prestar más atención a palabras carentes de sentido como las que había en ese libro. Entonces, en la lejanía, creyó ver a una persona cruzando un denso y frondoso bosque, pero intuyó que sólo era la ilusión procedente de la velocidad.
— Durante la noche se observan cosas que no van al caso, ¿no es así?
Alphonse se giró y observó a un viejo hombre que llevaba recostado sobre su regazo la cabeza de una pequeña niña, quizá no mayor a ocho años; llevaba puesto en su cabeza un sombrero negro y vestía formal, dejándose formar barba y bigote en su rostro.
— Así es —asintió Alphonse—. Justamente ahora pensé haber visto a una persona en el bosque, pero no fue sino otra cosa que una ilusión.
— Mhmm, puede ser, como a la vez no ser, todo depende de la persona y la forma en que ve el mundo.
Alphonse guardó silencio y continuó observando el paisaje en silencio, con la Luna reflejándose en su armadura. A los pocos minutos, comenzó a escuchar un sonoro ronquido proveniente del lugar donde el anciano lo saludó.
Pronto, el tren arribó en uno de los lugares más próximos a su destino siendo ya la medianoche. Allí se bajaron los conductores del tren junto a los encargados de la caldera, quizá a comprar algo para comer durante la noche, o simplemente para distraerse.
Cuando Alphonse creyó que no sucedería nada más, las puertas del vagón en el que viajaba se abrieron levemente y dejaron entrar a una figura pequeña, cubierta por una capa y ocultándole el rostro. Avanzó por el pasillo con lentitud y al llegar al lado de Alphonse y notar al chico que le estaba observando se sorprendió.
— Eh, chico, ¿está ocupado? —susurró la persona
Alphonse comenzó a observar con más detención la figura, y por el tono algo meloso de la voz pudo saber que era una chica, quizá no mayor a los treinta años.
— No, puede ocuparlo si gusta —respondió con amabilidad Alphonse.
Alphonse divisó bajo la capa de la figura una leve sonrisa y con un asentimiento de cabeza la figura se sentó en el asiento y se envolvió en posición fetal. A los pocos minutos, el cortador de boletos se subió y comenzó a registrar los vagones.
Alphonse se levantó e instaló al lado del bulto y apoyó levemente su cabeza en éste. Al pasar al lado de éste, el cobrador de boletos siguió su camino murmurando frases ininteligibles acerca del fanatismo y las obsesiones de la gente. Entonces, Alphonse volvió a su lugar.
El bulto alzó su capa y sonrió. Ya podía mostrarse con libertad y se quitó la capa por completo, mostrando a una mujer joven de risos negros, ojos castaños que brillaban a la luz de la luna y anteojos ligeros. Llevaba puesto un jubón castaño oscuro con cuello alto, unos pantalones azules y botas negras.
— Muchas gracias, de verdad —la chica se inclinó levemente, dejando caer su cascada de risos.
— ¿Eres militar? —preguntó Alphonse.
La chica se sorprendió de sobremanera y se levantó y giró en derredor para comprobar que nadie escuchó. Cuando hubo realizada su tarea, se acercó a Alphonse y se inclinó levemente sobre éste.
— Escucha, si sabes lo que te conviene te quedarás callado —murmuró en la cabeza de Alphonse.
— Entonces eres una militar, ¿verdad?
La chica asintió con una mueca en sus labios.
— Así es, pero no debería estar aquí —susurró la chica, rascándose la nuca.
Alphonse observó cómo la mujer se sentaba en el asiento frente a él y colocaba sus manos en el rostro.
— ¡Discúlpame! No fue mi intención el hacerte llorar —exclamó Alphonse.
— ¿Eh? —la chica alzó la mirada y escuchó el tono de preocupación de Alphonse—. Hey, chico, cálmate, que no me ha pasado nada, sólo estoy cansada.
Alphonse observó a la chica delante de él sonreír sinceramente; se calmó y sentó con tranquilidad.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella.
— Soy… Alphonse Elric.
— Alphonse Elric, ¿eh? —Alphonse asintió—. Hermano de Edward Elric, el alquimista de Acero, que a su vez es subordinado de Roy Mustang, el alquimista de la Flama.
Alphonse se quedó en silencio por unos minutos.
— El silencio concede —la chica estiró su mano—. Un gusto, Alphonse Elric, yo soy Nicolle Riveros, teniente segunda Nicolle Riveros.
— Yo… un gusto, teniente —murmuró Alphonse, estrechando la mano.
— No seas tan formal, Alphonse, puedes tutearme.
— Yo… Muy bien, te-Nicolle —dijo Alphonse.
La mujer sonrió.
— Disculpa mi incumbencia, pero ¿qué hace un militar por estos lados? —preguntó Alphonse.
— Pues —Nicolle hizo una pequeña pausa y luego sonrió—, se me encargó una misión junto a otros soldados, pero nació la posibilidad de volver con mi familia y no dudé dos veces en aceptar.
— ¿Tienes algo que te ate a ella?
— Bueno, aparte de mi novio y mi hermano menor no —Nicolle sonrió—. ¿Y tú? No se ve muy usualmente a un tipo con armadura rondando por estos lados.
Alphonse se sorprendió repentinamente y bajó un poco la mirada.
— Estoy dando un paseo, debido a que mi hermano no está conmigo y puedo hacer lo que quiera —respondió Alphonse.
— ¡Vaya! Un chico con arma liberal —Nicolle amplió su sonrisa—. Me gusta tu actitud, me has caído bien, por lo que tendré que pedirte que guardes el secreto de que me has conocido en este tren y además saben me están suplantando.
El tono mordaz utilizado por Nicolle atemorizó un poco a Alphonse.
— Prometo que de aquí no saldrá nada —aseveró Alphonse—. Sin embargo, quiero que me digas la razón de porqué no aceptaste la misión que pudo haberte dado una buena bonificación para tu familia a cambio de mi silencio y mi complicidad en este viaje.
Nicolle sonrió y soltó una carcajada.
— Nada mal para ser un niño, Alphonse Elric.
Capítulo 9. ¿Odio?
Día tres, parte uno.
— ¿Dices que tenemos que hacer turnos? —preguntó Edward.
La mañana había sido tranquila, con una ronda de desayunos para los hombres, que salieron a cumplir una misión de Mustang. Roy, por su parte, se quedó a desayunar con las damas —aunque cortesía no era. Edward le imitó.
— Así es. Tendremos que hacer tunos.
— ¿Por qué? —preguntó Rebecca.
— Porque yo lo digo —Mustang tomó un sorbo de su café.
— No me refería a eso.
— Es porque estuve charlando con la almohada y llegué a la conclusión que este lugar no está protegido ante posibles ataques —dijo Roy—. Hemos armado algo de jaleo por acá y tendremos que tener cuidado —agregó.
— Por cierto —dijo Edward, llamando la atención de los demás—, ¿dónde está la teniente Hawkeye?
— Está durmiendo —aclaró Sol.
— ¿Eh?
— Ella fue la que dio la idea de los turnos nocturnos, y junto a Havoc hicieron la primera ronda anoche —aclaró Mustang—. En estos momentos deben estar descansando.
— Mhmm… Me hubiera dicho, los hubiese acompañado —murmuró Edward.
— No digas estupideces, Ed —regañó Sol—. Eres un niño en pleno crecimiento y debes descansar.
— No soy un niño —bufó Edward.
— Las personas que hacen berrinches es porque aun no maduran, y mírate nada más —sonrió Dennisse.
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Riza se colocó con cuidado un jubón blanco, se amarró el cabello y salió a comer algo a la cocina. El ambiente era grato para ser mediodía. Se sorprendió de ver a Mustang leyendo unas notas.
— Pensé que estaría trabajando con los demás —Riza cerró la puerta.
Roy se sobresaltó de escuchar la voz de la mujer y distrajo su concentración hacia la teniente, que caminaba con un jubón y pantalones verdes. Le quedaban bien, sobretodo el jubón…
Es tu teniente, Mustang, se reclamó mentalmente.
— Sólo estaba leyendo las notas que me entregó ayer —Mustang devolvió su mirada al libro.
Riza tomó algo de pan y se sirvió leche —el café estaba frío y tenía hambre. Se sentó frente a Mustang y tomó algunas notas.
— Mencionas que el lugar tenía ciertos aspectos a tratar —dijo Roy.
— Así es —afirmó Riza—. Como le mencioné por ahí, se ve que el sitio es bastante antiguo; las cañerías están algo gastadas y la madera del establo algo mohosa. No es común en un lugar que es destinado como centro investigativo que esté en estas condiciones —agregó antes de comenzar a morder su comida.
— Señalas, además, que los animales se ven en perfecto estado, con algo de temor al contacto, pero en buen estado —dijo Roy, mirando otro papel.
— Y por lo que pude observar anoche, este lugar está “escondido” por árboles, y así como es nuestra fortaleza, nos podría significar una complicación al momento de necesitar huir o algo por el estilo —dijo Riza, escuchando ruidos fuera del lugar—. ¿Qué hacen los demás?
— Noté lo que dijiste sobre los árboles, por lo que les encargué a los hombres cortar algunos y almacenarlos cerca del establo; las damas están ayudando viendo el estado de los animales y ordeñando las vacas —dijo Mustang.
— Ya veo —Riza tomó su último sorbo de leche—. Divisé unos materiales que normalmente no son útiles en una comida normal, y sin embargo, sirven para la preparación de postres. ¿Le interesa que preparemos algo?
Mustang quedó meditabundo algunos momentos, y cuando Riza iba a repetir su pregunta creyendo que el hombre la había ignorado, Roy habló:
— Aun no —dijo con tranquilidad Roy—. Debo admitir que suena interesante comer algo dulce por estos días, pero por el momento es recomendable guardarlos.
— Entiendo.
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— Havoc, levántate.
Era una linda playa con mujeres en bikini… pensó Havoc mientras lo zamarreaban.
— Que estoy despierto, hombre —reclamó Havoc, escondiendo su rostro en la almohada.
— ¡Soy una mujer, imbécil! —exclamó indignada Riza— y ya es hora de levantarse, dormiste toda la mañana.
— Cinco minutos más, por favor, mami —pidió Havoc.
Riza se irritó y, tomando rápidamente las mantas en sus manos, las echó hacia atrás y comenzó a empujar el colchón en el que Havoc dormía.
Se escuchó un golpe.
— ¡Demonios, Riza! ¿No podías ser más delicada? —reclamó Havoc.
— ¡Soy tu superior! Y no, tienes que levantarte —demandó Riza.
— Pero no quiero —reclamó Havoc.
— Pero es que debes.
— Pero no debo —disuadió Havoc, ocultándose tras su almohada.
— Pero es que sí quieres —contradijo Riza.
— ¡No quiero! —gritó Havoc.
— ¡Sí, quieres! —exclamó Riza.
— ¡No quiero!
— ¡Sí, quieres!
Havoc, mientras Riza gritaba, se colocó de pie y ahora la cama los separaba a ambos de sí mismos.
— ¡No, no, no! —se negó Havoc.
— ¡Sí! —gritó Riza.
— ¡No!
— ¡¡No!!
— ¡¡Sí!!
— ¡Ve a darte un baño, entonces! —ordenó Riza a Havoc.
Havoc guardó silencio y meditó momentáneamente sus palabras.
— ¿Qué has dicho? —Riza tomó una lámpara cercana y se la lanzó a Havoc—. Anda, repítelo si es que eres tan hombrecito.
Havoc tragó con dificultad mientras los trozos de vidrio a su lado brillaban en el contacto con el sol. Era mejor no discutir con Riza, ya que podría salir lastimado.
— Muy bien, señora, estoy listo en…
— ¡Diez minutos a partir de ahora!
Havoc hizo el saludo militar y se retiró de la habitación masculina, dejando a Riza allí, en la soledad del espacio.
Con infinita paciencia y calma, Riza comenzó a doblar las cobijas de la cama de Havoc; estiró las sábanas y colocó encima el cojín de éste para luego observar el resto de la habitación. Hizo una pequeña mueca al ver el ambiente: las camas estaban deshechas o simplemente terminadas a medias y la ropa estaba lanzada por todas partes.
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Edward se sobresaltó de sobremanera al escuchar el tronco de un árbol caer tras de sí. Se produjo tal estruendo que se quedó petrificado en su lugar.
— ¡Lo sentimos! —exclamó Josué en la lejanía.
— ¡Pues tengan más cuidado! —gritó Edward.
Edward siguió su camino y observó curioso a dos hombres parados al lado de un árbol. De pronto, ambos tomaron un extremo del árbol y lo colocaron sobre sus hombros. Realmente le sorprendió aquello, hasta el punto de abrir su boca de la impresión. Siguió el recorrido de los hombres con la vista y vio que le daban una palmada en la espalda a la mujer que se había comportado todo ese tiempo hostil con él.
— ¿Qué haces, Ed?
Edward se volteó al escuchar la voz.
— Teniente, no esperaba verla por aquí —dijo Edward—. O por lo menos no tan pronto.
Riza sonrió.
— Mi sentido de responsabilidad puede más conmigo —Riza hizo un ademán de restarle importancia—. Por lo demás, vine a ayudar a los otros.
Riza se cruzó de brazos y Edward se fijó en que no llevaba puesto su uniforme militar y, como recuerdo caído del cielo, sus neuronas reaccionaron entre ellas y un recuerdo de un día no muy lejano vino a su mente.
— Teniente —llamó Edward, haciendo que Riza se volteara—, ¿usted sabe el nombre de esa ti-persona?
Riza desvió su mirada con impresión, observando el lugar hacia el que Edward le indicaba. Allí estaba una mujer transportando pequeñas ramas hacia donde estaban almacenando los maderos, y el color castaño de la cabellera de ella le recordaron a Riza su identidad.
— Es la teniente segunda Nicolle Riveros, de Ciudad del Oeste —dijo Riza.
— Muchas gracias, teniente.
Edward se volteó haciendo una venia, listo para dirigirse a atar unos cuantos cabos sueltos.
— ¡Espera, Ed! —Riza le llamó; Edward se volteó—. El coronel desea hablar contigo.
Edward se sorprendió.
— Er, muy bien, dígale que ya voy, primero quiero resolver algo —Edward sonrió con falsedad.
Riza, con una mueca de preocupación, asintió y se retiró. Edward se quedó observándola por unos instantes marcharse, con una expresión incomprensible en su rostro. Cuando Rebecca interceptó a Riza, Edward continuó con su camino, mostrando la decisión que siempre lo caracterizaba en su rostro.
Edward saltó álamos, se tropezó con troncos de roble y se rasguñó las piernas con ramas de canelo, pero siguió avanzando hasta alcanzar a la oficial que le había tenido atemorizado y confuso ese par de días en aquella casona.
— ¡Nicolle Riveros! —gritó Edward.
Edward observó los hombres de la mujer alzarse en señal de impresión, y los ojos fríos de ella se posaron sobre las orbes doradas de Edward.
— ¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Nicolle en tono frío.
Edward tragó saliva, y junto con ella su temor.
— Antes que nada, respóndeme, ¿por qué eres tan hostil conmigo?
El ambiente se llenó de un silencio incómodo.
— ¿Realmente te importa, niño? —preguntó Nicolle con sarcasmo.
— Por supuesto que sí —aseveró Edward, más seguro de sí mismo—. Eres la primera persona con quien tengo problemas de este tipo, así que anda, di lo que te pasa.
Nicolle alzó una ceja y sonrió con sorna, desconcertando a Edward.
— Es el simple hecho de que tú existas y que estés aquí charlando conmigo.
Edward mostró un rostro cubierto por el espasmo ante la declaración, sin notar el leve tono de dolor de Nicolle. Cuando ella retomó su camino, Edward la tomó del brazo.
— Mira, niño, tengo bastante trabajo que realizar, así que si me disculpas, te dejo.
Nicolle retomó su camino, dejando a Edward con sus dudas y una extraña sensación en su pecho de tristeza ante el rechazo de la mujer.
Capítulo 10. Descuido.
Tras un pequeño incidente durante la mañana entre el teniente Havoc y la Teniente Hawkeye donde esta última gastó las municiones de dos de sus armas, llegó la hora de la merienda. Se disfrutó de algo ligero, con una variedad de ensaladas y muchas conversaciones que no iban al caso. Tras una serie de inconvenientes acerca de la pestilencia y llegando a la conclusión de que eran los varones a los que les hacía falta un baño, éstos fueron a dárselo.
— Has estado largo rato observándole —dijo Riza.
Edward se volteó y vio a Riza sentarse a su lado, mientras el sol era cubierto por las ramas de un árbol. Llevaba en sus manos dos vasos con jugo, cítrico al parecer.
— ¿Observando a quién? —preguntó Edward.
Riza le entregó un vaso, que aceptó gustoso, y se acomodó en la hierba.
— Al potrillo —Riza apuntó al animal.
— ¡Oh!
En efecto, el pequeño animal corría por el prado del improvisado corral que habían hecho algunos hombres. A pesar de tener nada más que un día de vida, se notaba más fuerte y confiado que el día anterior.
— Me preguntaba miles de cosas, así que quise venir aquí a distraerme un rato —dijo Edward, tomando un poco de jugo.
Riza estuvo callada unos momentos.
— ¿Puedo saber la razón por la cual preguntaste el nombre de esa teniente en especial?
Edward se sobresaltó ante el cambio de tema y desvió su mirada.
— Mera curiosidad, no sabía su nombre.
— ¿Y la razón por la que el coronel te llamó?
— Mhmm —Edward bufó—. No importa, está loco y cree que todo se puede realizar con alquimia.
— ¿Y qué te ha pedido? Porque durante el almuerzo no le vi —preguntó Riza.
— ¡Yo no quería hacerlo, lo juro! —gritó Edward repentinamente.
Riza se preocupó ante el repentino sonrojo y cambio de actitud de Edward.
— ¿Qué te ha hecho hacer ese idiota?
Edward guardó silencio y el vaso en sus manos comenzó a temblar ante la presión que el chico le ejercía.
— É-él-él me ha he-he-hecho sa-sa-sacar…
— ¿Sacar qué? Me estás preocupando, ¡Ed! —exclamó Riza.
Edward tragó su miedo y sin pensarlo habló.
— ¡Él me hizo sacar vuestras ropas y llevárselas!
De pronto, no se escuchó nada más que el relinchar del caballito.
— ¿Nuestras ropas? Te refieres a las ropas de las mujeres, ¿verdad, Ed?
El chico, con mucho temor, asintió y el vaso que estaba en las manos de Riza crujió levemente, hasta que se quebró. Con lentitud y sin expresión aparente en su rostro, Riza se levantó y comenzó a caminar hacia la casona.
— ¡Teniente, espere! ¡¡Está sangrando!!
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Mustang se apoyó en la muralla y se dejó caer hasta sentarse en el piso. Aquél arduo trabajo no era cosa de todos los días y se había perdido el almuerzo por hacer aquello. Sus tripas rugían, pero por lo menos ver que algo que no había pensado en asignarle a alguien estaba realizado.
Roy se sobresaltó al escuchar la puerta dar un fuerte estruendo contra la muralla. Se calmó al ver que era Riza, mas se preocupó al ver su mano sangrando y la expresión de frialdad en su rostro, que dadas las circunstancias no debería tener.
Roy ignoró que la puerta quedó abierta —con veinte ojos observándoles— y se levantó lo más rápido que pudo.
— ¡Riza! ¿Qué te suc—
La mano de Riza dio de lleno en el rostro de Roy, lanzándolo al piso y dejando un pequeño hilo de sangre corriendo por su rostro. Roy se tocó su mejilla y notó la sangre.
— ¡Teniente!, ¿a qué vino este atentado contra mi persona? —Mustang se levantó.
Havoc contuvo una risa ante la indignación de Mustang.
— ¿Cómo puede ser tan egoísta para mandar a un niño a recoger las ropas de las damas? —gritó Hawkeye.
El silencio reinó en la habitación mientras un par de quijadas femeninas se salieron de sus casillas, mientras Mustang se sobresaltaba.
Ese niño ha hablado más de la cuenta.
— ¡Ay!
Hawkeye se volteó y observó a una personita pasando en medio de todos, llevando consigo una pequeña caja y tirando del brazo de una mujer.
— ¡Teniente!, por favor deje que Mitsuki le cure la mano, o podría causarle una pérdida grave de sangre —dijo Edward, preocupado.
Antes de que Riza pudiera protestar, Mitsuki tomó su mano entre sus dedos, mientras el rostro de Riza se contraía en una mueca de dolor.
— Hmm… es más grave de lo que pensé —Mitsuki miró a Mustang y abrió la caja que traía Edward—. Escucha, chico, tendrás que ayudarme en esto, porque con la teniente me tardaré un poco y lo de Mustang es rápido… o mejor ve a llamar a Dennisse.
Mitsuki dejó la caja en el piso y se arrodilló, obligando a Hawkeye a hacer lo mismo. Por la puerta ingresó Edward con Dennisse, preocupándose ésta por la mejilla herida de Mustang.
— Mitsuki, no te preocupes por memeces; esa herida sanará pronto —dijo Riza.
Mitsuki ignoró a Riza y comenzó a sacar con cuidado utensilios de la pequeña caja. Sacó una pequeña banda y la amarró en la muñeca de Riza, apretándola con cuidado para crear presión. La sangre comenzó a salir más de la herida.
— ¿Estás segura que eso es lo correcto? —preguntó Edward.
— Sí. Mencionaste que Riza había roto un vaso con su mano, así que no podemos correr el riesgo de que queden pequeños trozos de vidrio dentro que puedan causar una infección en la herida —Mitsuki sacó una pequeña pinza y se colocó unos lentes.
— Aún así no comprendo para qué es esa banda.
— Escucha, la banda es para impedir que la sangre siga su flujo normal y evitar que trozos pequeños sean llevados a alguna parte de su cuerpo —Mitsuki untó un algodón en alcohol y lo pasó por la herida de Hawkeye.
— ¡Agh! De verdad, Mitsuki, esto sanará rápido —exclamó Riza, tratando de quitar su mano de la curación.
Mitsuki, con una fría mirada, tomó el antebrazo de Riza y lo haló con fuerza.
— No hagas que me enfade, mujer —dijo Mitsuki—. Además, es mi deber como doctora curar las heridas de los lesionados.
Riza, con una mueca de dolor, se quedó arrodillada mientras Mitsuki retiraba con una pinza quirúrgica y mucho cuidado restos de vidrio de la herida de Riza. Una vez hecho esto, se quitó los anteojos y con un algodón untado en alcohol comenzó a limpiar la sangre que se comenzaba a secar, además de la que emanaba de la herida. Posteriormente, colocó una pequeña gasa sobre la herida y la cubrió con unas vendas
— ¿Ya terminaste? —preguntó Riza con un hilo de voz.
La teniente siempre ha sido fuerte… quizá realmente esta curación debe doler mucho.
Mitsuki le sonrió a Riza y quitó la banda de su muñeca.
— Sí, así es, ya he acabado —cerró la pequeña caja y la colocó en las manos de Edward—. Ve a guardarla, chico —miró a Riza y la ayudó a levantarse.
— ¿Está bien, teniente? —preguntó Mustang.
Riza miró al coronel, algo extrañada y observó las vendas en su mano.
— Sí, yo… siento todo esto, coronel, no fue mi intención debido a que… —Riza apuntó la ropa que colgaba de un par de hilos—. No había notado eso.
Mustang dirigió su mirada hacia donde apuntaba su teniente, y comprendió lo que había sucedido.
— No se preocupe, es obvio que por la fama que tengo usted haya malinterpretado la situación —dijo Mustang con algo de hastío, colocando una mano en su nuca—. Creo debería acostumbrarme a este tipo de situaciones.
Mustang comenzó a caminar hacia la puerta, pero Riza lo detuvo.
— Coronel, espe--¡auch! —exclamó Riza.
Roy se volteó al sentir la mano de su teniente sobre su antebrazo, y su preocupación aumentó al escucharla quejarse.
— ¡Oh!, olvidé mencionarlo —exclamó Mitsuki—. No debes hacer presión a tu mano, levantar cosas pesadas ni tomar las armas con tu mano, podrías causarte una hemorragia.
— ¿¡Qué!? —exclamó Riza, indignada—. ¿Crees que me quedaré como inútil sin hacer nada? Yo no puedo hacer eso.
Mitsuki tomó la mano de Riza, haciendo que ésta hiciera una mueca de dolor, y la colocó frente al su rostro. Hawkeye vislumbró un pequeño punto rojo en las vendas y un tono rosado alrededor de éste.
— ¿Crees que es normal que recién curada la herida sangre tanto considerando que coloqué gasa para evitar el derrame? —preguntó Mitsuki, con algo de frialdad—. Tendrás que cuidarte. En la noche te haré un cambio de vendajes —agregó.
Riza observó su herida un tanto desconcertada y luego observó a Mitsuki desaparecer por la puerta.
— Riza, será mejor que le hagas caso —dijo Roy—. Y, por favor, no andes haciendo estupideces como romper vidrio con tu mano. Pudiste haberte dañado gravemente —agregó con tono preocupado.
Riza dirigió una mirada fría a Mustang, luego miró su herida.
— ¿Usted está bien? —preguntó Hawkeye.
— No me cambies el tema, y sí, estoy bien —dijo Roy—. ¿Harás caso de tener más cuidado?
— Sí, señor —aceptó Riza con algo de desgane.
Roy sonrió y tocó el hombro de Riza.
— Me alegra saber que hará caso.
Riza sonrió con calidez y se percató de que la habitación estaba vacía. Hasta Edward se había marchado y ella no lo había notado.
— ¿Dónde están todos? —preguntó Hawkeye.
— Mhmm… Quizá con Havoc. Está planeando una exploración a la zona antes de que el atardecer llegue —explicó Roy.
— Oh…
— Vamos, ayudaré a ese idiota a organizar la expedición.
— Coronel, no debería tratar así a Havoc —reprendió Riza a Roy.
Roy soltó una carcajada y salió de la habitación seguido de Riza.
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— Maldito bastardo, cree que puede manejarme como se le antoje…
Edward iba caminando por un bosque que rodeaba la casona en silencio, mientras sólo se oía el crujir de las hojas bajo sus pies. Estaba refunfuñando como un niño pequeño porque se debía quedar en la casona mientras los demás hacían una exploración de la zona en busca del maldito grupo de infiltrados, de los cuales aún no sabían nada.
— “Debes quedarte a cuidar a las mujeres” —imitó una voz varonil Edward—. Como si ellas no supieran cuidarse… algunas perfectamente podrían usar sus agujas como armas…
Edward siguió su camino, murmurando cosas ininteligibles acerca de un bastardo, pateando rocas y recorriendo con mucha lentitud aquella parte del bosque, volteándose de vez en cuando para no perder de vista la casona.
— Ojalá un perro le muerda la pierna a ése imbécil.
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— ¡Ashú! —Mustang estornudó.
— Va el quinto estornudo en este rato, señor —dijo Yerko—. Quizá debería regresar a que lo revisen.
Mustang pasó el dorso de su mano por su nariz mientras inspiraba algo de aire.
— No te preocupes —murmuró Roy—. No creo poseer alergias, pero hacía mucho que no visitaba lugares tan frondosos como éste.
Audrey, Yerko y Santiago, que acompañaban a Mustang en la exploración de la zona oeste, se miraron y escogieron de hombros.
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— ¿Mhmm? —exclamó Nicolle, volteando su rostro hacia la ventana y el lugar donde minutos antes Edward había desaparecido.
— ¿Sucede algo, Nicolle? —preguntó Rebecca.
La mirada de Nicolle se agudizó en un punto ciego en medio del bosque. Posteriormente, cerró sus ojos y estuvo largo rato en silencio.
— ¿Qué pasa? —inquirió Riza.
— Un animal anda rondando y podría atacar a alguien —dijo Nicolle—. Es grande, serpentea… posiblemente sea una pitón.
— ¿Una pitón? —preguntó preocupada María.
— Así es —afirmó Nicolle—. No son muy frecuentes, pero son cazadoras solitarias… ¿Por allí no desapareció el chico de Acero?
Riza y María se miraron con preocupación.
— ¡¡Edward!!
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Hacía rato que Ed seguía pateando la misma piedra sin concentrarse en lo que pasaba a su alrededor. Pronto recordó que tenía que ir a “proteger” a las damas de la casona porque el bastardo se lo había encargado; mas, cuando volteó, sólo vio que la frondosa capa de árboles y arbustos lo rodeaban.
— Oh, oh… Esto es un problema.
Capítulo 11. Pánico
Edward miró a su izquierda y derecha y no pudo sino identificar millones de árboles a su alrededor, nada más que maleza y arbustos de gran tamaño. Quizá realmente debió haber regresado cuando se había calmado.
Bien, Ed, que no cunda el pánico; lo importante en estas situaciones es guardar la calma.
— ¡¡Auxilio!!
Edward comenzó a correr por el camino que creyó correcto para retomar, esperando visualizar un algún punto para encontrar la casona. De pronto, algo obstaculizó su carrera y su pierna izquierda, donde tenía el automail, se topó con un obstáculo, haciéndole perder el equilibrio y caer al suelo.
— Ah, maldita sea —exclamó Edward, rascándose la nuca.
Su mirada se desvió a su espalda, observando la rama marrón que le había hecho perder el equilibrio. Edward se levantó con cuidado, sacudió su sudadera y comenzó a avanzar nuevamente, mas un leve siseo captó su atención. Tragó saliva con algo de nerviosismo y se volteó, sólo para observar la rama moverse y perderse entre unos matorrales.
El rostro de Edward palideció.
— ¡¡AUXILIO!! —gritó con todas sus fuerzas.
Edward comenzó a correr en medio de los arbustos, rasguñando su pierna derecha en su avance. En un instante, oyó un siseo fuerte sobre sí y observó con espasmo los colmillos de un enorme animal con sus fauces abiertas y su gruñido atemorizante. Reconoció en el animal a una enorme serpiente con su cola colgando de las ramas.
La serpiente se lanzó a Edward.
No había tiempo para reaccionar, su cuerpo estaba estático y sus piernas no le respondían. Su mente apenas captaba lo que sucedía, y sólo podía observar los colmillos del animal acercarse peligrosamente a su cabeza. Y cerró los ojos.
Escuchó un golpe seguido del desplome de algo, y, asustado, abrió los ojos rápidamente, encontrándose con una cabellera rubia. En shock, no pudo pronunciar palabra alguna, y una mano lo tomó de los brazos y comenzó a tirar de él. Y observó unas orbes ámbares difícil de no reconocer.
— ¡Teniente! —exclamó Edward.
— Guarda silencio y corre —ordenó Riza.
Edward se dejó conducir por el bosque, y en un instante, ambos cayeron al piso tras topar con la cola de la serpiente.
— ¡No puede ser! —exclamó Edward— ¡Cómo puede ser tan larga!
— ¡No importa, sólo corre!
Edward se levantó y continuó corriendo, pero cuando no escuchó pasos tras de sí, se volteó y vio a la teniente con la enorme cola de la serpiente enrollándose en su pierna. Sin pensarlo, se devolvió a ayudarla.
— ¡No seas tonto, Ed! —gritó Riza—. ¡Corre y sálvate!
— No sea tonta usted —Edward se arrodilló y comenzó con una rama a tratar de separar la cola de la serpiente de la pierna de Riza—. Deje de ser obstinada y acepte la ayuda de los demás, no está sola en esto.
Un crujido interrumpió las palabras de Edward, mientras las fauces de la serpiente nuevamente amenazaban al rubio.
— ¡¡Edward!! —gritó Riza, empujando a Edward.
Edward cayó al suelo, y cuando abrió sus ojos y se irguió esperando ver los colmillos de la serpiente incrustados en algún miembro de la rubia, se sorprendió de ver el cuerpo de la serpiente partido en dos en el suelo, sangrando de sobremanera.
— ¡Qué demo—
Y delante de él se mecía una cabellera rojiza y brillaba una espada, mientras la sangre bullía desde el cuerpo de la serpiente.
— ¡Mitsuki! —exclamó Edward, recibiendo un golpe como respuesta.
— No seas idiota, ¿acaso no me puedes diferenciar de mi hermana?
— ¿Tamiko? —preguntó Edward, refregándose la cabeza.
— En efecto —respondió, cruzándose de brazos—. No olvides el nombre de la persona que salvó tu trasero… ¡¡Riza!!
Edward se volteó ante la exclamación de Tamiko y vio a la teniente en el piso, contrayéndose de dolor. Al parecer, al cortar la cabeza de la serpiente en dos la mandíbula superior —que contenía el veneno junto a los colmillos más penetrantes— había diferido un poco de su dirección y se había incrustado en el brazo izquierdo de la teniente Hawkeye.
Tamiko se lanzó al piso y retiró la cabeza de la serpiente del brazo de Riza, observando los agujeros causados por la mordedura de serpiente. Y mientras esta conmoción sucedía, alguien observaba el cuerpo de la serpiente con atención.
—¡Aaarg! —exclamó Riza cuando Tamiko comenzó a apretarle con fuerza la herida en un intento de sacar el veneno.
— ¿Sabes lo que haces? —preguntó Edward.
— No, porque sólo soy una mecánica; es mi hermana la que es un médico de cabecera.
Los arbustos comenzaron a moverse, y Edward se incorporó rápidamente, preparado para pelear si algún nuevo enemigo se atrevía a atacarles, mas bajó la guardia cuando observó a la teniente Ross y a Rebecca.
— ¡Edward! Estás a salvo —gritó feliz Ross cuando observó al chico y lo estrechó entre sus brazos; notó la presencia de la teniente Hawkeye—. ¡Riza! ¿Qué te ha ocurrido?
— Tsk Nada grave, lo prometo —respondió la rubia con una sonrisa forzada, borrada cuando Tamiko ejerció presión nuevamente en la herida.
— ¡Demonios! Hermanita, ¿dónde estás? —Tamiko se levantó y comenzó a silbar con fuerza—. ¡MITSUKI!
Edward sabía que era el culpable, nadie más lo era sino él. Si la teniente no lo hubiera salvado estaría muerto, pero si él no se hubiera alejado tanto eso tampoco hubiera sucedido. Edward se acercó más a Riza y se arrodilló para observarla.
— Teniente, yo… lo sien—
— Cuidado, niño, necesitamos hacer esto rápido —Nicolle repentinamente empujó a Edward y se colocó de cuclillas frente a la herida de Riza.
Se escuchó un fuerte silbido, superior al de Tamiko
— ¡Espera! Mi hermana está por llegar —rogó al ver a Nicolle frente a Riza.
— Ya hemos perdido suficiente tiempo. Si no hacemos algo ya, el veneno podría extenderse por todo su cuerpo y causaría problemas en sus principales órganos, lo que podría causar que quedara incapacitada.
Mientras decía esto, Nicolle había rasgado parte de su pollera y la enrolló en el brazo de Riza. Al hacer esto, la sangre comenzó a salir por la herida.
— ¿Qué hace—¡Aaaa! —Ross se asustó al ver a Nicolle mordiendo el brazo de Riza— ¡Suéltala!, ¡ella no te ha hecho nada malo!
Entonces Nicolle separó su boca de la herida de Riza, giró su rostro y escupió un líquido rojizo que reconocieron como sangre. Repitió esta acción varias veces, y Edward observó en el rostro de la mujer las muecas de asco que realizaba al sentir el sabor de la sangre en su garganta.
Está haciendo un esfuerzo por salvarla… esfuerzo que yo no hice…
Nicolle escupió una vez más, pero esta vez se separó de Riza y comenzó a realizar arcadas, contrayendo su tórax. Se paró con rapidez y tras unos arbustos comenzó a vomitar.
Ross se agachó a la altura de Riza y le tomó el rostro, palidecido repentinamente y sonrosado en las mejillas.
— ¿Riza, estás bien?
La rubia abrió los ojos levemente, los posó sobre un punto ciego y luego los cerró, perdiéndose en la inconsciencia. María colocó el dorso de su mano sobre la frente de Riza y se asustó al notar la alta temperatura de su amiga.
— ¡Le has quitado toda la sangre! —gritó María a Nicolle, que se incorporaba al grupo pálida de igual manera.
— Le he quitado todo el veneno. No soy ningún vampiro como para alimentarme de la sangre de las demás personas.
En eso, Mitsuki apareció de entre los arbustos, con la cara llena de raspones y la blusa rajada en algunas partes.
— Mitsu, ve a ver a la teniente Hawkeye, tuvo un pequeño encuentro con una serpiente pitón —le informó Tamiko a su hermana.
— ¿Pitón dices, Tami? —Mitsuki se alarmó.
Ross dejó a Riza en el suelo y Mitsuki comenzó a palpar el cuerpo, meneó algunas partes del mismo y ejerció fuerza en algunos puntos de la cabeza y pecho. Acabado esto, tomó el brazo y notó la tela que ejercía presión en el brazo de Riza.
— ¿Quién ha hecho esto? —preguntó Mitsuki al grupo, que esperaba en silencio.
— He sido yo —dijo Nicolle.
Mitsuki sonrió.
— Buen trabajo, has quitado la mayoría del veneno de su cuerpo —exclamó, mientras sacaba algunas cosas del maletín que llevaba en su espalda.
— ¿Qué debemos hacer, hermana? —preguntó Tamiko.
— Me gustaría que alguien fuera a la casa y preparara una cama. Edward, sabes alquimia, por favor calienta agua rápido, y Tami, esteriliza algunas agujas, vendas y pinzas; habrá que trabajar en esto —ordenó Mitsuki, luego fijó su vista en Nicolle—. Ven aquí, por favor.
Nicolle se acercó con extrañeza mientras observaba a Mitsuki sacar una botella de su maletín; por un instante, su mirada se cruzó con la de Edward.
— Por favor bebe esto —Mitsuki le entregó la botella—. Deberás descansar por hoy, extraer el veneno del cuerpo de alguien no es tarea fácil y debes estar exahusta.
— Algo así —murmuró Nicolle, obedeciendo a Mitsuki.
— ¿Edward? —Mitsuki se volteó, y al observar que el chico aún no se marchaba como los demás, sonrió e hizo un ademán de manos para que se acercara—. Ayúdame a llevarla a la casona, por favor.
— Claro —aceptó Edward.
Mitsuki colocó con cuidado a Riza en la espalda de Edward, y protegió su brazo con otro par de vendas improvisadas. Realizado esto, comenzaron su regreso a la casona mientras los rayos de luz dorada llegaban al rostro de Edward.
Escuchó un pequeño gemido por parte de la teniente Hawkeye.
Y siguió avanzando con cuidado hasta llegar a la casona y disponerse a calentar el agua mientras el atardecer caía a sus espaldas.
——
— Lo siento, coronel, debí ser más cuidadoso.
El rostro de Roy se descompuso al observar a Riza
— ¿¡Q-q-qué sucedió!? —preguntó preocupado Roy.
— Cielos, es bastante complicado de decir —dijo Edward, que estaba al lado de María en la cama donde Riza descansaba.
— Sucedió que…
— No, teniente Ross —la interrumpió Edward—, debo ser yo quien le diga al coronel lo que sucedió.
María se sorprendió y miró a Roy, que con un gesto de su cabeza le indicó que se retirara de la estancia, necesitaba charlar con el chico. Una vez que María salió y cerró la puerta con cuidado, Mustang dirigió su mirada a la cama donde Riza descansaba y la observó allí, pálida como un fantasma, con las mejillas sonrosadas a causa de la fiebre y los labios entreabiertos-
— Muy bien, niño, dime qué pasó —Roy se cruzó de brazos—. No creo que nada haya pasado como para dejar herido a uno de mis subordinados.
Edward guarda silencio mientras se oye el tic del reloj que Roy tenía en sus manos.
— ¡Habla de una vez! —gritó Roy un poco exasperado—. Te dejé a cargo porque pensé que podrías con un grupo de mujeres, pero al parecer te crees lo suficientemente…
— ¡YA BASTA! —interrumpió Edward—. ¿¡No puedes colocarte en mi lugar!? Yo también siento lo que le pasó a la teniente Hawkeye!
Riza gimió levemente, interrumpiendo la ferviente pelea que nacería entre los hombres. Edward se acercó a ella y tomó el paño que estaba en la frente de Riza, lo quitó y pasó su mano izquierda por las mejillas de Riza; se paró y remojó el paño en agua fría — que estaba junto a Riza— y se lo colocó nuevamente en su frente.
— Todo fue muy repentino —dijo Edward, sentándose nuevamente en el borde de la cama—. Cuando ustedes salieron y nos dejaron, salí a dar una vuelta porque me había cabreado tu actitud de mandamás y que podías hacer lo que se te antojase conmigo… pero cuando me di cuenta, estaba perdido. Comencé a recorrer el lugar y pronto noté que había comenzado a viajar en círculos, así que decidí caminar y seguir el sol, por último para llegar a un punto de referencia.
— Ve al grano.
— Allí voy… ¡HEY! Bueno, como decía, comencé a caminar más calmado y de repente una pitón grande, de tonalidad rojiza-marrón y con las fauces abiertas me comenzó a amenazar — hubo una breve pausa mientras Edward dejaba de temblar—. Realmente no sé qué me ocurrió allí, pero me petrifiqué, y cuando me di cuenta estaba siendo llevado por la teniente.
— ¿Y? —preguntó Roy. Su tono fue monótono.
— Ella me protegió hasta el final… incluso impidió que la serpiente me mordiera, pero se sacrificó a sí misma para eso —dijo Edward con algo de dolor.
Roy guardó silencio por unos instantes, respirando dificultosamente.
— ¿Sucede algo?
— No, nada —Roy se dio media vuelta—. Nos veremos luego, Acero.
— Espere, coro-
— Nos vemos luego —Roy cerró la puerta y dejó a Edward solo.
¿Habría hecho lo correcto? Decirle lo que sucedió desde un principio le había desagradado pues preveía una situación similar con Roy, pero le extrañó que no hubiera gritos por parte del coronel.
Edward volteó su rostro hacia Riza, y extrañamente volvió a sentir el mismo calor en su pecho que había sentido durante la mañana cuando Riza le dijo el nombre de Nicolle. Algo raro le estaba ocurriendo y no estaba seguro de qué era, pero no quería que siguiera adelante… sólo tenía deseos de llorar.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
“Vete a dormir en mi cama, yo haré guardia esta noche”.
Edward se sentó en fuera de la casona, apoyando su espalda contra el umbral de ésta y observando las estrellas. Hacía más frío que en las otras noches y después de estar un rato sentado allí pudo observar el vapor salir de su boca. Le preocupó aquello.
Se levantó y observó por última vez el manto nocturno, y cuando entró y comenzó a recorrer la casa para irse a dormir, llamó su atención la escalera que daba a la segunda planta. Algo lo indujo a subir por ella—quizá por el hecho de que le sirvió de cama en una ocasión—, pero no esperaba toparse con Nicolle sentada allí.
Aquello lo asustó y preocupó notablemente.
Estuvo largo rato observándola —su cabello corto y castaño era reconocible en cualquier parte— y preguntándose si debía marcharse o quedarse… hasta que un pequeño recuerdo cruzó su mente.
— ¿Qué deseas, Edward Elric?
La voz de Nicolle tomó por sorpresa a Edward, y antes de que éste pudiera reaccionar, la mujer estaba de pie en la ventana y lo estaba mirando profundamente. Edward tragó saliva.
— Yo… e-e-esto…
— ¿Qué deseas saber? Puedo apreciar en tus ojos la curiosidad y escuchar tu nerviosismo… ¿Te doy miedo, acaso?
Su actitud sorprendió a Edward. ¿Estaba siendo amable con él, después de todo el desprecio que le había mostrado?
— Tú no me das miedo, es tu reacción la que me preocupa —dijo Edward con convicción—. No acostumbro a tener dilemas con las personas, y no quiero tenerlos, así que explícame qué es lo que te pasa conmigo.
La mirada seria de Nicolle no cambió, y estuvo unos minutos en silencio, mientras Edward esperaba de brazos cruzados.
— Dime, Edward… ¿Temes de las quimeras?
Edward se sorprendió. No se esperaba una pregunta de esa calamidad, y a su mente vinieron dolorosos recuerdos de antaño… una pequeña niña y un enorme perro de color blanco… Nina...Alexander…
— No —respondió Edward con voz quebrada y un nudo en su pecho.
— ¿Estás seguro?
—Sí; ¿a qué va la pregunta? —preguntó con una sonrisa.
— Soy una quimera, mucho gusto.
La sonrisa de Edward se desvaneció, mientras el reloj de Roy marcaba la medianoche en punto y nuevamente observó a Riza en la cama, descansando en espera de que la fiebre descendiera.
Ok, como os prometí los once capítulos por orden consecutivo… y es sólo la introducción a la historia ^^ y el giro drástico… llegará pronto, o eso espero… ñ_ñ porque tengo que centrarme en el Roy/Riza, el parental y comenzaré a desechar a los estorbos (?), pero eso lo deciden uds, así que no doy más spoilers XD
¿Crees que "Crepúsculo" se ha vuelto muy comercial y sientes que
no puedes decir "Edward" sin que una fangirl se te eche encima?
¿¡Hart@ de que al pronunciar "vampiro", inmediatamente te
relacionen con la novela!?
En breves palabras, si te ha gustado Crepúsculo, pero no eres de las fanáticas
que sólo leen por Edward Cullen... Copia y pega esto en tu firma x)
El comienzo...genial xDD
Muy bien, Alphonse! Alguien tenía que hacer algo ji ji >w<
Continúa pronto
__________________
In a town hungry for the lonely
Lost, innocent child
Forbidden life taken in a moment
Life, to late for saving
or just in time...
<<~~~~~~~~~~~~~>>
<<~~~~~~~~~~~~~>>
¿Quieres leer & escribir (llorar, soñar, vivir, imaginar, aprender, reír…)?
Únete al Reino del Clan de Literatos & alza tu pluma ante la Reina de las Letras ~
JAJAJAJA AL GOLPEANDO A ED
Q LINDO ES GOLPEAR A TUS HERMANOS CUANDO LO MERECEN
Y ESTE CAP TE QDO BUENISIMO Y POR LO Q DIJISTE VA A IR MEJORANDO
WIIIIIIIIIIIIIIII VA A VER ROYAI WIIIIIIIIIIIIIIII
ESO DE LA MISION PARA MI Q ROY SE LES UNE EN SERIO JAJAJAJAJAJA
Y LOS 5 Q TIENE Q LLEVAR SON LOS MISMOS DE SIEMPRE
XQ NO LE DIJO DIRECTAMENTE LLEVE A LOS 5 HOLGAZANES Q VIVEN DE FIESTA CON UD
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA MENTIRITA TA TUDO BIEN CON ELLOS
bueno, tras haber regresado de mi secuestro en la capital os traigo la actu de esto =)
no la revisé, así que si tiene faltas... qué lástima, pero no ando con ánimos de nada XD
bueno, para los lectores del otro fic, les aviso que llevo la mitad... pronto tambien traere la conti.
Kokoro no Tsuki no te preocupes, ya se verá la venganza indirecta de Ed... quizá no aquí, pero sí en capítulos próximos ^^ y... em, trampa? eso se aclara después, y el crossover tardará más de lo que tenía planeado, lo siento u_u
~Fire_Angel~ aquí está tu conti, y que no te de miedo... aún es un niño de 15 años que le queda mucho por aprender y que aquí lo hará ^^
$ђîžД W† 43 estoy trabajando en el capítulo 11 ^^ no te preocupes, y sip, alguien debía hacer algo.
eNvY_91 es lindo golpearlos, siempre da risa molestarlos... son tan lindos enojados... pues no, no serán ESOS cinco... se aclararán más cosas en el cap 11 ^^
aquí el cap 2 =D:
Capítulo 2. Preparativos
— Las personas que me acompañarán en esta peligrosa misión serán: la teniente primera Riza Hawkeye, el teniente segundo Jean Havoc, el alquimista de acero Edward Elric y el sargento mayor Kain Fuery. ¿Alguna queja?
— Señor, ¿por qué no podemos ir Falman o yo? —preguntó Breda.
— Porque si nos vamos a infiltrar necesitamos a un especialista en líneas para espiar. ¿Sabes lo suficiente como para poder ayudarnos en ese ámbito?
Fuery era el mejor con respecto a líneas de comunicaciones, era cierto. Breda y Falman bajaron sus cabezas y negaron.
— Los hubiera llevado a ustedes y a Hughes, pero el Fuhrer dijo claramente que sólo podía escoger a cinco —se volteó hacia la ventana— ¿Todos están de acuerdo? —preguntó volteándose levemente.
Hawkeye, Havoc y Fuery hicieron el saludo militar profiriendo un “sí señor” al unísono.
— Aunque tú no me hubieras escogido, de igual forma me hubiera infiltrado —murmuró Edward.
El rubio se cruzó de brazos e hizo un gesto de indiferencia, Mustang sonrió. Ese chico no sabía expresarse.
— Chicos, deberían irse. Si esta misión se lleva a cabo deberán descansar para estar preparados —les dijo Mustang.
El descanso era primordial para reponer energías. Ya que no sabían la fecha exacta para la misión, tendrían que estar listos hasta para salir aquella noche.
— Pero señor…
— Nada de peros —Mustang alzó una mano para callar a los demás—. ¿Teniente Hawkeye?
— ¿Sí, señor?
— Acompáñeme —ordenó y emprendió una marcha hacia la salida con su subordinada tras de él. Antes de irse agregó: —. Si así lo desean pueden retirarse, el trabajo de hoy ha sido terminado.
La oficina quedó en silencio tras la marcha del Coronel. Los subordinados comenzaron a reunirse para charlar, después de todo, la misión en sí era extraña.
Edward no sabía cómo salir fuera del cuartel sin levantar sospechas. Al fin de cuentas, siempre en la milicia les preparaban un cuarto a él y su hermano para que pasasen la noche. Aquel día no quería dirigirse a su estancia tan temprano.
— Bien chicos, debemos ir a hacer una llamada —anunció Edward—. Mañana nos cuentan las novedades. Vamos, Al.
Ambos hermanos salieron de la oficina en silencio. Los subordinados de Mustang murmuraron un “adiós” un tanto frío y siguieron conversando mientras Breda hacía ademanes para retirarse.
— Adiós, Fuery, Havoc, nos vemos mañana —dijo Falman.
Falman acompañó a Breda en su camino de regreso, puesto que Fuery siguió charlando con Havoc. Breda ni siquiera hizo gesto alguno para despedirse de los demás.
Mientras tanto, fuera del cuartel de Ciudad Central los hermanos Elric se dirigían hacia un parque. La llamada telefónica sólo había sido una excusa para retirarse.
— Me pregunté qué dirías, pero creí que habías pensado como yo —dijo Edward meditabundo—. Quizá esos tipos saben algo sobre La Piedra Filosofal y… Bueno, ya sabes.
— Entiendo, hermano. Pero ¿qué tal si no es así? Yo no quiero perderte.
Edward se detuvo y se volteó a observar a Alphonse.
Era verdad. Ambos habían prometido que seguirían juntos a pesar de las circunstancias, que siempre estarían juntos para defenderse y que juntos encontrarían un método para devolver sus cuerpos a como eran.
— Al… —musitó Edward—. Hermanito…
Hacía tanto que no se daban un abrazo —desde que estaba en ese cuerpo… ¡ya no recordaba cuándo!— que ambos se comenzaron a acercar, lentamente para recordar el momento… Alphonse no aguantó más y abrazó efusivamente —tal vez demasiado— a su hermano mayor.
— ¡AL, me duele!
Una armadura de dos metros, de lados puntiagudos y ásperos —debía comprar más aceite para pulirlo—, de metal frío y duro…; no era la mejor sensación cuando tu rostro esta siendo “aplastado” contra el acero.
— Lo siento —exclamó Alphonse y dejó a Edward en el suelo.
Quizá porque era una armadura no podía sentir —o eso decían los demás, porque él sí sentía—, pero a Edward le pareció demasiado notorio el tono melancólico de Alphonse.
— Descuida, Al —se levantó—. Sabes que debo devolverte a tu cuerpo antes de morir, así que no te preocupes, no será fácil que este corazón deje de latir — Edward sonrió de oreja a oreja y le contagió la alegría a la armadura.
— Lo sé —el silenció retornó.
— Vamos —lo instó el rubio.
Ambos emprendieron el rumbo hacia el parque nuevamente, y Edward no de detuvo a mirar atrás, pues sabía que su hermano menor siempre le seguiría.
——
Mustang se encontraba de pie frente a la oficina del Fuhrer. No sabía si debía abrir la puerta o tan sólo dejarla así, y después venir.
Una mano suave retiró la suya del pomo de la puerta y la abrió levemente, con demasiada delicadeza.
— Es bastante fácil abrir una puerta, Coronel —Hawkeye estaba a su lado y le sonrió para darle ánimos.
— Claro —dijo Mustang y empujó la puerta.
La oficina era una de las más amplias del cuartel —al parecer el triple que la suya— y estaba custodiada por su secretaria —que se veía bastante bien con el traje caoba—.
— Buenas tardes, Coronel —lo saludó la secretaria al verlo ingresar— . ¿Desea hablar con el Fuhrer?
— Sí. Dígale que ya tengo mi veredicto.
— Muy bien —la mujer de cabello castaño ingresó a otra habitación —la del Fuhrer— haciendo una reverencia.
— Debería ser más delicado —escuchó una voz a sus espaldas. Era su teniente.
— He sido cortés.
— Claro que no —lo miró con una mueca de disgusto—. Le dio órdenes como a un animal —ella le dirigió una mirada envenenada.
¿En verdad había sido tan frío? No lo creía, pero era mejor hacerle caso a la mujer en vez de enfrentarse a sus balas.
— Bien. Me disculparé —prometió Mustang. Su visión periférica captó la sonrisa de autosuficiencia de la mujer.
Pensando en mujeres, la secretaria del jefe salió y los miró con sus ojos verdes. Hizo una reverencia.
— Pueden pasar —se hizo a un lado de la puerta.
— Muchas gracias —Hawkeye le dio un puntapié—. Disculpe lo anterior.
— No se preocupe.
Mustang y Hawkeye ingresaron a la espaciosa oficina del Fuhrer, escuchando a sus espaldas el cierre de la puerta. Un ojo se depositó sobre ellos y el Fuhrer sonrió.
— Vaya, coronel Mustang. Veo que ha tomado la decisión bastante rápido.
— Así es, señor
Como parte del protocolo, saludar a los superiores con el debido respeto era esencial. Mustang y Hawkeye realizaron el saludo militar y el Fuhrer rodeó su escritorio para quedar a unos cuantos metros delante de ellos.
— Bien, comuníqueme los elegidos y las razones —ordenó el Fuhrer.
— El alquimista de Acero, Edward Elric, por sus habilidades en la alquimia; la teniente primera Riza Hawkeye, por su habilidad con las armas de fuego; el teniente segundo Jean Havoc, por… por sus habilidades en batalla —¿En realidad fue por eso que escogió a Havoc?— El sargento mayor Kain Fuery, por sus habilidades en el manejo de líneas de comunicación para posible espionaje, y yo, el alquimista de Fuego y coronel del ejército, Roy Mustang
— Interesante —el Fuhrer quedó meditabundo— Me parece muy buena su elección, Coronel —le sonrió con los ojos el Fuhrer. Y qué ironía, el Fuhrer sólo tiene un ojo. — Pídale a mi secretaria que le entregue unos sobres con las respectivas órdenes a seguir.
— Sí, señor.
— Pueden retirarse —concedió en tono contundente el Fuhrer.
Ambos oficiales, a espaldas del Fuhrer, realizaron el saludo militar y se retiraron en silencio.
—0—
Una semana, una larga semana había transcurrido desde el anuncio del Fuhrer sobre su nueva misión.
Los otros miembros que acudirían a la misión llegaron cuatro días después por motivos de viaje y preparación.
Ahora, todos se encontraban frente a la máxima autoridad de Amestris esperando el dictado del superior.
— Nos hemos reunido el día de hoy para especificar en sí la misión. Ahora, si se preguntan porqué no lo hice antes, es porque sencillamente todos necesitaban descansar. Bien, todos se encuentran con energía a rebosar, así que la información será mejor captada… — al parecer, ese día el Fuhrer había amanecido con ganas de charlar, porque ya era bastante extraño que se pusiera a hablar poco menos con él mismo.
Todos esperaban impacientes.
—… Prosiguiendo. Las personas escogidas, por favor, cuando su sean llamadas, dar un paso adelante —el Fuhrer recibió una lista de su secretario y comenzó a nombrar a los diversos miembros que asistirían en el ejército.
Los oficiales hicieron presencia rápidamente ante la máxima autoridad. Desde miembros de Ciudad de Este hasta soldados de Briggs fueron enviados para la misión de infiltración. Obviamente eran lo mejor de lo mejor.
Dejando de lado la confusión de nombre para Jean Havoc —lo llamaron Jena Havoc— y el escándalo de Edward porque lo llamaron “enano” —pobre hombre, lo amenazaron con quitarle las piernas y colocárselas de brazos— la ceremonia se llevó en calma, sin mayores sobresaltos.
— Su partida será mañana, a las dos de la tarde. Deberán venir vestidos de civiles y llevar ropa como tal, no sería bueno llamar la atención —anunció el Fuhrer con vos contundente.
— ¿Cuánto tiempo estaremos en esta misión? —preguntó Edward. Algunos miembros del equipo lo miraron. — Señor —agregó ante las miradas.
— Aproximadamente dos meses.
— ¿Dos meses? —repitió Edward.
— Así es —afirmó el Fuhrer. Los “elegidos” quedaron con una expresión de incredulidad— Continuando, esta misión es para dar de baja a un grupo de terroristas ubicado al sudeste de Amestris. Se hacen llamar “Escorpión” y se sabe que hasta este momento tiene seis integrantes
— ¿Y para qué nos envían a nosotros? —preguntó un recluta al final del grupo. Todos lo miraron.
— Han sido escogidos por los generales en jefe de cada cuidad importante del país. Todos los aquí presentes deberán asistir para dar de baja a este grupo que está operando en contra de nuestro país. Si es necesario, deberemos tomar cartas en el asunto si el grupo no desea poner de su parte. Así que tienen mi autorización para matarlos. Por ahora nada más que decir, todo lo demás estará explicado en unos sobres.
Los oficiales se miraron con algo de curiosidad y la secretaria comenzó a entregarle a cada recluta y oficial un sobre con las especificaciones de la misión.
Tras entregar los sobres, el Fuhrer y su secretaria se retiraron.
Los reclutas miraron con ingenuidad cada sobre —como si fueran a das un mordisco— y al final cada uno se retiró hacia sus oficinas, dirigiéndose a sus hogares terminada la jornada laboral con una serie de preguntas rondando por sus cabezas…
——
— ¿Crees que nos descubran con facilidad?
Las sombras no acostumbran a hablar, pero en este mundo de mitos y curiosidades todo puede existir.
— No —negó el Fuhrer, observando por la ventana ubicada en su oficina—. Sólo tienen que tener cuidado con mostrar sus símbolos. Sé que el alquimista de Acero y el coronel Mustang saben algo sobre nosotros, pero siendo cuidadosos podremos tenerlos bajo control.
— ¿En verdad crees eso? —la fría voz volvió a preguntar.
— Sí —una sonrisa sádica desfiguró el rostro del Fuhrer—. Los humanos son demasiado ambiciosos como para dejar algo a medias.
— Eso es verdad —concordó un ser que aparecía desde las sombras—. Por cierto, ¿qué pasó con Codicia?
— Está con los demás. Deben esperar y hacer durar los dos meses sin levantar sospechas. Si algo llega a salir mal, ustedes tendrán la culpa,
— ¿Por qué nosotros y tú no?
— Porque yo no estaré presente,
— Oh… ¿Qué hacemos si el enano o alguien más aprende algo o descubre algo que no es de su incumbencia?
Todo estaba fríamente calculado, el plan no podía tener fallas, pero siempre había detalles que podían salir mal.
— Deberán matarlos antes de lo previsto. Recuerda que planeamos esto para acabar con los entrometidos del ejército y así poder hacer algo de provecho con respecto a nuestros objetivos.
— Eso significa que…
— Sólo adelantarían lo que sucederá.
— Me gustan tus planes, Pride.
La voz desapareció de la estancia y la oficina quedó vacía. Lo único que se observaba era un hombre mirando con curiosidad a las personas que pasaban bajo el edificio. Las sombras no volvieron a hablar.
Reitero, esto fue escrito hace nueve meses y en esos tiempos este fic tenía otro final al que ahora tiene y yo era más inmadura u_u
Bueno, el fic posteriormente se dividirá durante los primeros cinco días haciendo explicaciones y cosas que serán importantes, si se aburren, lo siento, si se entretienen... que buena noticia =) y habrá Royai, parental y etc etc, sólo que se irá dando de a poco, vale??
bueno, dudas, comentarios, tomatazos, pifias... aquí estoy yo para recibirlas
cuidense y nos leemos la semana entrante ^^
PD: creo que a medida que avanza el fic los caps se van haciendo más largos... no estoy segura
Cuánta fuerza hay detrás de la debilidad del
amor...
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Siii ya lo leí!!
Whaaa me encanta esto se torna super emocionante!! X3
Pues dí lo que quieras pero escribías mucho mejor que yo, cuando empecé a escribir mi fan fic "Las Siete Virtudes" y puedes comprobarlo en los primeros 5 capis xD
Jena Havoc xD jeje nadamás el detalle de que me confundiste, porque primero pusiste su secretario y que pobre hombre, luego terminaste poniendo secretaria o.ò
En fin...
¿Crees que "Crepúsculo" se ha vuelto muy comercial y sientes que
no puedes decir "Edward" sin que una fangirl se te eche encima?
¿¡Hart@ de que al pronunciar "vampiro", inmediatamente te
relacionen con la novela!?
En breves palabras, si te ha gustado Crepúsculo, pero no eres de las fanáticas
que sólo leen por Edward Cullen... Copia y pega esto en tu firma x)
wahahahahahaha es una trampa
y cayeron redonditos wahahahahahaha
ejem ¬¬ bueno ya
esta buena la conti jajajajaja lo de havok
esta bueno pobres de breda y farman ellos tambien querian ir
bueno spero hasta el cap 11
sta qdando bueno
spero la contiiii chaus
Cielos! definitivamente mi niño dorado es un imán de problemas...
si no fuera porque el Fürhrer me cae bien...
lo sabia! todo es una trampa... y RoyAi :love
jajaja espero la conti! quiero saber como 6 mortales se enfentraran a lo mejor de lo mejor! ^^ aunque se perfectamente que esos 6 son esos 6 de mami ^^
aqui tambien vengo a dejar algo de produccion antes de desaparecer por motivos escolares.
Bueno, veamos:
kokoro no tsuki seis? creo que no leiste muy bien, mujer, son nada mas y nada menos que **inner le tapa la boca** claro, claro... spoilers...pero bueno, sip, es parte de la trama que Edward sea un iman de problemas (deberás leer lo que le tengo planeado A_A)
eNvY_91 es el principio, solo eso... y creo que todo se aclara en mas del cap 13 xDD pero bueno, sip, pense en el nombre de Havoc leyendo, y no te preocupes por Falman y Breda, tengo planes para ellos A_A
~Fire_Angel~ mi adorada disípula... sip, es emocionante imaginarlo A_A y eso es solo el principio xDD y... en verdad puse lo de la secretaria?? O.o dios... como ando de distraida... pero juraria que en todas partes dice secretaria... lo revise "un poco" antes de subir el cap y bueno, aqui esta tu conti ^^
por cierto, si es por como comence a escribir... bueno, antes de comenzar lei millones de fics Royais en los que aprendí un poco sobre los dialogos y como escribir (soy una persona analitica y no me gustan los puntos en blanco) y fue que lei bastante lo que me ayudo >< ademas de que no me gustan los parlamentos xD
bueno, sin mas jaleos (disipula, dibuja y practica) el cap 3... de antemano pido diculpas por lo corto =_=U:
Capítulo 3. Carta
Roy Mustang y Edward Elric negaban rotundamente tener parecido en común. A ese tiempo del camino que llevaban recorriendo nadie pensaba lo mismo.
Ambos tenían el rostro apoyado en una de sus manos, con un gesto de hastío y de vez en cuando soltaban un bufido de aburrimiento.
—Se parecen mucho más de lo que quisieran aceptar, ¿cierto? — aseveró en un murmullo la teniente Ross a Riza. Ésta le sonrió y afirmó débilmente.
Todos estaban cansados, el viaje se estaba tardando más de lo esperado y no era muy cómodo irse en la parte posterior de un camión, considerando que el sol a esas horas del día estaba en su mayor esplendor y la temperatura aumentaba a cada minuto.
Veinticinco personas, ese era el total de los presentes. Cada hombre iba vestido de forma informal, con una sudadera manga corta y pantalones, alguno que otro con pantalones tres cuartos y causando envidia entre los demás; las mujeres era un tema aparte. Todas iban bien vestidas, prácticas para cualquier ataque sorpresa; una sudadera y un pantalón, prendas sencillas, pero cómodas.
Riza Hawkeye iba un poco distraída observando la sudadera de su superior, Roy Mustang. Éste llevaba los botones de la playera abiertos descaradamente, dejando ver parte de su bien formado pecho…
— ¿Alguien tiene calor? Yo sí, así que con su permiso… — el moreno se levantó de donde se encontraba sentado y se comenzó a sacar la sudadera por la cabeza.
Cada segundo que pasaba sentía que su pulso se aceleraba más y más al ver el perfecto cuerpo del hombre; esos abdominales bien formados, esos pectorales tan bien formados…
— Riza, ¿te sientes bien? — la teniente Ross la zamarreó un poco y la despertó de su ensoñación.
— ¿Eh? — no atinó a decir nada más al encontrarse sorprendida.
— Sí, Riza, te ves tensa. ¿Estás bien? — el comentario de María Ross llamó la atención del Coronel, que aun seguía con su mano colocada sobre su rodilla con expresión de hastío. Claro, hasta que María zamarreó a Riza. Había un dejo de preocupación en su voz, pero Riza decidió ignorarlo.
— Eh, sí — comenzó a juguetear con los dedos en su regazo — . Debe ser sólo el calor… — murmuró para calmarse un poco. Se sentía sofocada, aun más de lo que el sol podía causar. Trató de calmarse y se dijo a sí misma que sólo había sido el sol el causante de su delirio, que no había otra cosa de por medio, sólo el calor…
Roy Mustang observaba escrutadoramente a su teniente. Nunca había observado muy bien a la mujer vestida de civil, pero ahora que se daba cuenta… ¡Qué bien se veía!
Sonrió para sus adentros mientras seguía recorriendo el cuerpo de la mujer: sus ojos ámbares observaban el paisaje y sus pestañas se movían con elegancia, su cabello estaba atado en un moño y su mechón dejaba algunos cabellos sueltos, sus carnosos labios rojizos mostraban una sincera sonrisa… ¡Qué deliciosos se veían!
Cerró los ojos y se comenzó a imaginar a una Riza Hawkeye sin sudadera ni pantalón, con un bikini ceñido al cuerpo y…
—Mustang, estás sangrando —escuchó de pronto. Abrió los ojos con expectación y observó al rubio que iba a su lado con una mueca de asco.
— ¿Qué has dicho?
—Límpiate la nariz… No sé con qué mierda habrás estado pensando, pero los demás se están empezando a dar cuenta… ¡Iug!
Se tapó la nariz con la mano izquierda y con la derecha comenzó a rebuscar en sus bolsillos un pañuelo. Gracias a Dios nadie se dio cuenta…
—Gracias, acero.
—Edward.
— ¿Qué?
—Mi nombre es Edward, recuérdalo.
—Oh, claro…
Mustang volvió a apoyar su brazo en su rodilla, esperando que el aburrimiento se marchara… ¿Qué era lo que se escuchaba? Ah, Havoc estaba silbando. Por lo menos él tenía algo para distraerse, silbar ya ni siquiera le hacía gracia.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
El camino abruptamente cambió.
Del desierto paraje adornado por unos pocos pinos y la humareda de tierra que iban dejando tras de sí, fue sustituido por coposos árboles que llenos de hojas verdes y sus gruesos troncos.
—Ojala arribemos pronto…
— ¿Arribar? Pero si esto no es un crucero…
— Oh… Eh, ojalá lleguemos pronto a nuestro destino…
María Ross y Denny Brosh entablaron una agradable conversación sobre gramática mientras discutían los pros y contras de todo, buscándole una razón específica para utilizarlos. Era bueno ver que algunas personas podían mantener una conversación agradable.
— ¿Por qué quieres que lleguemos pronto? —preguntó con interés Riza. De pronto, Mustang se preguntó lo mismo y prestó atención.
En un principio, María no prestó mucha atención hasta que Riza la zamarreó levemente, repitiendo la pregunta y haciendo que Ross le sonriera. Al parecer, estaba a gusto charlando con el sargento Brosh.
—Es simple. Las nubes en el cielo indican que comenzará a hacer frío durante la tarde.
—Oh —exclamó Riza.
Mustang alzó su vista y divisó a la lejanía los densos nubarrones que inquietaron a Ross, pero no se alarmó. Estaban a finales de verano —aún quedaban días calientes— y no había razón para que la lluvia los azotara por un tiempo.
— Puede que haga frío esta tarde, pero llegaremos pronto —dijo Mustang.
Todos voltearon a observar al Coronel.
— ¿Qué le hace pensar eso, Coronel? —preguntó Havoc.
Mustang suspiró con pesadez y miró el paraje de árboles que dejaban detrás.
— “Es simple” —citó a Ross—. El Fuhrer necesita que espiemos a un grupo terrorista, una organización. Un bosque es el lugar perfecto para establecerse como centro de comandos.
—Oh —exclamaron algunos soldados.
Mustang creyó divisar por el rabillo de su ojo que Hawkeye sonreía, pero al voltearse a verla, ésta había bajado la mirada e iba ensimismada en sus pensamientos.
El carro dio un salto, haciendo saltar a todos los soldados de sus asientos improvisados —el equipaje hacía de buena butaca— y dejando caer algunos en la plataforma por la que estaban viajando.
— Lo siento —exclamó el chofer. Gruñidos y bufidos se le dirigieron.
— Coronel —escuchó Mustang a sus espaldas— ¿Podría quitarse de encima?
Volteó con los labios levemente fruncidos y vio al sargento Fuery en el piso, con él encima. Pobrecillo.
— Disculpa —se levantó y retomó su “asiento”, como los demás.
Una vez repuestos y menos enojados, Mustang se dio cuenta de que Edward ya no estaba a su lado.
— ¿Acero? —preguntó al aire. Divisó al chico en el frente de la plataforma, encima de la espalda de Havoc y con el pelo meciéndosele detrás.
— Mira, Mustang —señaló delante de él con una sonrisa en su rostro—. Ya llegamos —agregó mientras Havoc se lo quitaba de encima.
Mustang se levantó y observó, entrecerrando los ojos levemente. A lo lejos se divisaba una pequeña casa de madera, con algunos sacos rojos fuera y cajones de madera. ¿Sería allí?
Se acercó adelante pidiendo permiso y llegó al lado de Edward —el chico aprovechó el alboroto para colarse— y llamó al conductor.
— ¡Hey! ¿Es allí? —apuntó delante, dudaba que el tipo lo escuchara.
El conductor lo miró por el retrovisor y le sonrió, asintiendo levemente. Abrió la ventanilla que lo conectaba con los viajeros.
— Estas son las coordenadas que me dieron y aquella es la misma casa que me mostraron a seguir —volteó y se concentró nuevamente en el camino.
Pronto comenzaría su calvario al lado de Edward.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
—… Bien, señor Mustang, el Fuhrer me ha encargado que le entregue esto —antes de despedirse, el conductor llama al coronel Mustang.
— ¿Qué es lo que le ha encargado?
— Es este sobre —el conductor le entrega dicho objeto a Roy, que lo observa con cautela. — Quiere que cumpla con las normas que aquí se le pide. Cualquier cosa, me lo dirá la próxima semana.
— ¿La próxima semana? —preguntó alarmado Mustang.
— Sí. Vendré a verlos una vez por semana para traerles municiones y recibir los informes que deberá enviarle al Fuhrer.
— Hmm —Mustang se quedó meditándolo. —Muy bien. Nos veremos, entonces —sonrió y ofreció su mano.
Una sensación extraña recorrió su cuerpo cuando el conductor estrechó su mano, como si…
— Nos veremos —se dirigió a su carro y se fue con lentitud por donde habían llegado.
Mustang no prestó mayor atención y se concentró en el sobre —estaba un poco grueso— marrón que tenía en sus manos. Abrió con lentitud el sello mientras escuchaba murmullos tras de sí.
— ¿Qué dice, señor? —escuchó una melosa voz tras de sí. Se volteó a observar y vio a la teniente Hawkeye.
— Hmm —abre el sobre con cuidado y despliega la primera hoja para comenzar a leerla en voz alta:
“Estimado coronel Mustang y subordinados:
El presente motivo de esta carta es que yo, King Bradley, lo declaro al mando de expediciones y operaciones a realizarse en la zona donde se encuentran usted y su destacamento.
Teniendo dicha responsabilidad en su poder tendrá la misión de informarme semanalmente el avance de la investigación, los gastos materiales implicados y la manutención del armamento requerido.
Las labores de mantener la casa que les ha sido otorgada en buenas condiciones deberán efectuarse por ustedes mismos, delegando personas para los diversos quehaceres de su nuevo “hogar”. Dentro del “hogar” deberá mantenerse el respeto que es debido y mantener un ambiente de convivencia y compañerismo.
Dejo en sus manos la llave que abrirá la casona junto a los formularios que deberá llenar y enviar semanalmente con el conductor que hoy los ha dejado. Él se encargará de llevarles provisiones y suministros para su supervivencia.
Usted podrá imponer reglas para mantener el orden, pero hay una que yo le dejaré y que todos deberán obedecer:
“NADIE PUEDE REGRESAR A MENOS QUE SU CORAZÓN DEJE DE LATIR.”
Es una regla dura, pero debido a que esta es una misión secreta de nivel superior, no podemos contar con que todas las personas sean leales y deberá efectuarse un chequeo si la desgracia llegase a ocurrir. En caso de que así suceda, los cuerpos serán retirados del lugar por el mismo conductor que los abastecerá por las siguientes semanas.
Se despide de usted:
Rey Jefe Bradley
.”
Una llave plateada se deslizó hasta las manos del alquimista de Fuego.
Aclaro, que Roy olvide el nombre de Edward no es mera coincidencia, esta aclarado creo en la segunda novela de FMA (a mi se me pego como tic antes de saber eso realmente) y bueno... las semi escenas... si, AQUELLAS ESCENAS... le digo algo? se tienen ganas xDD
repito: SIENTO MUCHISIMO QUE ESTE CAPITULO SEA CORTO!! tratare de traer la conti pronto, y se encontraran con un par de sorpresas, creo, porque si no es en el cap 4... sera en el 5 xDD
¿Crees que "Crepúsculo" se ha vuelto muy comercial y sientes que
no puedes decir "Edward" sin que una fangirl se te eche encima?
¿¡Hart@ de que al pronunciar "vampiro", inmediatamente te
relacionen con la novela!?
En breves palabras, si te ha gustado Crepúsculo, pero no eres de las fanáticas
que sólo leen por Edward Cullen... Copia y pega esto en tu firma x)
jajajajaja esta buenisimo (aunq corto) hey eso no es secreto para nadie ovbio q se tienen ganas !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! jajajajaja mmmmmmmmmmmmmm roy desvistiendose (babea babea) y sus pensamientos pornos........estuvo bueno jajaja donde consigo las novelas de fma?
SI SE TIENEN MUCHAS GANAS JAJAJAJ ¿que pasará? buscarán la niña o el niño
Muy buena conti! hasta sentí calorcito al imaginar el abdomen de Roy Mustang... con el sudor recorriendo su 'lavadero'... y ese Roy... controla tus instintos, sino tendras un equipo de futbol con Riza
aunque si hubiera sido mi Edo me da un infarto!!!! mi amore! yo te cuidare! me colare en la historia y conversaremos mucho mi vida!
mmm creo tener cierta idea del rumbo de la historia...
bueno CONTI RAPIDA!!!! porfis!
ah y SI, hace mucho preguntaste algo sobre un parental Ed, Roy, Riza, Al... LO APOYO INCONDICIONALMENTE!!!
hey, chicas, pues ando de linda y super feliz porque esta semana me ha sonreido un montonaso ^^ la suerte ha estado de mi lado y las cosas me han ido bastante bien. Sinceramente espero que esta racha de buena suerte no acabe nunca, y bueno, ya que ando con los ánimos así... les traje la conti ^^
y si, no estan soñando xDD pero primero, a los comentarios *w*
~Fire_Angel~ ah que tu sensei es linda xDDD pero te digo algo? esto es solo la introduccion, la verdadera accion vendra después, con la aparicion de homunculos, quimeras, peleas... misterios.... XD ok, muchos espoilers ><
eNvY_91 pues mira, compensando la cortidad (esa palabra existe??) traje esto esta semana espero que te guste y si, para todos es obvio que se tienen ganas >D aunque sere mala en el fic, lo prometo, no veran accion de ese tipo nunca (el foro no lo permite) asi que solo habra de esas escenas xDD
kokoro no tsuki hey, kokoro san, pasate por mi galeria y dime si no babeas xDD y bueno, pues dime el rumbo de la historia! estoy emocionada, cada quien se hace maquinaciones distintas de como avanza, y obviamente la autora se intereza por eso ^^ ah, y ves? traje la conti el mismo dia xDD solo esperaba tu comentario ^^
bueno, sin mas distracciones, mas notas de la autora al final ^^
Capítulo 3. Día uno
— Bien, repasemos.
— ¿Estamos abandonados y no podemos regresar a menos que estemos muertos? ¿Es eso lo que nos quieres explicar?
Eso era verdad. Creía que el gobierno era justo, y tener que morir en una misión no era muy grato.
— Así es. Y las órdenes…
— Hay que obedecerlas —completaron los demás.
Roy Mustang era el único oficial de rango alto que se encontraba entre todas las personas. Ser un Coronel del ejército también tiene sus beneficios.
— No nos podemos comunicar con nuestras familias —se escuchó de pronto.
— Eso también es verdad —afirmó Mustang releyendo uno de los papeles.
— Eso es injusto. O sea, cómo voy a decirle a mi hermano que estoy bien si ni siquiera puedo enviarle una carta —es voz era de Edward. Y el chico en realidad tenía razón, pero debió haber afrontado la realidad hace mucho.
— Debiste haber pensado en eso antes de aceptar la misión, Acero —la voz de Mustang sonó fría.
Todos los presentes sabían que tenían que tener respeto hacia su superior, pero ellos también tenían familia y no querían que ellos se comunicasen. Era como si, después de todo, se quisieran deshacer de ellos… pero había formas más fáciles de hacerlo y tenían que ver las cosas por un lado positivo: eran los mejores entre los mejores.
Mustang se aproximó hasta la enorme puerta de metal e ingresó la llave con cuidado, sentía las miradas de los demás tras de él, pero la llave no cedió.
— ¿Qué es esto? —preguntó tratando de abrir vanamente la puerta.
Los oficiales y reclutas se comenzaron a acercar a Mustang, que seguía tratando de abrir con la llave la puerta.
La llave crujió y se quebró en las manos del alquimista.
— ¿Uh?
¿Era posible que una llave de plata se quebrara en tus manos?
Mustang oyó murmullos tras de sí, y se preguntaban lo mismo que él.
— ¿Cómo entraremos ahora? —escuchó de pronto una voz femenina. Diablos, tenía que aprenderse los nombres de sus compañeros.
Era verdad. ¿Cómo ingresarían si la llave se había roto?
— Permiso, alquimista estatal especializado en transmutaciones desea pasar —esa definitivamente era la voz de Edward.
Mustang entrecerró los ojos y volteó con lentitud para observar a un chico rubio —casi no se distinguía entre las personas— avanzar con arrogancia hacia él.
— ¿Qué has dicho? —preguntó Roy sin entender.
Edward le quitó la llave de las manos y la inspeccionó.
— Platino, tres mil quilates —murmuró Edward y se quedó meditando—. No entiendo cómo se pudo romper si la fuerza de un humano no es capaz ni siquiera de doblarlo —agregó entregándole la llave nuevamente a Mustang.
El chico era un presumido. Los oficiales tras de ellos ya estaban murmurando que era un genio y todas esas cosas por el estilo —muy a su parecer era verdad— y no aguantaría que alguien fuera mejor que él.
— Crea otra puerta, acero, o haz que el cerrojo se ajuste a la llave. Puedes transmutarla, ¿cierto?
— Je, ¡claro que sí! Transmuto usualmente acero y no podría con algo de platino… Es estúpido, ¿sabes?
Tenía que enseñarle a comportarse.
— Ten un poco más de respeto con tus superiores o te comenzaré a llamar enano —amenazo Mustang.
— ¿Es una amenaza? —Mustang iba a responder y Edward continuó—. No te tengo miedo; además, de todas formas me llamas “enano”, Mustang.
“Chiquillo malcriado” era la única frase cuerda que cruzaba por la mente de Mustang. Ahora que lo pensaba, el chico estaba madurando.
Edward chocó sus manos y las apoyó sobre la puerta de metal. Rayos de tonalidades azuladas comenzaron a emerger desde la gruesa puerta de metal y cuando todo cesó, una puerta con un pestillo y un pomo estaban frente a ellos, del tamaño y magnitud suficientes para que hasta el más alto pudiera entrar.
— Un trabajo limpio, sin dudas —murmuró Roy, Edward sonrió.
— Bien hecho, enano —Oh no, las rabietas no…
Una palpitante vena crecía en la frente de Edward, que se volvió lentamente e irradiando una aura demoníaca.
— ¿Qué has dicho? —preguntó el molesto chico.
— Er…, bien hecho, jefe.
La vena de Edward se redujo un poco, pero su aura demoníaca no cedió ni un poco y pronto todos suspiraron aliviados cuando el chico se calmó, sentándose en un saco.
Mustang observaba la casona.
— Teniente —llamó Mustang.
— ¿Sí, señor? —un centenar de voces respondieron al llamado de Roy. Claro, había más de un teniente entre todos.
— Teniente Hawkeye, acérquese —la aludida se colocó al lado de su superior, esperando sus órdenes—. Quiero que haga una lista de todo lo que hay aquí afuera, haga un censo de cada persona aquí presente y esperen a mi retorno.
— ¿Puedo preguntar dónde se dirige, señor?
Mustang rió.
— Ya hizo la pregunta, pero iré a recorrer la casa antes de que todos ingresemos.
— Muy bien.
Roy abrió con suavidad el pomo de la nueva puerta e ingresó al lugar.
— Eh, Mustang, yo te acompaño —Edward se unió a su recorrido.
— No, ayúdale a la teniente.
— Pero…
— Nada de peros, esto lo hago yo solo —interrumpió Mustang a Edward.
El rubio se retiró haciendo un puchero y murmurando algo como “eres un egoísta”, cerrando tras de sí la puerta y dejando todo el silencio.
Roy sacó su reloj plateado de su bolsillo y miró la hora: eran las doce menos veinte.
— Un viaje de un poco más de tres horas…
Los pasillos eran amplios y se observaba una gran habitación destinada para los distintos horarios del día en que se comía: un gran mesón con varias sillas y unos muebles que de seguro contenían la loza y la utilería. Se apreciaban cinco puertas y una escalera que se alzaba sobre un pilar de madera.
Mustang abrió de una en una las puertas, observando cada detalle de cada una. La primera era una habitación con trece camas, y delante de ellas se encontraba un baúl —quizá para dejar las cosas de cada quién. La segunda puerta —contigua a la primera— contenía igualmente trece camas con un baúl. Eran idénticas. La tercera puerta era un baño, con varios retretes y lavamanos separados por cabinas y un gran espejo a lo largo. La otra puerta contenía un par de duchas y una pequeña ventanilla para que el vapor se alejara. La otra habitación estaba vacía —tal vez la destinaría para almacenar los víveres.
Subió las escaleras y quedó impresionado al ver la habitación. Era amplia y el techo estaba a unos dos metros desde el final de las escaleras; contenía varias ventanas con cristales reflectores —desde afuera no se veía en interior— y una gran mesa en el centro. Había varias cajas apiladas en distintos sectores que contenían: armamento y municiones, un centenar de granadas y papel con tinteros. Un mapa colgaba desde un pilar de madera y tenía una equis roja, señalando el punto exacto donde se encontraba la casona.
— Nos tenían todo preparado…
Mustang sonrió.
——
Los militares se encontraban sentados alrededor del gran mesón, con su bolso a sus pies y prestándole atención a Mustang.
— Bien, Coronel.
— Er —todos miraron a Mustang—. Quisiera pedirles que se presentaran como es debido, ya saben, para recordar sus nombres y—y tengamos una mejor comunicación.
Miradas interrogativas y muecas de aceptación se visualizaron.
— Yo soy Josué Buljubasich —se presentó un pelinegro de ojos castaños—. Mi especialidad es el manejo de armas de fuego.
— Richard Meza —alzó una mano otro rubio de ojos chocolate—. Especializado en exploración.
— Briggith Acosta —una mujer le sonrió al jefe en mando—. Especializada en curaciones y enfermedades de todo tipo.
— Woah, una doctora para nosotros —se escuchó en medio de la multitud. Los cadetes le miraron ceñudos—. Er… Yo soy Yerko Zamorano —el chico llevaba un corte de pelo estilo militar y unos ojos pequeños acompañaban su deslumbrante sonrisa.
— Mitsuki Pino —una pelirroja de ojos azules alzó su mano.
— Tamiko Pino —otra pelirroja de ojos celestes se presentó, sonriendo abiertamente y mostrando una gran sonrisa. Eran hermanas gemelas.
— ¿De dónde son ustedes? —preguntó Josué.
— Somos amestritas —respondió Mitsuki.
— Pero… sus nombres… ¿No son originarios de Xing?
— Sí; nuestro abuelo vivió en Xing y nuestros padres nos colocaron nombres de Xing, pero luego regresamos a Amestris, nuestras raíces y nuestros verdaderos orígenes —explicó Tamiko.
— Oh.
— Bueno, yo soy Dennisse Gutiérrez y junto con Briggith soy médico —una pelinegra de rizos y ojos color caoba se presentó.
Los demás se presentaron de igual forma, yendo desde explorador hasta especialista en armas.
En total habían: cuatro médicos, un mecánico, tres estrategas, dos alquimistas, diez francotiradores y cinco exploradores.
La mayoría de los nombres eran desconocidos para Mustang, quien tuvo que servirse de la lista de Hawkeye para memorizar los nombres.
El listado decía: “Roy Mustang, Josué Buljubasich, Richard Meza, Briggith Acosta, Edward Elric, Jean Havoc, Sol Alegría, Santiago Cáceres, Tiare Montesino, Rebecca Harnet, Martín de Mendoza, Mitsuki Pino, Tamiko Pino, María Ross, Denny Brosh, Yerko Zamorano, Nicolle Riveros, Christopher Rodríguez, Audrey Contreras, Dennisse Gutiérrez, Alexander Rubilar, Joaquín Hinzpeter, Jerónimo Cerón, Carlos Zenteno, Riza Hawkeye”
Mustang frunció los labios. ¡La minoría de los nombres que aparecían en aquella lista los conocía! Le tomaría tiempo aprenderse los nombres de los demás.
— Bien, chicos —los militares le prestaron atención— su primera orden es que escojan una cama en la que dormirán. Decidí que hombres y mujeres dormirán en dormitorios separados, ¿les parece bien? —todos asintieron (las mujeres con una gran sonrisa) y esperaron algo más que Mustang debería decir—. Bien, entonces creo que las ha…
— Chicas, esta habitación tiene una vista esplendorosa. ¡Vengan para acá!
Rebecca se encontraba en la puerta de la primera habitación, haciendo señas con las manos a las demás mujeres mientras los hombres no entendían nada.
Mustang se lamentaba, esa habitación la quería para ellos… Si intercedía quizá…
— Chicas, yo creo que… —en menos de un segundo todas las mujeres habían desaparecido en la primera habitación, con sus bolsos y cerrando la puerta.
Mustang suspiró. A duras penas aceptó que se tendrían que quedar con la otra habitación, pero en fin…
— Bien, chicos, vamos a instalarnos…
——
— Bueno, creo que todos estaremos cómodos aquí —comentó Mustang, cerrando su baúl.
— ¡Hey! ¡Yo no tengo cama!
Edward Elric se encontraba en el umbral de la puerta haciendo un berrinche, moviendo de arriba abajo los brazos y con una mueca de disgusto en su rostro.
— Bueno… No es nuestra culpa, jefe —comentó Alexander.
— Si hubieras entrado de inmediato tendrías un lecho como todos, pero decidiste ver lo que el frigorífico tení…
— ¡¡Ya sé lo que hice!! —interrumpió Edward de improviso a Brosh— . ¡Lo que no entiendo es por qué me dejaron a un lado!
Mustang suspiró y miró a Edward con cara de fastidio.
— Mira, acero —Roy comenzó—, somos catorce hombres en una habitación de trece camas…, alguno tenía que quedar fuera, y tú te demoraste, ¡así que no vengas a armar berrinches!
— Pero ¿dónde dormiré?
Algunos de los hombres lo miraron de soslayo y con una sonrisa pícara en su rostro.
— Con las damas, por supuesto.
—… ¿¡¡¡QUÉ!!!? —todos los hombres rieron—. ¿Cómo se les ocurre eso? ¡¡Yo no haré tal cosa!!
— Lo siento, acero, pero es tu única opción —dijo entre risas Roy.
— ¡Por supuesto que no! O-o sea, po-podría trans-transmutar o-otra ca-cama aquí y-y-y listo. ¿Qué dicen?
Los varones se miraron entre sí y sonrieron.
— Chico, te envidiamos, en verdad —comentó Yerko.
— ¿Entonces? ¿Por qué no te vas tú con las damas? —preguntó esperanzado Edward.
— Verás: soy un adulto y tú un niño —Edward ignoró lo de “niño” y esperó—. Los niños le caen mejor a las damas que los adultos, por eso es que tú eres el único que puede ir.
— Además —dijo Alexander al ver que Edward quería replicar—, en esta habitación no cabe otro catre, tendrás que dormir con las damas.
Edward no sabía si gritar de horror o ponerse a llorar por el abuso, pero no lloraría porque se lo había prometido a sí mismo, tampoco podía gritar porque lo tomarían como un cobarde, y él no era un cobarde. Miró suplicante a Roy, que se encogió de hombros y desvió la mirada.
— Por favor —musitó Edward.
Roy miró al chico por el rabillo del ojo y decidió intervenir.
— Bien, acero, yo te ayudo —dijo Roy mientras se levantaba. A Edward le brillaron los ojos.
— ¡GRACIAS, CORONEL BASTARDO!
— ¿Qué has dicho? —preguntó Roy con una creciente vena en su frente mientras los demás contenían su risa.
— ¿Y-yo? Na-nada, cómo se te o-ocurre, ja, ja, ja, ja —exclamó Edward notablemente nervioso. — ¿Y? ¿Vamos?
— Bien…
——
— Pobre chico —murmuró Briggith mientras doblaba una pieza de satén.
— Sí —asintió Audrey—. Me preguntó qué le estarán haciendo para que esté así de histérico.
Las damas guardaban con cuidado —a diferencia de los hombres— la ropa que utilizarían durante esos días. Algunas traían consigo piezas sencillas, pasando por aceptables hasta el punto de ser exhibicionismo.
— No creo que debas usar eso, Rebecca —reprendió Riza al observar el descarado satén de color negro que Rebecca sostenía en sus manos— Quizá los hombres podrían…
— ¡Ah, Riza! —exclamó Rebecca y sonrió—. No te preocupes, que es sólo para dormir en estas noches de calor y nada más.
— Mhmm. Eso espero.
Tres suaves golpes despertaron la curiosidad de las mujeres, desviando sus miradas hacia la puerta.
Recuerdan que mencioné la interferencia de un par de personajes? pues ya ven, allí se presentaron. Estoy tratando de no darles mucha importancia (y en un punto Edward toma bastante protagonismo de la historia) pero no se preocupe, cada acción tiene un motivo, ténganlo en cuenta, vale? así no habrá muchas confusiones, pues el aporte de cada OC es importante para el desarrollo de la obra y el de los personajes principales
Sin más, espero traerles conti la proxima semana, que ya me retiro de la escuela (digo, no de la escuela, pero sí de la mayoría de los examenes xD)
se cuidan, comenten, den sus espectativas, criticas, comentarios... Y PASENSE POR MI GALERIA QUE LA ACTUALICE!! >< y por mis otros fics, claro =D
yo... yo comparto la cama con ED ^^ ¬¬ esta bien tal vez exagere un poquito jajaja
Dios! Mustang en ocaciones es tan tan Roy!!!
Edward mi vida es mi vida! yo te protejo de las chicas que quieran abusar de ti... o le digo a mami Riza que te cuide ^^
es mi imaginación o es parental?
hey, kokoro san, pasate por mi galeria y dime si no babeas xDD y bueno, pues dime el rumbo de la historia! estoy emocionada, cada quien se hace maquinaciones distintas de como avanza, y obviamente la autora se intereza por eso ^^ ah, y ves? traje la conti el mismo dia xDD solo esperaba tu comentario ^^
^//^ diste justo en mi ego *se levanta altaneramente* el rumbo de la historia te lo digo en un mp, debo acomodar unas cositas
CONTI!!!! QUIERO CONTI!!!! O PROVOCARE UNA REVOLUCIÓN >.<
Cuánta fuerza hay detrás de la debilidad del
amor...
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Awwwww mi vida!!! X333
Edward estará solito con las mujeres!! xD
Ya quiero leer eso OwO
Seguramente peinarán su cabello, y dirán frases como: Lindura! Amo tu cabello rubio! No tenía idea que un genio alquimista podría ser tan tierno! Ahora hagámosle dos coletas!
Ok ya, dejé a mi imaginación volar demasiado ^^U
Pero sería bastante bello leerlo X3
Y por supuesto, su única protectora y defensora, sería Riza....creo xD
Por otro lado, me gustó la descripción de la casa. Ay que envidia les tengo u.ú
pero de todas formas, qué bueno que sólo soy lectora!
No me gustaría quedarme incomunicada con mis familiares!
Bien sin más que decir, excepto que no te tardes en poner conti...
Ah! Y que esa buena racha no se te vaya nunca!!
¿Crees que "Crepúsculo" se ha vuelto muy comercial y sientes que
no puedes decir "Edward" sin que una fangirl se te eche encima?
¿¡Hart@ de que al pronunciar "vampiro", inmediatamente te
relacionen con la novela!?
En breves palabras, si te ha gustado Crepúsculo, pero no eres de las fanáticas
que sólo leen por Edward Cullen... Copia y pega esto en tu firma x)
Última edición por ~Fire_Angel~; 27-ago-2009 a las 20:46.
ayyyyyyyyyyyyyy gracias jajajaja esta muy bueno
hey si en vez de ed se qda roy? jejejeje ^/////^
este.... la llave se rompio xq el señor q los
llevó es mas fuerte de lo q aparenta y
él tenía la llave no? jujujuju
esto se está poniendo mas interesante
hey como es eso q el foro no permite ese tipo de relatos y/o escenas?
yo tengo unos oneshots q un amigox me regaló y q stoy intentando
me deje publicarselos xq (no es por q sea mi amigo) estan buenos
^^ si son echi (se escribe así?) uno es royai y el otro envyxriza Owo yeap
envyxriza jujuju supongo entonces q debo dejar de insistirle
volviendo a tu fic espero q salgas bien en los exámenes así hay contis más seguidas^^
jajajaja pobre roy le ganaron el mejor cuarto q horrible q te pase eso no?
wii... mis lectoras favoritas ya dejaron sus comentarios ^^
ahora, les dejo sorpresaaa!! siii!! una imagen!! xD mentira, es conti ^^
pero primero, comentarios ^^
kokoro no tsuki Parental? has olvidado las advertencias al comienzo del fic o tengo que colocarlas en cada capi para que no las olvides? si, mujer, habra parental... no lo niego, pero descuida, que Riza lo cuidara ^^ no sabes lo que les espera... y lo siento, por mucho que quieras compartir su cama, estoy yo xDD nah, mentira, esta solito ^^
y creo que no subire mas imagenes de Ed asi... es un riesgo para tu salud...
~Fire_Angel~ creo que dejaste volar mucho tu imaginacion... Edward esta un poco grandecito como para permitir eso xDD y lo se, pero por alli estoy metida yop y una prima (el nombre de uno de los miembros es de la vida real o.o) y bueno, algun dia me asesinare u_u
eNvY_91 ay, chica... no sabes lo que ignoras... u_u ah, no te preocupes... para ese Roy ya vera lo que le pasa por querer eso xDD (spoilers, dios santo!) y nop, en las reglas del foro dice que no esta permitido el lemon porque para eso hay sitios (pero del lime no dice nada ) y pasame ese fic EnvyXRiza!! no sabes los que me he imaginado yo con GreedRiza xDD
ok, ahora el cap ^^ y con el un comentarios... las frases colocadas en color representan el pensamiento de los personajes, vale? ^^ ENJOY IT!
Capítulo 5. Defensa
Día uno, parte tres
— ¡Pase! —murmuró animadamente Tiare.
El pomo de la puerta giró con lentitud —como si tuviese miedo de abrir la puerta— y se asomó un niño… No, era Edward que estaba encogido y temblando levemente. Rebecca instintivamente guardó su “pijama” debajo de más ropa y sonrió con nerviosismo.
— Ed, qué sorpresa… ¿Qué deseas?
Edward ingresó a la habitación con nerviosismo; se sentía extraño —incluso se imaginaba que el lugar estaba pintado de rosa— y comenzó a juguetear con sus manos.
— Er, y-yo…necesi-sito u-una ca-cama para do-dormir y-y pensé q-que tal vez us-ustedes me po-podrían dar una pa-para cambiarla d-de habitaci-ción.
— Vaya, Ed, pensé que ibas a ser más persuasivo…
Roy Mustang hizo presencia en la habitación con el ceño fruncido, mirando de forma reprochadora a Edward. Éste mantenía la cabeza gacha con sus labios tensionados, temblando levemente.
— Pobrecillo —dijo Sol, lanzándose de la cama y parándose al lado de Edward—. ¿Qué te han hecho esos bastardos de los hombres?
— ¡Oye! No le hemos hecho nada —refunfuñó Mustang.
— Sí, Claro, cómo no, y yo seré la Reina de China —Sol abrazó a Edward, ladeándose un poco para mirar con rencor a Mustang y alejar a Edward de Roy—. ¿Sabes, inútil? Desde aquí se escuchaban los gritos del muchacho.
— Em… ¿Dónde está China? —preguntó Dennisse.
— Sepa Dios dónde está, lo dije por el momento —respondió Sol.
— Oh.
Mientras tanto, Mustang estaba tirado en el piso con una pequeña crisis existencial sobre su utilidad en este mundo. Ahora que lo pensaba…
— ¡Oye, no está lloviendo! —exclamó incorporándose.
— ¿Quieres que llueva? —preguntó Mitsuki.
— Sí, digo, no, o sea… ¡AH! Lo que sucede es que Edward necesita una cama para dormir —explicó Mustang.
— ¿Y por qué no le das la tuya? —preguntó Tamiko.
— ¡Oh! Sabía que mi virilidad no iba a ser ignorada por ellas, ja, ja, ja Bueno, yo le doy mi cama y duermo aquí, con ustedes.
La habitación de las mujeres se llenó de una repentina tensión, siendo ésta acompañada por una dosis de inusual silencio y dando paso a instintos asesinos que podían producir daños irreparables.
— Oh, así que te quieres aprovechar de nosotras…
— No te basta con las mujerzuelas de Central que nos anda comparando con ellas…
— Sigue siendo un miserable “Don Juan”, Coronel.
Roy comenzó a sudar frío. Las damas estaban malinterpretando todo lo que tenía en mente.
— ¿Sabe? Creo que en este mismo instante comenzará a llover —murmuró María con una voz sádica.
Los ojos de las mujeres adquirieron un pequeño toque de malicia, y sus manos desaparecieron bajo la cama.
— Er…, no entendí —dijo Mustang, frunciendo el ceño con nerviosismo.
— Oh, no se preocupe, que la tormenta llega en:
— Uno.
— Dos.
Mustang tragó con dificultad.
— ¡¡TRES!!
Una lluvia de zapatos de toda clase comenzó a volar por la habitación, dándole en distintos puntos al cuerpo de Mustang.
¡Ah, ouch, d’oh, uh, aaaaah! Roy cayó al suelo. … Au… ¿¡Qué demonios hace un zapato de tacón en el vestuario de una mujer práctica!?
La tensión no desapareció de la habitación, mientras Mustang temblaba levemente, con la mirada perdida y varias partes de sus ropas marcadas con la suela de algún zapato femenino. En algún lugar de la habitación descansaba un zapato de tacones altos, que había dejado una linda marca en el párpado superior del ojo izquierdo de Mustang.
— Pobrecillo…
Varias mujeres se reunieron alrededor de Edward, que en medio de tantos personajes del sexo opuesto se comenzó a sentir incómodo, un poco temeroso y a la vez tranquilo.
— Ahora comprendo su grito de horror.
— De seguro le dijeron que se tenía que acostar con alguno de esos papanatas.
— No le dijimos nada de eso —defendió Mustang.
— No te preocupes, Edward, que no tendrás que convivir con esos inútiles; dormirás en nuestra habitación para que no te sientas incómodo con los salvajes de los hombres —sentenció Rebecca.
¡Qué edad creen que tengo! ¿Diez años? Pero…bueno, no me costó tanto convencerlas de dormir en su habitación… Creo que le debo una al Coronel… ¡Ouch!
Edward se reprendía mentalmente por dejar que todo fluyese sin tener que interferir, pero por lo menos no se enfrentó a una serie de seguros malos pensamientos y lo mejor de todo es que se había vengado de todos los malos ratos que Mustang le había causado. Y, porque nada es gratis, ya que Mustang tenía heridas y su orgullo había quedado por el piso, le debía un maldito favor.
Pero como dicen, un caballero no tiene memoria. Una risa demoníaca terminó con los pensamientos de Edward.
Por otro lado, las mujeres estaban sacando arrastrando al inconsciente cuerpo de Mustang luego de haberle dado de patadas por comenzar a mirarles las piernas, dejándolo apoyado en la puerta de los hombres para que cuando abriesen la puerta cayera de espaldas y se golpeara la cabeza. Posteriormente, ingresaron nuevamente a la habitación y una de ellas cerró la puerta con suavidad; las miradas se posaron en Edward, el nuevo miembro no oficial de la membrecía femenina.
— Muy bien, Ed —María se sentó en la cama más cercana frente a Edward, imitándola así el resto de las mujeres—, ahora trataremos las condiciones de que te quedes en nuestra habitación.
— ¿Condiciones? —preguntó Edward sin entender.
— Exacto.
— No pensarás que te quedarás así como así, ¿o si?
— Por supuesto que no, es un “intercambio equivalente”, ¿o no?
¿Poseen telepatía? Pensó Edward
— Er…
— Muy bien, ¡comencemos! —exclamó una animada Rebecca.
Maldita fuera la ley de intercambio equivalente.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
Mustang estaba en una soleada playa. El día era cálido con una fresca brisa proveniente del mar y una que otra blanquecina nube cubría el intenso cielo azul. Miles de mujeres jóvenes paseaban por la blanca arena, con sus bikinis ceñidos y sus cabellos sueltos al aire.
El paraíso sí existía, y él lo estaba visitando.
Decidió acercarse a un par de morenas para entablar conversación. Al llamarlas ellas se detuvieron, volteándose con una sonrisa en su rostro y…
— ¡¡AAAAAHH!!
Roy yacía en el piso tosiendo descontroladamente, con la respiración agitada y una sensación incómoda en sus fosas nasales. Tenía el pecho mojado, cubierto por helada agua y su cabello alborotado debido a la impresión. Unas bonitas piernas estaban frente de él, dobladas junto a unos turgentes pechos. Comenzó a levantar la vista —al parecer sólo la marea había subido— y…
— ¿Hawkeye?
— ¿Está bien, señor?
Riza estaba sentada de cuclillas frente a Roy, sosteniendo una jarra en una de sus manos y conservando el equilibrio con la otra. A Roy se le desencajó la quijada al verla en fachas tan…divinas. No era de todos los días verla usar un pantalón corto que casi llegaba a la línea del bikini ni una sudadera ajustada con escote en V.
El estómago de Mustang rugió ferozmente, demostrando que estaba de acuerdo con la idea de comer.
Riza se levantó con cuidado y le ofreció una mano a Roy para que se levantase. Mustang aceptó aun ido, con esa estúpida mirada en su rostro y la saliva juntándosele en la boca.
Un rayo de luz lo devolvió a la realidad.
— ¿Eh? —exclamó colocando un brazo frente a sus ojos—. ¿Qué hora es?
— Son las siete de la tarde.
— ¿Siete? —repitió Roy impresionado.
— Sí. Pregunté a la hora de almuerzo por usted, pero dijeron que estaba ocupado organizando a los demás. Cuando lo fui a buscar me dijeron que estaba tomando el sol y llegué aquí —explicó Hawkeye.
— Pero ¿por qué se demoró tanto en encontrarme?
— Estaba organizando los animales, las frutas, las verduras… cosas que, por cierto, debería estar organizando usted, señor —enfatizó Riza.
Mustang frunció su ceño, desviando la mirada en un acto de niño mimado.
— Muy bien. Tengo hambre.
Roy comenzó a caminar y pronto sintió una extraña sensación en su espalda, algo que hacía temblar su espina dorsal y que tensaba todos sus músculos. Era improbable que hubiera peligro. Mustang volteó, temeroso; la mirada de Riza estaba cargada de maldad, con una mueca que la hacía parecer una niña chitita con un berrinche.
— ¿Qué?
Hawkeye bufó y comenzó a farfullar cosas inconfundibles, pasando tensada al lado de Mustang.
— ¿Qué? —volvió a preguntar Mustang,
— ¡Ah!, ¡Nada! —y Hawkeye desapareció en la casona.
-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-º-.-
— ¡Esto está delicioso!
Los hombres comían con ansias la humeante sopa que tenían delante, con las cucharas llenas de más y dejando sucio por todas partes. Las mujeres estaban sirviendo el alimento con cuidado y depositando cada plato delante de los demás.
Acabado de servir el último plato, todas las damas suspiraron y se sentaron, dispuestas a comer. Los hombres se levantaron, haciendo chirriar las sillas y desapareciendo en la habitación de “ellos”.
— ¡Quiero más! ¿Puedo comer más sopa, señoritas?
Edward era el único hombre que continuaba sentado en la larga mesa, estando ubicado al otro lado de la habitación alejado totalmente de las damas.
— Muy bien, Ed —aceptó Sol—. Acércate a nosotras para servirte más.
Edward se acercó con su plato y se lo entregó a Sol, sentándose al lado de alguien a quien no había visto.
— ¿Quién eres? —preguntó Edward, curioso.
Una fría mirada se posó en los ámbares ojos de Edward, produciéndole un escalofrío en su espalda y dejándolo congelado en su puesto. La extraña mujer se levantó, dejando su plato a medio comer y desapareció por la puerta de atrás.
— Bien, Edward, ¡aquí está tu sopa! —exclamó alegre Sol.
— Yo… se me quitó el apetito.
Edward se levantó y subió al segundo piso, dejando a una indignada Sol y a un extrañado grupo de mujeres.
Estando ya Edward en la soledad del ático, comenzó a observar la cantidad de mapas que había en la habitación y el tono plateado que había adquirido la tarde, estando a tan sólo unos minutos para que la noche hiciese presencia.
Aquella noche, Edward no durmió con las mujeres, y su mente divagó por las estrellas.
ok, tomatazos.. aqui estoy >< espero haya sido de su agrado y disfruten viendo sufrir a Mustang, porque tratare de hacerlo ver seguido ^^
y bueno... ya vamos a la mitad!! que felicidad!! (y tristeza... debo avanzar con las contis ñ_ñ)
yo imaginaba algo totalmente diferente... creo que esta vez la conti fue emmm
no sé... 'rara' no me convencio del todo (además de que no me dejarón dormir con Ed ¬¬)
pero bueno, WII MITAD! jajaja yo quisiera tener historias cortas pero siempre termino haciendo una biblia con cada una -_-'
bueno espero la conti y ese intercambio me hace sospechar cosas muy perversas jajaja
por cierto lo de Riza no me dio buena espina... pero a la vez me dio la impresión de algo inocente, no sé que valla a pasar realmente, aunque emmm puede ser que...
Wiii parental! bueno es que leo muchas cosas y no puedo recordar todo lo que leo (aunque la mayoria de mi lectura son libros, porque como bien te dije odio leer en internet, pero a veces me sacrifico ^^)
Cuánta fuerza hay detrás de la debilidad del
amor...
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Wheee conti!! ^^
Pues he de decir que le tuve lástima a Roy
Se pasaron, y no me esperaba esa actitud de María para con él xD
Aunque sí, concuerdo con kokoro....siento que esta conti estuvo rarita y no me la esperaba en lo absoluto.
Claro, dejando de lado lo que mi imaginación me permitió ver, no creas que digo eso
porque no lo pusiste como quería n ñU
Sin embargo, me gustó ^^ así que esperaré con ansias lo que sigue!
Aquella noche, Edward no durmió con las mujeres, y su mente divagó por las estrellas
o.Ó
eso podría interpretarlo como que durmio en el techo xD
Pero sé que no es asi, descuida ^^
¿Crees que "Crepúsculo" se ha vuelto muy comercial y sientes que
no puedes decir "Edward" sin que una fangirl se te eche encima?
¿¡Hart@ de que al pronunciar "vampiro", inmediatamente te
relacionen con la novela!?
En breves palabras, si te ha gustado Crepúsculo, pero no eres de las fanáticas
que sólo leen por Edward Cullen... Copia y pega esto en tu firma x)