Celeste
26-jun-2009, 14:55
Esto fue inspiración flash.
Es un original, pero lo quiero basar en lo que es el amor no correspondido, entre otros sentimientos.
Había pasado tanto tiempo ya de aquellos momentos que deseé ansiosamente encerrar perpetuamente en mis más remotas memorias, tanto tiempo que me costaba recordar cuándo sucedieron, pero sí las recordaba nítidamente en lo que en sí eran: mi condenación.
Cuando ella se hubo ido, corrí como una desesperada al baño y allí me encerré. Sentía rabia de conservar su aroma luego de nuestro breve abrazo, complicaba y entorpecía las cosas. Yo no necesitaba más confusión... no ahora, que mi destino estaría sellado, según la "buena costumbre" manda. Sentía rabia al ver que ella, en lugar de detenerme, me felicitaba ¡Era el colmo! El anillo de mi mano izquierda me recordaba siempre el remordimiento que me significaba mi decisión, basada en el despecho y la soledad. La imágen pálida que se reflejaba en el espejo me lo repetía, con el furioso fulgor de sus ojos oscuros: mentirosa. Falsa. Arrastrada. Hipócrita. Cobarde.
Cuando pude retenerle en mis brazos, tuve miedo del qué dirán, tuve miedo de expresarle mi loco deseo de amarla hasta el fin de mis respiros. No quise luchar por ella, sencillamente desperdicié la oportunidad. Y ahora, luego de algunos años, es cuando lloro la oportunidad perdida. Pero no debería estar llorando sobre la leche derramada... no justo ahora, no en este día, en donde debería estar radiante, sonriente y feliz. No debo mirar atrás, lo sé, pero el pasado duele como abrazar al fuego, como si fuese sumergida bruscamente en gélidas aguas.
Estoy asustada.
Mis ojos hacen tantas silenciosas preguntas. Preguntas que en silencio mis frustradas lágrimas responden. No quiero llorar, pero mi cuerpo ignora todas mis órdenes. Me lo merezco. Merezco este infierno, esta contienda que se desata en mi pecho, que tiene su clímax en mi garganta y atestigua en mis ojos. Quiero llorar. ¿Tendré tiempo de correr tras sus pasos y decirle que la amo? ¿Tendré el valor, ahora, de oponerme a la costumbre?
El blanco de mis ropas no hace juego con mi conciencia. Mucho menos con mi corazón. Doy asco.
Mi frente apoyada en el frio cristal, suspira y lo empaña. Es el amor frustrado. El calor de mis manos hace que el espejo se llene de gotas de vapor ¿Lágrimas? ¿Acaso esa yo, la del espejo, también desea llorar?
Mis pies cambian bruscamente su rumbo, desgarrando un jirón del pomposo vestido blanco, el velo que ocultaba mis mentiras cae. Corro escaleras abajo. Aclamaciones de indignación, regaños. No me importa nada. No me importa siquiera el idiota que espera a los pies del florido altar, con ganas de escuchar mi "Sí, acepto". Ella está a media fila. La adrenalina corre por mis venas. Me acerco abruptamente a ella y tomo bruscamente su muñeca. Les hago a todos un gesto negativo y salgo corriendo con ella. Sin embargo, afuera una mano cae violentamente en mi mejilla, se quita de mi mano nerviosa y un improperio me es dirigido. Ahora lo veo: En su mano, una argolla brilla dorada.
Mi cobardía ha matado este amor.
Es un original, pero lo quiero basar en lo que es el amor no correspondido, entre otros sentimientos.
Había pasado tanto tiempo ya de aquellos momentos que deseé ansiosamente encerrar perpetuamente en mis más remotas memorias, tanto tiempo que me costaba recordar cuándo sucedieron, pero sí las recordaba nítidamente en lo que en sí eran: mi condenación.
Cuando ella se hubo ido, corrí como una desesperada al baño y allí me encerré. Sentía rabia de conservar su aroma luego de nuestro breve abrazo, complicaba y entorpecía las cosas. Yo no necesitaba más confusión... no ahora, que mi destino estaría sellado, según la "buena costumbre" manda. Sentía rabia al ver que ella, en lugar de detenerme, me felicitaba ¡Era el colmo! El anillo de mi mano izquierda me recordaba siempre el remordimiento que me significaba mi decisión, basada en el despecho y la soledad. La imágen pálida que se reflejaba en el espejo me lo repetía, con el furioso fulgor de sus ojos oscuros: mentirosa. Falsa. Arrastrada. Hipócrita. Cobarde.
Cuando pude retenerle en mis brazos, tuve miedo del qué dirán, tuve miedo de expresarle mi loco deseo de amarla hasta el fin de mis respiros. No quise luchar por ella, sencillamente desperdicié la oportunidad. Y ahora, luego de algunos años, es cuando lloro la oportunidad perdida. Pero no debería estar llorando sobre la leche derramada... no justo ahora, no en este día, en donde debería estar radiante, sonriente y feliz. No debo mirar atrás, lo sé, pero el pasado duele como abrazar al fuego, como si fuese sumergida bruscamente en gélidas aguas.
Estoy asustada.
Mis ojos hacen tantas silenciosas preguntas. Preguntas que en silencio mis frustradas lágrimas responden. No quiero llorar, pero mi cuerpo ignora todas mis órdenes. Me lo merezco. Merezco este infierno, esta contienda que se desata en mi pecho, que tiene su clímax en mi garganta y atestigua en mis ojos. Quiero llorar. ¿Tendré tiempo de correr tras sus pasos y decirle que la amo? ¿Tendré el valor, ahora, de oponerme a la costumbre?
El blanco de mis ropas no hace juego con mi conciencia. Mucho menos con mi corazón. Doy asco.
Mi frente apoyada en el frio cristal, suspira y lo empaña. Es el amor frustrado. El calor de mis manos hace que el espejo se llene de gotas de vapor ¿Lágrimas? ¿Acaso esa yo, la del espejo, también desea llorar?
Mis pies cambian bruscamente su rumbo, desgarrando un jirón del pomposo vestido blanco, el velo que ocultaba mis mentiras cae. Corro escaleras abajo. Aclamaciones de indignación, regaños. No me importa nada. No me importa siquiera el idiota que espera a los pies del florido altar, con ganas de escuchar mi "Sí, acepto". Ella está a media fila. La adrenalina corre por mis venas. Me acerco abruptamente a ella y tomo bruscamente su muñeca. Les hago a todos un gesto negativo y salgo corriendo con ella. Sin embargo, afuera una mano cae violentamente en mi mejilla, se quita de mi mano nerviosa y un improperio me es dirigido. Ahora lo veo: En su mano, una argolla brilla dorada.
Mi cobardía ha matado este amor.