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Este es mi primer relato aquí < Creo > y se llama Pamela. Espero les agrade.
Ella apareció en la banquita en la que habíamos acordado estar por la tarde de ese día con una playera de tirantes, una sudadera con capucha y orejas de gatita, un pantalón de mezclilla y sus tenis favoritos. La había visto vestida de aquella forma infinidad de veces y la habría visto después sin hartarme del mismo atuendo.
Llegué al lugar de la cita quince minutos antes de la hora señalada. En mi casa avisé que no volvería sino hasta el día siguiente y me aseguré de olvidar el celular donde mis padres lo encontraran luego de que yo saliera.
La vi llegar con una sonrisa nerviosa en los labios. Se acercó a mí y me besó en la mejilla.
- ¿Cómo estás? -me preguntó.
Durante todo el día, desde que había despertado, estuve preguntándome cómo iba a saludarla. Si debía besarla en los labios y abrazarla, o sólo besarla en los labios, o sólo abrazarla. Fue realmente un alivio que ella decidiera por mí y me saludara como siempre lo hacía.
- Bien -respondí, palmeando la banca para que se sentara a mi lado-. Un poco nervioso a decir verdad. -confesé sin pensarlo-. ¿Y tú?
- Nerviosa también -respondió-, pero más emocionada que nerviosa.
Me miró sonriendo, mostrándome el par de colmillos que siempre envidié. Sus dientes eran blancos y su aliento olía a dulce menta.
- Sí. ¿Cómo crees que sea? -le pregunté intentando retrasar un poco más lo que vendría a continuación. Las manos me sudaban y sentía que los temblores acudirían a mí dentro de poco.
- Sólo hay una forma de saberlo. -me dijo tomándome de la mano y poniéndose de pie.
Me condujo hasta la entrada del hotel que ambos habíamos escogido para esa tarde. Noche. Ocasión. Se detuvo frente al umbral, todavía sonriendo. Asentí con un leve movimiento de cabeza y apretando su mano. Creo que también ella sudaba. No estoy seguro.
Entramos y miramos el vestíbulo, un poco intimidados por la penumbra del lugar. En el centro del cielo raso, había una araña llena de luces. El suelo era brillante y podía verlo todo como si éste fuera un espejo. Nos acercamos a la recepción y pedimos un cuarto. Sí, en el primer piso estaba bien. Sólo había cinco y el edificio no contaba con elevador.
La señora al otro lado del mostrador nos entregó la llave y con una sonrisa nos dijo:
- Que se diviertan.
- Gracias. -dijimos ambos al mismo tiempo, provocando la risa de la recepcionista. Nosotros reímos un poco y nos escabullimos hacia las escaleras.
El pasillo del primer piso era amplio y estaba alumbrado pobremente por luces colocadas, muy separadas entre sí a lo largo del techo. Nos dirigimos en silencio a nuestra habitación. De alguna de las otras, escapaban los jadeos entrecortados de un hombre que le pedía a su pareja que dijera que era su puta, y los gritos de la mujer que se proclamaba la puta de su acompañante.
Pasamos junto a la puerta del amo y la puta con los ojos muy abiertos y nos metimos a la 115. Cerré detrás de mí, recargándome en la puerta y miré a Pamela. Sus ojos claros me devolvían una mirada sorprendida y traviesa a la vez. Nos quedamos así unos instantes y comenzamos a reír. De hecho, nos carcajeamos.
Puse el seguro de la puerta y me acerqué a la cama donde ella ya se había sentado. Ambos seguíamos riendo.
Y nos reímos por cinco minutos más, intentábamos detenernos y la risa se hacía más intensa. No era por la gracia que nos había provocado la pareja de la otra habitación, sino por nuestro propio nerviosismo.
Momentos después nos calmamos, mirándonos a los ojos mientras nuestras risas se apagaban. Tragué saliva y en sus ojos vi la chispa del deseo y el desconcierto.
¿De verdad íbamos a hacerlo?
Aparté la mirada de sus ojos, sintiendo que la pena se impondría a la excitación. Miré el cuarto. Era pequeño, con alfombra clara de color beige. A los costados de la cama había un par de burós y frente a ella un tocador con un espejo en forma de medio círculo. A la izquierda de la habitación, había un pequeño baño. A la derecha, mi salida.
La cama era suave, cubierta por un cobertor rosado y varias almohadas. Tres, bastante grandes. Sentí su movimiento y al mirarla, su rostro estaba a muy pocos centímetros del mío.
Estaba hermosa. Su piel suave no tenía ni una sola marca de acné, y utilizaba poco maquillaje. Sus labios rosas me gritaban en silencio que la besara, y sus ojos suplicaban que la hiciera mía, que la tomara, estaba allí para mí y para nadie más. Que apagara con mi cuerpo la llama ardiente de su excitación.
Levanté la mano y acaricié su rostro. Su cabello negro estaba atado en una media cola que la hacía lucir casi como una niña.
Cerró los ojos y me dejó acariciarla. Con su mano tomó la mía y restregó en mi palma su rostro.
Suave. Tibio.
- No voy a decir que soy tu puta. -me dijo con el tono más serio que puedas imaginarte. Su expresión ceñuda le robó toda la gracia a su chiste.
- No quiero que lo hagas. -repliqué con la misma seriedad y nuestros rostros se acercaron. Despacio, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Sus ojos comenzaron a cerrarse a medida que se acercaba y yo hice lo mismo.
El tacto de sus labios al principio fue insípido, como besarse la mano. Pero luego me abrazó, se acercó más a mí y mis labios se movieron solos, al ritmo lento de los de ella. Acaricié sus labios con los míos, le di tímidas mordidas y la besé como la caricia delicada de un pétalo de rosa.
Mis brazos la atrajeron hacia mí y sentí la punta de sus pechos pegándose al mío. Sus senos duros se restregaron a mi cuerpo. Le acaricié la espalda sin dejar de jugar con sus labios, rosándolos con la punta de mi lengua.
Sus manos se deslizaron hasta los faldones de mi playera y la levantó hasta mi cuello para besarme el pecho. Sentía su nariz y su respiración trazando el camino de sus besos. Sus manos estaban apoyadas en mis piernas. Lentamente me recostó en la cama, sin dejar de marcar mi abdomen descubierto con sus labios.
Me hacía cosquillas, su aliento y las caricias de sus manos peligrosamente cerca de mi entrepierna hacían que la sangre se me bajara a la cabeza.
Sus manos comenzaron a desabrochar mi pantalón, mientras sus labios me besaban los límites de la cicatriz de nacimiento. Aproveché el momento para quitarme la playera y botarla a donde fuera. No me importó lo más mínimo. Ni siquiera la volvería a ver.
Se bajó de la cama, arrodillándose a un lado de ésta y me bajó los pantalones junto con la ropa interior, dejando al descubierto mi erección que comenzaba a hacerse de una dureza envidiable por todos aquellos con disfunción eréctil. Vi que la miraba y sonrió. Supongo que le gustó, no lo sé.
Mis pantalones abandonaron mis piernas junto con mis tenis y mis calcetines. Pamela comenzó a acariciarme las piernas, acercándose cada vez más a esa zona con una increíble cantidad de terminaciones nerviosas que me provocaba estremecimientos, sin apartar los ojos de la cabeza brillosa y nacarada.
Por un momento pensé que se lo metería a la boca y dejé de respirar, pero sólo estaba poniéndose de pie.
Estiró las manos hacia mí para que me levantara. Me senté en el borde de la cama y pasé mis manos por sus piernas, acariciándolas lentamente. Abracé sus nalgas, acercando su pelvis hasta casi tocar mi rostro. Me puse de pie y aparté la sudadera de sus hombros, dejando que la prenda cayera a sus pies. Pamela la apartó con el pie para no pisarla.
Acaricié sus hombros y dejé que mis labios cayeran sobre ellos, degustando del sabor de su piel. Besándolos sin compasión y mordiéndolos ocasionalmente con dulzura.
La abracé, pegándola a mi febril desnudez y la besé con toda la pasión que su cercanía despertaba en mí. Le cubrí el rostro de besos y asalté su cuello acariciándole las caderas. Mis dedos se escabulleron por debajo de la blusa y la subí por encima de sus senos, descubriendo la razón de la sudadera en un día tan caluroso; no llevaba sostén.
Me quedé petrificado al ver la claridad circular de sus pezones. Sus manos acariciando mi verga me trajeron a la realidad con un jadeo. Acaricié sus senos sin permitir que la blusa los cubriera de nuevo. Rocé la erección de sus pezones con las yemas de mis pulgares. Dibujé círculos alrededor de ellos. Me regocijé con cada uno de sus jadeos y con los movimientos que hacía para que el contacto de mis dedos fuera más enérgico.
Recordé entonces una parte de una canción de Molotov (“…me gusta hacer chichilla…”) y le pellizqué ambos pezones, apresándolos con mis índices y pulgares. Se alejó un poco y gritó un “ay” entrecortado y excitante. De inmediato volvió para sentir mis manos en sus senos. Tenía los ojos entrecerrados en una expresión que jadeaba por más.
Me incliné un poco y besé su pecho. Descendí marcando el camino con besos hasta llegar a la cumbre de su monte izquierdo. Lamí el pezón y lo apresé entre mis labios. La tomé de la cintura y atraje su cuerpo hacia el mío. La mezclilla de su pantalón lastimó la sensibilidad de mi miembro y la aparté, girando para que la cama quedara detrás de ella.
La recosté, sin dejar de mirarla. Le quité el pantalón junto con las braguitas y los tenis. Me aparté un poco de la cama para mirar su cuerpo desnudo bajo la marchita luz del crepúsculo.
Se alejó despacio hacia el centro de la cama y se acostó, hundiendo la cabeza entre las almohadas y metiendo las manos debajo de ellas.
Tenía un cuerpo exquisito. Mis ganas de arrojarme sobre ella y poseerla por horas eran enloquecedoras, pero quería acariciarla con la mirada hasta estar satisfecho. Me coloqué a los pies de la cama, seguido de la mirada clara de Pamela. Dobló las rodillas un poco y separó las piernas.
“Ven, acércate, entra y explora”, decía su invitación.
Me subí a la cama de rodillas. Gateé hasta ella y acaricié sus piernas largas. Subió uno de sus pies a mi hombro y no pude evitar que mis ojos giraran hacia la cavidad entre sus piernas. Brillaba por la humedad de la excitación.
Besé su tobillo y aparté su pierna. Seguí avanzando hasta que nuestros rostros quedaron al mismo nivel. La miré, acaricié su mejilla con el dorso de los dedos y la besé.
Su mano izquierda descendió por mis costillas hasta apresar mi erección entre los dedos. La acarició de raíz a punta un par de veces.
- Cógeme. ¡Quiero ser tu puta! -susurró guiando mi dura excitación hasta su húmedo deseo.
Me deslicé en su interior con facilidad. De sus labios brotó un suspiro y sus ojos se cerraron. Los dedos de su mano derecha se clavaron en mi espalda. Agradecí que tuviera las uñas cortas.
Su mano izquierda me aferró de las nalgas, atrayéndome a ella con desenfreno. Comencé a mecer las caderas lentamente, sintiendo la opresión de su vagina alrededor de mi pene, disfrutando de la melodía de sus susurros y el lento vaivén de su pelvis que chocaba contra la mía.
El placer aumentó como la marea en noches de luna llena y la chispa del deseo brillaba tanto como la inspiración de los poetas. El baile aumentaba de ritmo y mi cuerpo se concentró únicamente en el ir y venir. Mis dedos se perdieron entre la maraña de sus cabellos oscuros. Sus manos me aferraban de las nalgas, me rasgaban la espalda. Gritaba, gemía y se sacudía, uniendo su voz con la mía en la estrepitosa agonía placentera de aquel encuentro.
Mi mano aferró una de las almohadas sin darme cuenta. Sin pensarlo, perdido entre la marea tormentosa del éxtasis, la coloqué sobre su rostro.
Mis embestidas se hicieron cada vez más furiosas. Mi cuerpo se tensó desafiando al calambre como un chico de secundaria a los del otro grupo.
Pamela se sacudía debajo de mí, moviendo el cuerpo entero como si estuviera sufriendo un ataque. Sus movimientos, totalmente desincronizados con los míos, me llevaron volando hacia la palpitación del orgasmo. Exploté en un chorro caliente dentro de Pamela con sus últimos dos espasmos y mi última embestida que me hicieron gruñir como un animal.
Caí sobre ella, satisfecho y cansado, escuchando mis propios jadeos pensando que eran los suyos. Acaricié con las yemas uno de sus pezones y besé el otro. Busqué sus manos. Entrelacé los dedos con los de ella. La apreté y no hubo respuesta. Sonreí. Acerqué una de sus manos a mis labios. La besé y no hubo respuesta.
Levanté la mirada para verle el rostro y me encontré con la pálida cara de la almohada, arrugada por mis puños excitados.
- Pamela -susurré-. ¡Pamela! -la sacudí un poco y no hubo respuesta.
Aparté la almohada y me alejé de ella de un salto. Grité. Estoy seguro de que grité.
Sin quitarle los ojos de encima, no podía no mirar aquel rostro, me puse el pantalón y los zapatos. Corrí a la puerta y me detuve. No podía salir solo de allí. Miré alrededor. La ventana me hizo un guiño de complicidad. Me acerqué a ella, la abrí y miré hacia abajo. Estaba alto, pero no moriría.
- Pamela. -la llamé por última vez mirándole los senos por sobre el hombro. No me atrevía a mirarla de nuevo a la cara.
Subí al marco de la ventana y me arrojé al vacío.
Es una suerte que el hotel al que fuimos no tenga cámaras de seguridad, y que el vestíbulo sea tan oscuro. Aun así, estoy seguro de que la justicia me encontrará pronto. En el cuarto se quedó mi playera y mis calcetines.
Es sólo cuestión de tiempo.
No es eso lo que me preocupa. No me arrepiento de lo que hice. Por el contrario, lo disfruté muchísimo y lo volvería a hacer…si su rostro dejara de seguirme.
Lo sueño casi todas las noches y está debajo de la cama, por los rincones oscuros. El rostro de Pamela con una mueca de horror y placer retorcido por la asfixia. Los ojos en blanco, una sonrisa demencial y la tez coloreada de azul. A veces me habla. Soy tu puta, me dice. Y voy a seguirte hasta la tumba, porque soy tu puta.
Ojalá no lo fuera.
Ojalá dejara de seguirme.
Ojalá…
2317hrs - 21/10/09
0100hrs - 22/10/09
<-( H.S )->™
hahaha qué tal, eh??
Sweet Dreams!!
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Oye cantinero, sirveme una copa por favor.
Quiero estar borracho, yo quiero sentirme de lo peor.
Pues la mujer que quiero con otro se fue a parchar!!
Oigame señor yo a usted nada le puedo servir.
Este manicomio no tiene servicio de bar.
Y no soy cantinero soy el loquero de este hospital!!
Aspectos técnicos: Bien narrado, buena ortografía, redacción acertada, mas no sobresaliente. El texto está bien, pero no me parece que sea muy creativo respecto a la forma.
Una duda que me entró. Si "el primer piso estaba bien", ¿por qué cuando la recepcionista les dio la llave fueron a la escalera? ¿Y por qué temía hacerse daño saltando por la ventana del supuesto primer piso? Me parece que ahí hay cierta incongruencia.
Sobre el tema en sí: Lo encontré aburrido. Lo leí y arqueé las cejas un poco ante las descripciones explosivamente trilladas y las comparaciones tan manoseadas como la desdichada Pamela. No es la primera vez que las leo, y ese es el aspecto negativo del texto. No resalta en lo más mínimo.
Créeme que si tal vez pensaste que hablara abiertamente de sexo sería algo sorprendente, pues no lo es. La calidad de un texto no depende de un tema. Un buen escritor podría ganar el nobel hablando de una sonaja.
Eso es todo, más creatividad y desenvoltura para la próxima.
Saludos y felicidad.
Verga y Molotov desentonan terriblemente tu texto.
Lo anterior, concuerdo completamente, sin embargo está entetenido.
Con respecto al giro del final...
No fue de mi agrado total, quizá la forma de muerte no es la más adecuada... no sé... no me termina de convencer.
Hay un no sé qué que no te hace sentir el texto en las entrañas como mucho otros... Quizá es que la explicitez no es necesariamente impresionante mientras crear fabulosas metáforas para expresar sexo son mucho más trabajadas (por supuesto, a mi gusto). Quizá me falta más psicología de los personajes aunque en sí, el cuento está completo. Pero... la velocidad que lleva es tremenda, no necesariamnte buena.
Algo trillada pero insisto, entretenida. En ciertas partes pensé que uno sería un vampiro, que los descubrirían o que simplemente terminarían y se irían (lo cual habría sido extraño pero impresionaríoa bastante del texto).
En fin, tienes potencial a explotar, no tomes las críticas a mal, son sólo para ayudarte a mejorar.
Redacción buena, ortografía buena, buena hilación... y demás detalles técnicos bien llevados (aunque no excelentes).