Historias y Leyendas v3 - Página 3 - Foros DZ
Foros DZ
Bienvenido a Foros DZ.

Si es tu primera visita, quizás deberías visitar la Ayuda para aprender un poco sobre el uso de los foros. Es posible que tengas que registrarte antes de poder iniciar temas o dejar tu respuesta a los temas de otros usuarios: haz clic en el enlace 'registrarse' para crear tu cuenta. Para empezar a ver mensajes, selecciona el foro que quieres visitar de la lista de abajo.

Identificarse:

Avisos


Respuesta
hombre Antiguo 09-sep-2008
 
Avatar de SILVERSHADOW
Anti-hero
el cuervo



Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!
__________________
με απελευθέρωσε από τις αλυσίδες μου και ας ανεβαίνουν ψυχή μου (liberame de mis cadenas y deja ascender my alma)

Bunzen quiere ser fuerte, has click:
SILVERSHADOW no ha iniciado sesión   Responder Citando
hombre Antiguo 14-sep-2008
 
Avatar de Soichiro
En las nubes
EL VÍDEO FANTASMA

C.C.K. [FOLCLORISTA]: Contadme lo que habéis oído sobre Tres hombres y un bebé.

VIRGINIA: ¡Lo hemos visto!

KIM: Sí, al fantasma.

VIRIGINIA: Hay un chico de pie detrás de las cortinas.

KIM: Sí, Ginny tiene la cinta. Se la podemos enseñar.

VIRGINIA: Dicen que el chico ese vivía en el apartamento donde se rodó la película.

KIM: El hijo de la señora que les alquiló el edificio para hacer la película se pegó un tiro allí.

C.C.K.: ¿Se pegó un tiro?

VIRGINIA: Dicen que en otra parte de la película se puede ver el rifle que usó y que nadie sabía que estaba allí.

C.C.K.: ¿Habéis visto el arma?

VIRGINIA: Todavía no la hemos buscado.

KIM: Yo sólo he podido ver al niño porque alguien me dijo que estaba; no lo había visto. Había visto la película otras tres veces antes y no me había dado cuenta. Se le ve muy bien. No sé cómo no lo había visto.

C.C.K.: ¿Cómo es?

VIRGINIA: Parece un chico de unos trece o catorce años.

KIM: Tendría unos trece años y el pelo oscuro y está de pie. Hay como una ventana y está en las cortinas, como entre las cortinas. En una entrevista a Ted Danson le preguntaron qué opinaba. Dijo que se había cagado de miedo. Dijo que no se había dado cuenta. No se dio cuenta hasta que vieron la película.

C.C.K.: ¿Cómo se les pasó a los montadores?

VIRGINIA: Eso es lo extraño. Que no lo vieran mientras la montaban.

KIM: La madre del chico lo vio y dijo que era él.

VIRGINIA: ¿Te parece que puede ser una planta?

KIM: No. Bueno, puede que sí.

VIRGINIA: Lo que no entiendo es por qué la gente que vio la película no se dio cuenta. La primera vez nadie lo vio. Nadie se enteró.

KIM: Yo no lo vi. Vi la película unas cuantas veces y no lo vi hasta que me lo dijeron. Está como al fondo. Puedo entender que no lo vieran. Pero los está mirando. Bueno, tuve que quitar la película. Tuve que quitarla y bajar con los demás, porque la estaba viendo arriba sola.

C.C.K.: ¿Se le ve la cara?

KIM: Sí. Claramente.


UNA FORMA TIRADA DE VENDER INMUEBLES

Gana a su competidora más próxima, la Santísima Virgen, por cinco a uno en la tienda del centro Tonini Church Suply Co. Lo busca gente que no sabe distinguir un rosario de un escapulario.

Es san José, santo patrono de la familia y las necesidades del hogar, y agente inmobiliario sin titulación.

Cada vez más agentes y vendedores de casas de la región de Louisville están enterrando estatuas de san José en el césped y pidiendo su intercesión para atraer compradores. La práctica, que es popular en Chicago y en las costas Este y Oeste, se está propagando de boca en boca.

"Es una locura. Las estatuas no nos duran nada -dice Bill Tonini, vicepresidente de la empresa de proveedores más importante, según dicen, de material religioso del sur-. Cantidad de agentes inmobiliarios están convencidos de que funciona."

Tonini nos contó que cada semana vende entre 250 y 300 figuras de san José, que fue carpintero de profesión. Tonini vende la estatua en varios tamaños y materiales, con precios que van desde uno a ocho dólares.

La popularidad del santo ha llegado a propiciar la creación de una empresa de venta por correo en Modesto, California, que vende por ocho dólares una figura de san José de plástico de unos ocho centímetros y las instrucciones para enterrarlo. Karin Reenstierna, copropietaria de la empresa, Inner Circle Marketing, dice que su compañía ha vendido más de cuatro mil figuras desde diciembre.

Según Reenstierna, la costumbre de enterrar la figura del santo empezó hace siglos en Europa, donde las monjas enterraban medallas de san José y le rezaban para conseguir más tierras para sus conventos...

La Iglesia católica no se ha pronunciado oficialmente sobre la práctica de enterrar santos con fines comerciales, según Rosemary Bisig Smith, directora de comunicación de la archidiócesis de Louisville.

Pero, tras consultarlo con varios sacerdotes, Smith dijo: "Desde luego, no nos importa que se le tenga una devoción tan grande a san José, lo que nos preocupa es que la gente recurra a esta práctica en beneficio propio".

Reenstierna enseña a sus clientes cómo deben enterrar al santo: de cabeza, con los pies hacia el cielo y de cara a la calle. Debe ir envuelto en plástico y estar cerca del cartel de "Se vende".

Para animar a san José a que se ponga en marcha, los vendedores aconsejan decir las siguientes palabras antes de meterlo en la tierra:

"Oh, san José, guardián de las necesidades del hogar, sabemos que no te gusta estar enterrado cabeza abajo, pero cuanto antes se cierre el trato, antes te sacaremos de ahí y te pondremos en un lugar de honor en nuestra nueva casa. Por favor, proporciónanos una oferta aceptable (o cualquier oferta) y ayúdanos a conservar nuestra fe en el mercado inmobiliario".


EL DIABLO EN LA DISCOTECA

Una chica le dijo a su madre que se iba a bailar a Boccaccios 2000 [una discoteca]. Su madre se opuso y la chica le dijo que iba a ir de todas maneras. Total, que, antes de que la chica saliera por la puerta, la madre le dijo: "Pues si vas, espero que te encuentres con el Diablo".

Cuando ya estaba en Boccaccios notó de repente un revuelo entre las chicas, causado por un joven que acababa de entrar. Todo el mundo dice que era guapísimo, irreal. También se dice que iba impecablemente vestido.

Al cabo de un rato, se acercó a la chica y le preguntó si quería bailar y ella estaba encantada de que la hubiera elegido entre todas las demás. Pero, mientras bailaban, la chica se dio cuenta de que todos a su alrededor se apartaban y los miraban con extrañeza. Al observar a su acompañante, vio que no estaba bailando en el suelo [es decir, que estaba flotando en el aire].

Se quedó pasmada y, al mirarle mejor, se dio cuenta de que tenía pies de animal. Entonces se puso a gritar e intentó zafarse de él, pero el hombre la agarró con fuerza y soltó una carcajada sonora y misteriosa. Al agarrarla, la quemó en los hombros. Otro hombre intentó ayudar a la chica y también salió quemado. En medio de aquella conmoción, el hombre, que ahora ya todos sabían que era el Diablo, desapareció. Nadie sabe cómo o cuándo. Lo único que saben es que dejó una estela de olor a azufre. Oyeron una carcajada espeluznante. Pero nadie sabe cómo se fue.
__________________
El infierno puede ser divertido si vamos todos juntos

Última edición por Soichiro; 28-sep-2008 a las 15:07.
Soichiro está en línea   Responder Citando
hombre Antiguo 26-ene-2009
 
Avatar de Asdf!
Sin estado
El gato negro

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.

Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.

Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.

Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.

Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.

Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.

El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible.

La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.

No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal.

Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver.

Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar.

Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.

Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él.

Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer.

Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste.

Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros.

El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.

Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón.

Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.

Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.

Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.

No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano".

Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.

Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.

Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.

-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez.

Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación.

Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!.

Edgar Alan Poe





"Manos"

Martina, Camila y Oriana eran amigas amiguí¬simas.
No sólo concurrían a la misma escuela sino que —también— se encontraban fuera de los horarios de las clases. Unas veces, para preparar tareas escola¬res y otras, simplemente para estar juntas.
De otoño a primavera, las tres solían pasar algu¬nos fines de semana en la casa de campo que la familia de Martina tenía en las afueras de la ciudad.
¡Cómo se divertían entonces! Tantos juegos al aire libre, paseos en bicicleta, cabalgatas, fogones al anochecer...
Aquel sábado de pleno invierno —por ejemplo—lo habían disfrutado por completo, y la alegría de las tres nenas se prolongaba —aún— durante la cena en el comedor de la casa de campo porque la abuela Odila les reservaba una sorpresa: antes de ir a dormir les iba a enseñar unos pasos de zapateo americano, al compás de viejos discos que había traído especialmente para esa ocasión.
Adorable la abuela de Martina. No aparentaba la edad que tenía. Siempre dinámica, coqueta, de buen humor, conversadora. Había sido una excelente bailarina de "tap"1. Las chicas lo sabían y por eso le habían insistido para que bailara con ellas.
—¿Por qué no lo dejan para mañana a la tardecita, ¿eh? Ya es hora de ir a descansar. Además, la abuela no paró un minuto en todo el día. Debe de estar agotada.
La mamá de Martina trató —en vano— de conven¬cerlas para que se fueran a dormir a las cuatro y no sólo a las niñas, porque la abuela tampoco estaba dispuesta a concluir aquella jornada sin la anunciada sesión de baile. Así fue como —al rato y mientras los padres, los perros y la gata se ubica¬ban en la sala de estar a manera de público— la abuela y las tres nenas se preparaban para la fun¬ción casera de zapateo americano.
Afuera, el viento parecía querer sumarse con su propia melodía: silbaba con intensidad entre los árboles.
Arriba —bien arriba— el cielo, con las estrellas escondidas tras espesos nubarrones.
La improvisada clase de baile se prolongó cerca de una hora. El tiempo suficiente como para que Martina, Camila y Oriana aprendieran —entre risas— algunos pasos de "tap" y la abuela se quedara exhausta y muy acalorada.
Pronto, todos se retiraron a sus cuartos.
Alrededor de la casa, la noche, tan negra como el sombrero de copa que habían usado para la función.
Las tres nenas ya se habían acostado. Ocupaban el cuarto de huéspedes, como en cada oportuni¬dad que pasaban en esa casa.
Era un dormitorio amplio, ubicado en el primer piso. Tenía ventanas que se abrían sobre el parque trasero del edificio y a través de las cuales solía filtrarse el resplandor de la luna (aunque no en noches como aquella, claro, en la que la oscuridad era un enorme poncho cubriéndolo todo).
En el cuarto había tres camas de una plaza, colocadas en forma paralela, en hilera y separadas por sólidas mesas de luz.
En la cama de la izquierda, Martina, porque prefería el lugar junto a la puerta. En la cama de la derecha, Camila, porque le gustaba el sitio al lado de la ventana.
En la cama del medio, Oriana, porque era mie¬dosa y decía que así se sentía protegida por sus amigas.
Las chicas acababan de dormirse cuando las despertó —de repente— la voz del padre. Termina¬ba de vestirse —nuevamente y de prisa— a la par que les decía:
—La abuela se descompuso. Nada grave —cree¬mos—, pero vamos a llevarla hasta el hospital del pueblo para que la revisen, así nos quedamos tranquilos. Enseguida volvemos. Ah, dice mamá que no vayan a levantarse, que traten de dormir hasta que regresemos. Hasta luego.
¿Dormir? ¿Quién podía dormir después de esa mala noticia? Las chicas no, al menos, preocupa¬das como se quedaban por la salud de la querida abuela. Y menos pudieron dormir minutos des¬pués de que oyeron el ruido del auto del padre, saliendo de la casa, ya que a la angustia de la espera se agregó el miedo por los tremendos rui¬dos de la tormenta que —finalmente— había decidi¬do desmelenarse sobre la noche.
Truenos y rayos que conmovían el corazón.
Relámpagos, como gigantescas y electrizadas luciérnagas.
El viento, volcándose como pocas veces antes.
—¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo! —gritó Oriana, de repente.
Las otras dos también lo tenían pero permane¬cían calladas, tragándose la inquietud.
Martina trató de calmar a su amiguita (y de cal¬marse, por qué negarlo) encendiendo su velador. Camila hizo lo mismo.
La cama de Oriana fue —entonces— la más ilumi¬nada de las tres ya que —al estar en el medio de las otras— recibía la luz directa de dos veladores.
—No pasa nada. La tormenta empeora la situa¬ción, eso es todo —decía Martina, dándose ánimo ella también con sus propios argumentos.
—Enseguida van a volver con la abuela. Seguro —opinaba Camila.
Y así —entre las lamentaciones de Oriana y las palabras de consuelo de las amigas más coraju¬das— transcurrió alrededor de un cuarto de hora en todos los relojes.
Cuando el de la sala —grande y de péndulo— marcó las doce con sus ahuecados talanes, las jovencitas ya habían logrado tranquilizarse bastan¬te, a pesar de que la tormenta amenazaba con tornarse inacabable.
Las luces se apagaron de golpe.
—¡No me hagan bromas pesadas! —chilló Oriana—¡Enciendan los veladores otra vez, malditas! —y asustada, ella misma tanteó sobre las mesitas para encontrar las perillas.
Sólo encontró las manos de sus amigas, hacien¬do lo propio.
—¡Yo no apagué nada, boba! —protestó Camila.
—¡Se habrá cortado la luz! —supuso Martina.
Y así era nomás. Demasiada electricidad hacien¬do travesuras en el cielo y nada allí —en la casa— donde tanto se la necesitaba en esos momentos...
Oriana se echó a llorar, desconsolada.
—¡Tengo miedo! ¡Hay que ir a buscar las velas a la cocina! ¡Hay que bajar a buscar fósforos y velas! ¡O una linterna!
—"¡Hay que!" "¡Hay que!" ¡Qué viva la señorita! ¿Y quién baja, ¿eh? ¿Quién?—se enojó Camila—. Yo, ¡ni loca!
—¡Yo tampoco! —agregó Martina—. Esta Oriana se cree que soy la Superniña, pero no. Yo también tengo miedo, ¡qué tanto! Además, mi mamá nos recomendó que no nos levantáramos, ¿recuerdan?
Oriana lloraba con la cabeza oculta debajo de la almohada.
—Buaaaah... ¿Qué hacemos entonces? ¡Me muero de miedo! Por favor, bajen a buscar velas... Sean buenitas... Buaaah...
Martina sintió pena por su amiga. Si bien eran de la misma edad, Oriana parecía más chiquita y se comportaba como tal. Se compadeció y actuó —entonces— cual si fuera una heramana mayor.
—Bueno, bueno; no llores más, Ori. Tranquila... Se me ocurrió una idea. Vamos a hacer una cosa para no tener más miedo, ¿sí?
—¿Q--ué..? —balbuceó Oriana.
—¿Qué cosa? —Camila también se mostró intere¬sada, lógico (aunque seguía sin quejarse, el temor la hacía temblar). Martina continuó con su explicación:
—Nos tapamos bien —cada una en su cama— y estiramos los brazos, bien estirados hacia afuera, hasta darnos las manos.
Enseguida, lo hicieron.
Obviamente, Oriana fue la que se sintió más amparada: al estar en el medio de sus dos amigas y abrir los brazos en cruz, pudo sentir un apretoncito en ambas manos.
—¡Qué suertuda Ori!, ¿eh? —bromeó Camila.
—Desde tu cama se recibe compañía de los dos lados...
—En cambio, nosotras... —completó Martina— só¬lo con una mano...
Y así —de manos fuertemente entrelazadas— las tres niñas lograron vencer buena parte de sus miedos.
Al rato, todas dormían.
Afuera, la tormenta empezaba a despedirse.
Gracias a Dios, la abuela ya se siente bien —les contó la madre al amanecer del día siguiente, en cuanto retornaron a la casa con su marido y su suegra y dispararon al primer piso para ver cómo estaban las chicas—. Fue sólo un susto. Como —a su regreso— las niñas dormían plácidamente, la abuela misma había sido la encargada de despertarlas para avisarles que todo estaba en orden. ¡Qué alegría!
—Así me gusta. ¡Son muy valientes! Las felicito —y la abuela las besó y les prometió servirles el de¬sayuno en la cama, para mimarlas un poco, des¬pués de la noche de nervios que habían pasado.
—No tan valientes, señora... Al menos, yo no... —susurró Oriana, algo avergonzada por su compor¬tamiento de la víspera—. Fue su nieta la que consiguió que nos calmáramos...
Tras esta confesión de la nena, padres y abuela quisieron saber qué habían hecho para no asustar¬se demasiado.
Entonces, las tres amiguitas les contaron:
—Nos tapamos bien, cada una en su cama como ahora...
—Estirarnos los brazos así, como ahora...
—Nos dimos las manos con fuerza, así, como ahora...
¡Qué impresión les causó lo que comprobaron en ese instante, María Santísima! Y de la misma no se libraron ni los padres ni la abuela.
Resulta que por más que se esforzaron —estiran¬do los brazos a más no poder— sus manos infantiles no llegaban a rozarse siquiera.
¡Y había que correr las camas laterales unos diez centímetros hacia la del medio para que las chicas pudieran tocarse —apenas— las puntas de los dedos!
Sin embargo, las tres habían —realmente— senti¬do que sus manos les eran estrechadas por otras, no bien llevaron a la acción la propuesta de Mar¬tina.
—¿Las manos de quién??? —exclamaron enton¬ces, mientras los adultos trataban de disimular sus propios sentimientos de horror.
—¿De quiénes??? —corrigió Oriana, con una mueca de espanto. ¡Ella había sido tomada de ambas manos!
Manos.
Cuatro manos más aparte de las seis de las niñas, moviéndose en la oscuridad de aquella noche al encuentro de otras, en busca de aferrarse entre sí.
Manos humanas.
Manos espectrales.

(Acaso ——a veces, de tanto en tanto— los fantas¬mas también tengan miedo... y nos necesiten...)

Elsa Bornemann





Cuento de los angelitos

Hacía pocos meses que el matrimonio formado por Cora y Eloy Molina había llegado —con sus dos pequeños— a la gran ciudad, huyendo de la vida miserable que llevaban en su pueblito.
Sin embargo, "Tuvimos mucha suerte" —decían.
Esos pocos meses habían bastado para que Eloy consiguiera un trabajo que les permitía alqui¬lar una vivienda en los suburbios y soñar con que ya habrían de llegar tiempos mejores.
Cora se había empleado como doméstica. Du¬rante las horas de labor fuera de la casa, dejaba a sus hijos —Boris, de siete años e Iván, de cuatro—, en una escuela de las inmediaciones.
Sin dudas, la situación económica de la familia Molina había mejorado y suponían que todo anda¬ría mejor aún, si Eloy se decidía a aceptar ese ofrecimiento de trasladarse la mitad del año bien al sur del país, contratado por aquella empresa que necesitaba albañiles como él.
La paga era doble —comparada con la que recibía en la ciudad— pero el hombre no se resolvía a separarse de los suyos. Después de todo, no hacía mucho que habían dejado su pueblo y le daba algo de temor que su mujer y sus hijos permanecie¬ran solos en el nuevo lugar.
Fue la misma Cora quien lo animó.
Le aseguró que ella se sentía —ya— bastante ca¬paz de desenvolverse en la ciudad y —según de¬cía—, los días iban a pasársele volando, tan atarea¬da como estaba.
—Pronto volveremos a reunirnos para las fiestas —le repetía a su marido.
Así fue como Eloy se despidió de su mujer y sus hijos y marchó rumbo al sur.
—Todos los sábados a la mañana vamos a llamar a papá por teléfono —les prometió Cora a Boris e Iván—. Así nos enteraremos de cómo le va y —además— así les oye las voces a ustedes, ¿eh?
Durante varios sábados seguidos —después del viaje de Eloy— se le vio —entonces— a Cora y sus hijos saliendo de su casa bien tempranito.
Era largo el trayecto hasta la cabina telefónica desde donde podían comunicarse con el padre: caminata de varias cuadras hasta un paso a nivel, cruce del mismo por un sendero peatonal preca¬riamente abierto y —por fin— otra fatigosa caminata hasta arribar a la ruta, por donde pasaba el colecti¬vo que los llevaba al centro de la ciudad.
—Mamá, tengo ganas de hacer pis —le dijo Iván aquel sábado, no bien los tres habían llegado cerca del paso a nivel.
Cora buscó los arbustos de un baldío como improvisado baño de emergencia para su hijo menor.
Boris esperaba —juntando piedritas a su alrede¬dor— cuando —de repente— un hombre apareció junto a su madre, como brotado de los matorrales. La expresión de su cara daba miedo.
—¡Cuidado, mamá! —le gritó Boris, al ver que el hombre se le abalanzaba.
Cora no tuvo posibilidad de defenderse, ocu¬pada como estaba en la atención de las necesida¬des del chiquito. Sintió que un puñetazo la derri¬baba, a la par que unas manos le arrebataban el bolso.
A pesar del sorpresivo ataque y del mareo pro¬ducido por el solpe, la mujer unió fuerzas y valor y se echó a correr detrás del ladrón, que rumbeaba hacia el paso a nivel como diablo que sopla el viento.
Inútil pedir auxilio en esos momentos y en ese sitio: ¿a quién? Ni un alma que no fuera la de Cora, la de Boris, la de Iván o la de ese desdichado que —sin proponérselo— con su robo acababa de con¬vocar a la tragedia para que dijera: "Presente" so¬bre la mañana del sábado, en unos instantes más.
En su angustioso afán por recuperar su bolso —donde tenía el único dinero restante para pagar la comunicación telefónica, pasar el fin de semana y aguantar hasta el lunes —en que volvía a trabajar por horas—, a Cora no se le ocurrió otra cosa que correr tras el delincuente.
Reacción lógica: ¿Cómo iba a suponer que la desgracia acecharía a sus hijitos si ella disparaba para tratar de agarrar al ladrón?
El hombre cruzó el paso a nivel a la carrera.
Cora, casi pisándole los talones. Pronto, ambos estuvieron del otro lado de las vías.
La persecusión continuaba.
Llorando a los gritos desde que habían visto a ese sujeto golpear a su mamá, Boris e Iván también corrían detrás de ellos, aunque no lograban darles alcance.
Boris llegó primero al paso a nivel y empezó a atravesarlo.
Su hermanito lo seguía.
Los dos, apuradísimos y con los ojitos puestos en la silueta de su mamá.
Los dos, desesperados. Los dos solos, sobre las vías y frente a la muerte.
Consternado, el maquinista de ese tren que se dirigía al centro contaba ante las cámaras de los noticieros de la televisión, horas después:
—No pude evitarlo. Esos angelitos se me apare¬cieron de repente. Fue terrible, terrible, Dios mío... No voy a olvidarlo mientras viva...
—"No-so-tros tam-po-co... Po-bre ma-má... Po¬bre pa-pá...".
Nadie escuchó estas palabras que —sin embargo— fueron pronunciadas una y otra vez el día de la tragedia, hasta que llegó la noche y se internaron en ella.
Nadie las escuchó. Pero... ¿quién de nosotros puede oír —fácilmente— las vocecitas de los án¬geles?
Los diarios informaron —al día siguiente— que la vida de Boris se hubiera salvado de haber recibido inmediata atención médica, que la criatura fue res¬catada a tiempo por los bomberos pero que no la recibían en el hospital de la zona hasta que —como es habitual en estos casos— se realizara la interven¬ción policial; que se perdieron —aproximadamen¬te— dos preciosas horas hasta que ese trámite pu¬do cumplirse; que si se hubiese hecho esto o lo otro...
"Hubiera o hubiese"... Qué forma verbal inútil en circunstancias así.
Se aplica para lamentaciones tardías acerca de lo que ya es imposible modificar y que son total¬mente vanas cuando —como de costumbre— no se tiene en cuenta esa experiencia para prevenir desgracias futuras.
Los hijos de los más humildes —como Boris e Iván— casi no tienen defensores durante sus vidas. Mucho menos después de muertos.
El drama fue rápidamente olvidado por los me¬dios de comunicación masiva y por el público consumidor de sus noticias.
"Po-bre ma-má... Po-bre pa-pá..."

Pasaron veinte años a partir de aquel sábado trágico para Eloy y Cora. Con los corazones destro¬zados, ambos siguieron trabajando como robots aunque ya no le encontraban sentido a la existencia.
Se esforzaban —sin embargo— para ayudar a criar a varios sobrinos, a medida que su familia del lejano pueblito iba —también— mudándose a la gran ciudad.
En esta obra de solidaridad con los suyos en¬contraban —a veces— un poco de alivio para su dolor.
No quisieron tener más hijos. El recuerdo de Boris e Iván se mantenía en ellos con una nitidez tal que sentían que ambas criaturas andaban por allí, con sus almitas en puntas de pies deslizándose por la casa, acompañándolos —como en el pasa¬do— eternamente niños.
De tanto en tanto, a Cora le parecía oír su voces y la tristeza la ahogaba —entonces— con la misma intensidad que aquel día en que los había perdido para siempre.
"Po-bre ma-má..."
"Po-bre pa-pá..."

Lejos de la modesta casa de los Molina —en una pensión de las tantas cercanas al centro de la gran ciudad—, vivía el hombre a raíz de cuyo robo habían muerto Iván y Boris. En total impunidad de su delito.
No le había ido mal económicamente, astuto ladrón como se había convertido, con banda pro¬pia y todo. Sin embargo, jugador empedernido, el dinero le duraba lo que un suspiro.
Todos creían que esta situación de continua escasez era la causante de su malhumor, de su carácter hosco, huraño. ¿Quién iba a imaginar que un sujeto despreciable como aquél viviera —como vivía— torturado por los remordimientos?
Los años no lograban traerle la paz, aunque desde que aquello había sucedido se repetía que él no era culpable, que el accidente era producto de la fatalidad, que ni loco hubiera pensado en hacer tanto daño... Si hasta había devuelto el bol¬so, arrojándolo de manera anónima en el jardín de los Molina dos noches después de la tragedia y con casi la mitad de los billetes robados...
—No voy a olvidarlo mientras viva, canejo... —se decía, atormentado por la culpa y por el vino—. No voy a olvidarlo....
Entonces —en su delirio— le parecía escuchar que unas vocecitas le susurraban lentamente: "No-so-tros tam-po-co...".
Muchas veces —a lo largo de esos años— había tenido la sensación de que alguien lo seguía cada vez que debía tomar un tren. Era como si unas pisadas fueran recorriendo las suyas a medida que caminaba por los andenes. Por eso, evitaba —en lo posible— viajar en ferrocarril.

Un sábado como tantos, se preparó para ir a las carreras.
Hacía bastante calor y el mediodía amenazaba aumentarlo aún más, por lo que decidió no tomar el repleto micro que solía conducirlo al hipódro¬mo y viajar en tren, más aireado al menos.
Ese día tuvo mucha suerte con sus apuestas a los caballos. Ganó una fortuna.
La noche lo sorprendió —entonces— contentísi¬mo, esperando en esa estación de las afueras el tren de regreso al centro.
Mucha gente circulaba por el andén. Ya se veía —a lo lejos— brillar el foco de una locomotora en dirección hacia allí, a toda velocidad.
En instantes más, se detenía junto al andén.
El hombre se encaminó hacia el borde, quería ser de los primeros en subir a los vagones para conseguir asiento. Él era de los que —a toda costa y abriéndose paso a fuerza de codazos—, siempre conseguía viajar sentado.
Pero esa vez no. Ni sentado ni parado.
La locomotora ensordecía con su silbato y ya todo el gentío se apretujaba en el andén, cuando los oídos del hombre creyeron percibir esas pisa¬das "especiales", las mismas que solía detectar cada vez que debía tomar un tren.
Esa sensación se le antojó ridícula. El andén estaba atestado. No era posible —ya— dar un paso.
Pero sí saltar hacia las vías.
Y el hombre lo hizo.
Al menos, eso es lo que testificaron todos los que tuvieron la lamentable ocasión de verlo con sus propios ojos.
—El tipo se arrojó cuando se acercaba el tren. Lo hizo pedazos, imagínense. Fue un espectáculo espantoso. Más, porque parecía un hombre normal, vea. Estaba allí, al lado nuestro, lo más tranqui¬lo, y de repente...
Ninguno de los testigos —obviamente— pudo enterarse de lo que —en verdad— sucedió. Porque el episodio que —realmente— tuvo lugar en aquella estación sólo lo conocieron el hombre... y los an¬gelitos.

Tal cual se narra más arriba, el hombre había sentido que lo seguían hasta el borde del andén. Apenas —entonces— si había tenido tiempo como para darse vuelta cuando cuatro manitos infantiles lo empujaron a las vías, al impulso de un vigor sobrenatural.
Durante la fracción de instante que le quedó de vida —antes de caer debajo de la locomotora— vio —fugazmente— dos criaturas vestidas a la moda de veinte años atrás.
Ellas lo habían empujado. Y eran dos varoncitos de corta edad y los dos lo contemplaron con miradas como vueltas para adentro, como de otro mundo, mientras él pensaba —por última vez—:
—Ni muerto voy a olvidarlo... —y ellos le decían—: "No-so-tros tam-po-co...
"Po-bre ma-má..."
"Po-bre pa-pá..."

Elsa Bornemann
__________________
Sin firma, el ocio por no poner una me mata ._.

Última edición por Asdf!; 26-ene-2009 a las 22:15.
Asdf! no ha iniciado sesión   Responder Citando
mujer Antiguo 26-ene-2009
 
Avatar de AyameKiryuuAbarai
Michael el rey del pop por siempre!
Pues esta leyenda es una muy comentada aca en guadalajara mexico

Cuenta una de las leyendas del Panteon de Belen que hubo un vampiro que se alimentaba de la sangre de los tapatíos. Todo empezó cuando encontraban pequeños animales en la ciudad sin una gota de sangre.

Después encontraron niños muertos y lo peor sin sangre. Pánico reinaba en las calles al caer la noche. La gente no salía al oscurecer y se quedaban en sus casas rezando por sus vidas.

Hubo unas personas que estaban cansadas de esta situación y se armaron de valor para acabar con la amenaza nocturna. Después de seguir la pista del Vampiro lo emboscaron. La misma noche le pusieron una estaca de madera en el corazón que la causo la muerte.

Al día siguiente la comunidad lo sepulto y pusieron lapidas grandes sobre el cuerpo, con la esperanza de que no surgiera otra vez por la noche.

Después de muchos meses las lapidas fueron quebrantadas. Y un árbol salio de la tumba del Vampiro. Ese árbol todavía existe en el panteón y se cree que nació de la estaca que fue clavada en el corazón del Vampiro. Cuando la gente cortaba pequeños pedazos del árbol este sangraba. La sangre provenía de las victimas del Vampiro.

Durante la noche se dice que puedes ver las caras de las victimas reflejadas en el árbol. Este árbol parece que esta encantado y una de las leyendas del Panteon de Belen mas popular.

La gente dice que deben tener vivo el árbol por que cuando el árbol muera el Vampiro regresara. Actualmente, el árbol del Vampiro es protegido con un cancel por que mucha gente acostumbraba a trozar el tronco para ver si salía sangre y por ende el árbol se estaba secando. El árbol esta en buenas condiciones y mientras el árbol viva la leyenda vivirá.


http://www.explore-guadalajara.com/i...ampirotree.jpg
__________________

]¿Una aurora boreal, a esta hora del día, en esta parte del mundo, en su cocina?, Puedo verla??



NO


¡¡¡¡¡¡Seymour se esta incenciando la casa!!!!!!


NO MADRE, SON LAS LUCES DEL NORTE
AyameKiryuuAbarai no ha iniciado sesión   Responder Citando
mujer Antiguo 07-ago-2009
 
Avatar de ♫*nusy_inuzuka*♫
Kiba*Ino
VERONICA

Miguel, Pedro y Juan eran amigos de toda la vida, eran inseparables. Iban a la misma universidad, estudiaban derecho, y los tres conocieron a Verónica. Andrea era una chica muy extraña, era muy callada, y nunca se la veía con nadie, siempre estaba sola mirando a la nada, entro un día en clase de derecho romano, nunca nadie la había visto por la universidad, pero en clase no dieron ninguna importancia.
Un día al salir de clase, Juan necesitaba fuego para encenderse un cigarro, ya que era el único que fumaba, ninguno de sus dos amigos tenía mechero, Juan vio a Verónica sentada en un banco fumando, se acerco a ella:

Por favor, ¿me puedes dar fuego? – le pregunto a la chica.

Verónica levantó la mirada, y se le quedó mirando durante unos segundos, extendió la mano y le dejó el mechero.

Muchas gracias Verónica – le agradeció Juan dándose la vuelta para irse.
¿Quieres jugar conmigo?
¿Cómo? – preguntó Juan girándose hacia ella.
Acércate – Juan se acercó – es un juego muy fácil, tráeme el alma de tus amigos y tu te salvarás – le dijo susurrando.
¿Cómo?
Tienes 1 día, si no, ninguno os salvaréis.

Juan se dio la vuelta y se fue mientras se iba miró hacia atrás y vio que Verónica le seguía mirando.

¿Qué, has quedado con ella? – le pregunto Pedro a Juan
Que dices, es muy rara, me a dicho que tengo que traeros vuestras alma para salvarme yo.

Los tres explotaron en carcajada. Mientras se iba, comentaban cosas sobre Verónica, sobre como es en clase, y pase a lo buena presencia que tiene, lo siniestra que es.

Cuando llegaron, se despidieron y cada uno se fue a su casa, vivían en la misma calle, y prácticamente eran vecinos.

MIGUEL

Miguel abrió la puerta de su casa, y todo estaba en silencio, fue al comedor, pero no había nadie, ni su madre, ni su padre – bueno se habrán ido a dar un paseo ó a la compra – pensó.
Dejó la mochila en su cuarto, y fue a la cocina a hacerse algo para comer, tenía mucho trabajo y mucho que estudiar, así que tenía que alimentarse. Se hizo un sándwich que jamón york y queso, se calentó la sopa mientras comía el sándwich, y abrió el periódico. Abrió el periódico, había un foto de un incendio, leyó la noticia y miró otra vez la foto del incendio, y en medio de la llamas estaba ella, Verónica, cerro los ojos y los volvió a abrir, pero ya no estaba.
Sonó un móvil, venía del cuarto de sus padres, y era muy extraño que sus padres se dejaran los móviles en casa, se metió la cuchara en la boca antes de levantarse para responder al teléfono, y escupió lo que se había metido en la boca, era sangre, se levantó sobre saltado de la silla. Fue corriendo al baño y vomitó, volvió a la cocina y todo era normal, lo que había escupido era sopa.

Dios que mal estoy, a ver si llegan ya las vacaciones y descanso un poco.

El teléfono volvía a sonar, se dirigió a la habitación de sus padres, abrió la puerta y calló al suelo, la habitación estaba llena de sangre, y del techo colgaban boca abajo con las manos en cruz sus padres, no podía creerlo, y en la cama estaba Verónica, con la cara ensangrentada, le miró, se levantó y fue hacia el.
Miguel logró levantarse y salió corriendo de la habitación, pero había pisado sangre, en el pasillo resbaló y calló dándose en la nuca con una silla.


PEDRO

Cuando Pedro entró en casa, se encontró con toda su familia comiendo.

Ya he llegado, hacedme un sitio que también tengo mucha hambre.

Pero nadie contestó, seguía comiendo, se acerco más a la mesa y volvió a repetir que le hicieran un sitio, pero nada, era como si no le oyeran, de repente se oyó un frenazo en la calle y un golpe, todos se levantaron bruscamente y fueron a la terraza a ver lo que había pasado, Juan lo estaba flipando, nadie le hacia caso, vio que su madre se echaba las manos a la cara y su padre la abrazaba, se acercó a la terraza, y miró lo que había pasado, un coche había atropellado a una persona, pero era él, no se lo creía, como podía estar el allí si estaba en su casa.
Fue al comedor y se sentó en el sofá, miró al suelo, y vio unos pies descalzos, miro hacia arriba y allí estaba Verónica.

Ya eres mío.



JUAN

Juan vivía solo, sus padres se habían mudado a un pueblo de la sierra y le habían dejado el piso.
No tenía hambre así que se sentó en el sofá del salón y encendió la televisión, empezó ha hacer zaping pero no había nada interesante en la programación, es lo lógico un día entre semana a esta hora que iba a aver, solo cotilleo y noticias.
Notaba como se le cerraba los ojos, tenía sueño, mucho sueño, por fin de durmió, soñó con Verónica, de cuando fue a pedirle fuego y lo que le dijo, soñó que Miguel se partía el cuello y moría, soñó que a Pedro le atropellaba un coche, eran unos sueños horribles, no quería seguir durmiendo, quería despertar, de repente en su sueño aparecía verónica sentada en un banco, ofreciéndole fuego:

Te lo dije, todo esto ha sido tu culpa.

Se despertó sobresaltado, se fue a por un refresco. De repente sonó el teléfono, era la madre de Miguel:

Juan, si quieres ven, Juan ha muerto – le dijo entre sollozos.

No era posible, no se lo creía, cogió el teléfono inalámbrico, marcó el número de Pedro, pero nadie respondía, salió a la ventana que daba a la calle, y vio que había mucho alboroto, ambulancias, policía y muchísima gente.
Se puso una chaquetilla y salió a ver que pasaba, y después se iría al tanatorio a ver a su amigo fallecido.
Salió a la calle y se acerco a la gente, ya lo habían recogido todo, la grúa se estaba llevando un coche:

¿Qué ha pasado? – preguntó Juan a un hombre que había allí.
Han atropellado a un muchacho.

Juan se estremeció, y rápidamente volvió a llamar a Pedro, pero al marcar su número vio al padre de Pedro metiéndose en su coche, fue corriendo hacia el:

¿Esta Pedro en casa?
El padre de pedro miró a Juan: Pedro esta muerto.

Rápidamente subió a su apartamento, sudando, tenía mucho calor, le ardía todo, , lo empezó a ver todo borroso, notaba que se iba a desmayar, logró llegar al baño, abrió el agua fría, y se la echo en la cara, notaba que se iba encontrando mejor, se miró en el espejo y detrás estaba Verónica:

Te lo dije, todo esto ha sido tu culpa. Nunca te libraras de mí.
__________________
kibaino






pasen x mi fic
http://www.forosdz.com/foro/naruto-f...s-parejas.html



1- Se nace cansado y se vive para descansar
2- Ama a tu cama como a ti mismo
3- Si ves a alguien descansar... ¡Ayudalo!
4- Descansa de día para que puedas dormir de noche
5- El trabajo es sagrado, no lo toques
6- Aquello que puedas hacer mañana, no lo hagas hoy
7- Trabaja lo menos que puedas. Lo que tengas que hacer
"Que lo hagan otros"
8- Calma, nunca nadie murio por descansar
9- Cuando sientas el deseo de trabajar, siéntate y
espera a que se te pase
10- Si el trabajo es salud que trabajen los enfermos
ya me dio flojera.. asi que termino...

<<Copia esto en tu firma, asi los vagos dominaremos el mundo xD>>

♫*nusy_inuzuka*♫ no ha iniciado sesión   Responder Citando
mujer Antiguo 01-sep-2009
 
Avatar de siriel
No soy mala ni muy buena pero quiero estar contigo
el chat prohibido veanlo!!!!!!

este es un relato que viii y me impactoo muchoo
no se a ustedes comentenn

no flood
no spam
no msneadas

Un día me dijo que era vidente, y no es que no le creyera, pero me muestro generalmente bastante incrédula respecto a estos temas. Lo que no veo, no existe para mí. No digo que debiera haberle creído sólo porque le estimaba ya que en mi opinión la amistad y la confianza son muy importantes, pero simplemente hice un esfuerzo y le di el beneficio de la duda. ¿Y si era yo la que estaba equivocada?. No volvimos a hablar del tema hasta que un día volvió a aparecer en el chat donde estábamos hablando y me envió un privado. Era una de esas ventanitas que sólo podíamos ver ella y yo. Absolutamente privado.

ELLA - Hola, ¿seguimos el tema?
YO - ¡Vale! Pero no creo que puedas convencerme, ya sabes... me cuesta creer estas
cosas.

ELLA - No pretendo convencerte de nada, pero nací con ciertos dones y tampoco tengo
intención de ocultarlos al mundo.

YO - Eso debe estar bien.

En realidad no sabía qué decirle. ¿Estaba bien? En fin... poco podía decir yo al
respecto.

ELLA - Está bien, pero no siempre. Cuando tengo una visión acabo agotada.
YO - ¿Te supone un esfuerzo?

ELLA - Sí, bastante esfuerzo.

YO -¿Y por qué lo haces?

ELLA - No es algo que se elija, se nace con ello.

Hubo un silencio en el que ninguna de las dos parecía saber qué decir. Miré el canal
donde nos habíamos conocido siete meses atrás. Estaban hablando de las próximas
vacaciones de verano.

ELLA - ¿Sigues ahí?
YO - Sí, ¿no puedes verlo? .-Bromeé.

Entonces dijo algo que me asustó.

ELLA - Sí, puedo verte.

Tragué saliva y pensé, vaya, me está tomando el pelo y yo caigo como una tonta.
Sentí un escalofrío pero decidí presionarla.

YO - ¿Ah, sí? Pues dime... ¿con quién estoy?
ELLA - Sola

Bueno, eso podía haberlo comentado antes en el chat y que ella lo hubiese leído.
Decidí seguir con aquello como si se tratara de un juego.

YO - Dime algo que me sorprenda. Algo que veas en mi habitación.
ELLA - Veo que tienes algunas de las teclas de tu ordenador borradas. Tecleas rápido.

YO - Ya, pero eso puede pasarle a cualquiera. Las letras de los teclados se borran.

ELLA - Tú tienes borrada la A, la S, la L y la M.

Miré mi teclado más curiosa que horrorizada, pero de la curiosidad a la ansiedad
hubo tan sólo un instante. Ya no me hacía tanta gracia el juego. Mi condición de
incrédula, no obstante, me hizo ir más allá.

YO - Amiga... estoy segura de que casi todos tenemos las mismas letras borradas. Dime
algo que sorprenda de verdad.
ELLA - ¿Por qué quieres seguir con esto si no me crees?

Buena pregunta, pensé.

YO - Igual para conocerte un poquito más, o para experimentar algo que no haya
experimentado antes.

En ese momento supe que ella sonreía desde su lado del monitor. Internet es un sitio curioso. Estás en tu casa, en camiseta de tirantes y pantalón corto, descalza y con el ventilador puesto cuando al otro lado de la pantalla alguien te habla abrigado hasta el cuello, con un par de calcetines y la estufa puesta porque tú estás disfrutando del inminente verano y ellos aún están pasando el clima del invierno.

Mi amiga se había mostrado siempre amable, abierta, simpática y con un buen sentido del humor. Se podía decir que coincidíamos en todo menos en este tema. No nos gustaba el fútbol, adorábamos las comedias, nos encantaba Oscar Wilde, ambas habíamos visitado Orlando, a las dos se nos había muerto el padre... ¡eran tantas cosas las que nos acercaron y nos hicieron grandes amigas!.

ELLA - ¿Cómo llevas el libro? –Preguntó de pronto.
YO - ¿Qué libro?

ELLA - El que tienes encima de la mesa... déjame ver... La fuerza bruta, de John
Steinbeck.

Miré a mi derecha con los ojos como platos. ¿Se lo había dicho? ¿Le había dicho que lo había empezado o que iba a leerlo? ¿Le había dicho que solía poner los libros en mi mesa porque me encantaba mirar una y mil veces las portadas de los libros que me estaba leyendo? Evidentemente, la respuesta debía ser sí.

YO - Acabo de empezarlo.

Lo escribí sin dejar notar nada sobre mi –todavía- sorpresa.

ELLA - Yo no lo he leído.
YO - Ya te diré qué me parece.

En el chat general el tema de conversación giraba en torno a las lanchas motoras. No me pareció más interesante que mi conversación en privado y me puse a pensar qué podía preguntarle para descubrirla o rendirme a sus pies definitivamente. Pero habló ella.

ELLA - Alguien va a llamar a la puerta.
YO - Ah, pues ve, te espero.

ELLA - No. Es en tu casa.

Sonreí incrédula. Iba a poner una risa (jajajaja) cuando sonó el timbre. Miré hacia la puerta de la habitación. Mis ojos volvieron a la frase premonitoria de mi amiga.

YO - Ahora vengo.
ELLA - Ok.

Llegué hasta la puerta y miré por la mirilla. Un vendedor de alfombras.
- No me interesa. –Dije para no tener que abrir.
El chico dijo algo que sonó despectivo y se marchó a otro piso.
Volví al chat.

YO - ¿Cómo lo sabías? Era un vendedor de alfombras.
ELLA - Te he dicho que puedo verte.

Sopesé la posibilidad de que tuviera razón pero mi sensatez lo negaba una y otra vez. No había nacido yo para creérmelo todo, y menos aún aquello que escapaba a la lógica. Mi amiga no sólo estaba en su casa, sino que estaba en otro país y teníamos distinta franja horaria.

ELLA - ¿Sabes? Algo me dice que debo seguir mirándote. No te asustes pero...
YO - pero???????

ELLA - Es que no sabría explicártelo. Generalmente tengo visiones premonitorias, otras veces, como hoy, puedo provocar el verte. Aparecen imágenes frente a mí y te veo, veo tu habitación, pero esto supone un gran esfuerzo. Me duele la cabeza.

YO - Ya, pero... ¿y el “pero” que decías?

ELLA - Es que no quiero asustarte pero presiento algo raro.

YO - Ahora sí que me estás asustando.

¡Pero qué poca firmeza tenía, por Dios! ¡Ahora estaba asustándome de verdad! Yo, la
incrédula, la que si no ve, no cree. Me sentía agitada. Quizás se debía a que eran
pasadas las diez de la noche ya, estaba sola en casa y la última persona que había
visto había sido un desconocido poco amable desde una mirilla. Al menos aún podía
escuchar el volumen alto de un televisor. Era mi vecina, una viejecita que estaba
algo sorda.

YO - No sé pero... quizás deberíamos cambiar de tema.
YO - No es que me hayas convencido pero...

ELLA - No te preocupes, te entiendo. ¿Tengo tu permiso para seguir observando?

YO - Claro, pero que conste que no tengo tan claro que puedes verme. Mi sesera me
impide creerte.

Miré de nuevo el chat para ver si surgía algún tema en el que pudiera involucrarme
pero estaba parado. Había unos siete miembros en el chat y ninguno de ellos hablaba.
Todos estaban en privados. Miré la ventanita del privado de mi amiga.

Iba a escribir algo cuando ví que ella se me había adelantado.

ELLA - Cielo, ahora te asustes pero, no estás sola.

Sentí un escalofrío en mis piernas y mis brazos. Tanto se erizó el vello que me
dolió. ¿Cómo se podía calificar a una de “cielo” para luego decirle que no estabas
sola en la habitación?.

YO - ¿Qué quieres decir? Me estás poniendo nerviosa.
ELLA - No puedo identificarle pero está detrás de ti

YO - Por favor para

ELLA - No se mueve casi, no te asustes, déjame observarle.

YO - Estoy asustada.

Ahora sí que lo estaba. Miraba la ventana. Oscuridad total. No me atrevía a girarme
hacia atrás. ¿Y si veía algo que no quería ver? ¿Y si allí estaba mi amiga? ¡u otra
persona! Eso aún era peor... comencé a notar un nudo en la garganta. Hubiera querido
ser más valiente o más cobarde y llorar, pero estaba estancada en mi propia lucha
para creer o no creer.

ELLA - ¿Notas frío a tu alrededor?

Su pregunta me llegó casi cuando estaba a punto de apagar el ordenador y encender la
luz del techo para meterme rápidamente en la cama y olvidarme del tema.

YO - Estamos a más de 30 grados.- Le informé.
ELLA - Ok. Es que no consigo entrar en él.

YO - ¿¿¿EL??? ¿entrar??

ELLA - Se muestra como una estatua por eso no me deja descubrirle. No sé si es bueno
o tiene malas intenciones. Sólo sé que está ahí, estático.

YO - Yo no veo a nadie... esto no me gusta.

ELLA - Ya te dije que no te asustarás, cielo. Además, yo estoy contigo.

YO - Sí, a miles de kilómetros de distancia.

Entonces lo noté. Una especie de roce helado, como si hubieran puesto una mano sobre
mi brazo. En la zona donde la sentí el pelo de mi brazo se erizó. Completamente en
alto. El resto de mi cuerpo no notó nada.

YO - ¡Está pasando algo!
ELLA - ¿Qué??

YO - He sentido un frío helado en mi brazo.

ELLA - Tranquilízate.

YO - Se me ha erizado el pelo, tengo una extraña sensación.

Comenzaba a ser pánico.

ELLA - Cielo, tranquila, hazme caso.
YO - Esto es muy raro

YO - Estoy asustada

YO - Necesito tranquilizarme, estoy.... joder!

YO - joder joder joder joder joder

ELLA - ¿Quieres dejar de escribir?

YO - joder joder joder joder joder

ELLA - Te va a dar una taquicardia, tranquilízate.

Y entonces noté un soplo frío en un mi cuello, como si me hubieran tirado el aliento.

YO - ¿Qué significa el frío del que me hablabas?
ELLA - El frío lo transmiten los muertos cuando se acercan, generalmente algo
enfadados o...

YO - ¿OOOOOO??????????

ELLA - violentos

YO - ¿VIOLENTOS?????

YO - Joder ayúdame, qué hagooooooooo?????

ELLA - Tranquilízate, yo no lo he visto moverse.

YO - ¡Haz algo!

ELLA - Cielo ¿quieres tranquilizarte?

YO - ¡Hay alguien conmigo joder! Tengo un muerto tirándome su aliento en mi espalda,
estoy acojonada estoy asustada estoy llorando

ELLA - Cielo.... ¿te importaría escucharme? Deja de escribir y lee esto

Hice un esfuerzo. Para mí escribir suponía no mirar atrás y leer palabras, ya fueran
suyas o mías, sentirme menos sola en mi habitación.

ELLA - No hay nadie, cariño.
YO - Lo dices para tranquilizarme.

ELLA - NO HAY NADIE

YO - Está aquí, lo siento, lo presiento lo notooooooo

ELLA - Ok. Escúchame. Era broma.

YO - ¿Broma????

ELLA - Quería demostrarte que no existen los incrédulos, cálmate por favor. Yo no veo
nada, es cierto que a veces tengo visiones premonitorias, como cuando han llamado a
la puerta, pero no puedo obligarme a ver a nadie.

YO - pero yo siento algo

Esto último lo escribí con lágrimas en los ojos y más asustada que nunca.
Sus palabras no me tranquilizaban. Las lágrimas a veces me impedían leer bien pero
me las quitaba restregándome en segundos los ojos o apretando los párpardos para que
salieran disparadas y dejaran de molestarme.

ELLA - Voy a llamarte por teléfono.

Pocos segundos después sonaba el timbre del teléfono. ¿Había hecho ella misma una
conferencia para convencerme de que no existían las videntes ahora que ya me lo
había creído?. Fui a descolgar pero ocurrió algo que congeló mi mano en el aire.

ELLA - Cielo, no puedo llamarte sin desconectar esto. Sólo tengo una línea. ¿Puedo
llamarte o prefieres que sigamos aquí?

Cuando ya tenía puesta la mano en el auricular ví su privado. ¿Cómo podía escribirme
y llamarme a la vez? Miré el identificador de llamadas antes de descolgar. No había
número, era anónimo. No era ella. Eso lo tenía claro después de haber visto el
privado.

Respiré hondo y dudé entre contestar al privado o descolgar el teléfono. Me decidí
por la llamada.
- Dígame.
- Tu amiga va a a morir mientras tú escuchas este mensaje.

Jamás había sentido tanto miedo y jamás en mi vida mi corazón había dado un vuelco
tan grande ni mis piernas –aún sentada- me habían fallado con tal rapidez. Me hice
de mantequilla. Comenzó a darme vueltas la habitación y luché por recuperar el
aliento.

De pronto la línea se cortó y comenzó el molesto pitido de “comunicando”.
Solté el auricular como si me quemara en las manos.
Volví rápidamente al chat, al privado. Tecleé tan rápido que lo escribí todo mal.

YO - ?ESta`s ahí´?
YO - respondeeee!!!!
YO - responde por favvor!!!!
YO - ¿no me lees¿¿¿
YO - DI ALGOOOOOOOO

Histérica, cogí mi agenda y marqué su número de teléfono. Yo sí tenía dos líneas y
podía permitirme permanecer en internet mientras le llamaba. Conseguí comunicación
con el extranjero y esperé... esperé nerviosa, mordiéndome el labio, más agitada que
entera, más asustada que nunca... prácticamente bailaba en mi asiento.

Pero no contestaba.

Colgué furiosa pegándole tal golpe al auricular que pensé que me habría cargado el
teléfono. Volví al privado y traté de que mi amiga respondiera. No lo hacía. Al
final apareció un mensaje en mi privado. En su ventana.

ELLA - Ahora sí te veo. No tengas miedo. Sólo me quedaré un momento.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El chat me indicó que tras
escribir esa última frase, mi amiga había salido del chat. Ya no estaba allí. No se
había despedido de nadie, ni de mí, ni del resto de los miembros del chat. Había
desconectado.

Miré fijamente la pantalla que sólo se movía ahora en el chat general. Ni siquiera
sé de qué estaban hablando. Para mí todas las líneas no tenían significado, sólo
podía mirar su último comentario del privado. “Ahora sí te veo. No tengas miedo.
Sólo me quedaré un momento”.

Entonces lo entendí.
Comencé a llorar desesperada.

Mis manos corrieron a mis ojos y lloré sofocada, entendiendo que mi amiga había
muerto, que era yo la que había tenido el presentimiento y la premonición, y que
ahora ella estaba a mi lado. Esta extraña comprensión me hizo girarme y mirar mi
habitación vacía. No quería creer que no estuviera allí. No podía, no después de
todo....

Una caricia, tan suave que apenas era como un suspiro, acarició mi cabeza.
Transmitió tal cantidad de paz que lejos de asustarme me relajó. Mis lágrimas
continuaron cayendo por las mejillas. Ya no las secaba. Miraba al vacío sabiendo que
ella estaba frente a mí.

- ¿Qué te han hecho? . –Pregunté al aire.
- Pssss.
Respiré hondo al escuchar ese sonido. Era como cuando era pequeña, tenía miedo y mi
madre ponía su dedo en la boca y soplaba para que olvidara el tema y pensara en
cosas bonitas.

Ladeé triste la cabeza. La paz de su caricia no me abandonaba pero sabía que éste
sería nuestro primer y último encuentro sin el ordenador de por medio. Me tembló el
labio.

- Te echaré de menos.

En ese momento en el ordenador hubo un movimiento general. Se minimizó el chat, se
abrió solo un tratamiento de textos, y apareció una corta frase en una página en
blanco:

Y YO A TI.


ya saben tengan cuidadoss al realizar alguna accion
pss oueden herir a alguien
si quieren mas historias solo digan
__________________
Pienso que acabo de perder la fe en este momento
si no tengo fe ya no creo en dios ni en el infierno
si no creo en el infierno ya no tengo miedo
y si ya no tengo miedo soy capaz de cualquier cosa


En un mundo de oscuridad... tu eres la luz.
SI LA VIDA FUERA ETERNA EL SUFRIMIENTO NO TENDRIA FIN.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?"

"Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco por lo mucho que tenemos"

siriel no ha iniciado sesión   Responder Citando
mujer Antiguo 05-sep-2009
 
Avatar de siriel
No soy mala ni muy buena pero quiero estar contigo
vanessa....!!!1

Vanessa, es una joven de Gijón que estudia Terapia ocupacional en la Universidad de Talavera. Junto con otras dos chicas alquiló un piso en la calle de los Templarios para que los gastos fueran menores.Durante el segundo curso, Vanessa suspendió dos asignaturas y sus padres le enviaron el mes de agosto para estudiar. Una noche de verano en la que estaba sola, cuatro golpes secos sonaron a su puerta. Vanessa creyó que se trataba de algún amigo con el que salir a tomarse una copa, pero se trataba de una niña de alrededor de siete años.La niña, de hermosos tirabuzones rubios y grandes ojos castaños miró a Vanessa y le dijo que se había perdido. Vanessa le dejó entrar, le preparó un vaso de leche y le dijo que iban a ir a la policía. Verónica le rogó que no lo hiciera esa noche pues tenía mucho sueño y quería dormir. Vanessa accedió y le preparó la cama. Por la mañana temprano cuando Vanessa iba a llevarla a la policía, entró en el cuarto y vio que la niña, llamada Verónica, no estaba.Un año después en idéntica situación, la niña volvió a aparecer. Parecía que no había crecido nada. De nuevo Vanessa le preparó la cena y le dejó dormir pero al día siguiente Verónica volvió a desaparecer sin dejar rastro. Vanessa fue a la policía y dio todos los datos de la chiquilla pero no se habían producido denuncias ni nadie había reclamado una desaparición. Tras dar muchas vueltas, Vanessa llegó al Hospital de San Prudencio. Un hospicio para niños y niñas huérfanos. Allí la madre Sonsoles, le explicó que no tenían ninguna niña de esas características. Justo cuando se disponía a salir Vanessa del lugar, otra monja llegó con un calendario de dos cursos atrás. Allí estaba la foto de Verónica, tal y como Vanessa le había visto. - Sí ¡es ella! - gritó. Las dos monjas se miraron extrañadas - Verónica murió hace dos años.Aquella noche, cuatro golpes secos sonaron en la puerta de Vanessa. La muchacha observó por la mirilla de la puerta. Allí estaba de nuevo Verónica, con los brazos cruzados y cara de enfadada. - Has tardado mucho en abrirme, tengo hambre y sueño - dijo la niña.Vanessa aterrada preparó todo como lo había hecho habitualmente.Cuando acostó a Verónica no pudo soportar el terror y entró despacio a su habitación. La niña estaba totalmente arropada. Vanessa retiró la sábana y bajo ella, como un suspiró pareció desvanecerse un cuerpecito en una nube. Sobre la almohada, con letra infantil y varias faltas había una nota "Gracias por la leche y los dulces, ahora tengo que irme a llevar al infierno a las otras tres chicas que no me dejaron entrar a sus casas."
__________________
Pienso que acabo de perder la fe en este momento
si no tengo fe ya no creo en dios ni en el infierno
si no creo en el infierno ya no tengo miedo
y si ya no tengo miedo soy capaz de cualquier cosa


En un mundo de oscuridad... tu eres la luz.
SI LA VIDA FUERA ETERNA EL SUFRIMIENTO NO TENDRIA FIN.

¿Por qué contentarnos con vivir a rastras cuando sentimos el anhelo de volar?"

"Sufrimos demasiado por lo poco que nos falta y gozamos poco por lo mucho que tenemos"

siriel no ha iniciado sesión   Responder Citando

Respuesta



« Tema Anterior | Próximo Tema »

(0 miembros y 1 visitantes)
 
Herramientas

Normas de Publicación
No puedes crear nuevos temas
No puedes responder temas
No puedes subir archivos adjuntos
No puedes editar tus mensajes

Los Códigos BB están Activado
Las Caritas están Activado
[IMG] está Activado
El Código HTML está Desactivado
Trackbacks are Desactivado
Pingbacks are Desactivado
Refbacks are Desactivado


Desarrollado por: vBulletin® Versión 3.8.1
Derechos de Autor ©2000 - 2009, Jelsoft Enterprises Ltd.

La franja horaria es GMT -6. Ahora son las 13:29.
Página generada en 0,76524 segundos, con 10 consultas